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Diez años de Trump: la política de la ruptura

De su primera victoria en 2016 a su escalabro en las últimas 'midterms' transcurre una década de polarización, conflictos institucionales y decisiones que han transformado la política estadounidense
Trump, en una imagen reciente.
Trump, en una imagen reciente. / EP

Actualizado hace 7 minutos

El 8 de noviembre de 2016, a las pocas horas de que comenzaran a cerrarse los primeros colegios electorales en Estados Unidos, el orden político global sufrió un sismo tectónico. Aquella noche, Donald Trump, un magnate inmobiliario sin previa experiencia política, rompió los pronósticos del consenso demoscópico y mediático al vencer a la demócrata Hillary Clinton y alzarse como el 45º presidente de los Estados Unidos.

Exactamente diez años después de aquella sacudida histórica, el panorama político estadounidense refleja las profundas secuelas de una era definida por la polarización extrema. Las recientes elecciones de medio mandato (midterms), en las que las filas republicanas han perdido el control del Senado y de la Cámara de Representantes, marcan un punto de inflexión. No se trata de un simple vaivén del péndulo electoral, sino del síntoma visible de un fenómeno más incisivo: el paulatino desgaste de la confianza ciudadana e institucional tras una década impregnada de populismo, crispación e inestabilidad.

La irrupción de 2016

La victoria de Trump sobre Hillary Clinton sorprendió a gran parte del mundo. Con 306 electores frente a los 232 de la candidata demócrata, aunque perdiendo el voto popular, el republicano capitalizó el descontento de amplios sectores de la clase trabajadora blanca, la desconfianza hacia Washington y una crisis de identidad nacional.

Su eslogan, “Make America Great Again”, funcionó menos como un programa detallado que como una promesa emocional: devolver el control a quienes sentían que se lo habían arrebatado. Trump presentó a las élites políticas, los medios de comunicación, los inmigrantes y los tratados internacionales como responsables de ese malestar.

Desde el principio, su presidencia rompió con las convenciones. Atacó a la prensa como “enemigo del pueblo”, cuestionó la independencia judicial, utilizó las redes sociales como instrumento de gobierno y convirtió cada polémica en una batalla de lealtades. Trump normalizó el insulto, la desinformación y el desprecio por la verdad; no inventó la polarización estadounidense, pero la explotó y la convirtió en su principal recurso político.

Muros, aranceles y rupturas

La primera gran medida de Trump llegó apenas una semana después de su toma de posesión: la orden ejecutiva que prohibía la entrada a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana. Las imágenes de viajeros retenidos en aeropuertos y las protestas masivas definieron el tono de su mandato. La medida fue modificada y defendida ante los tribunales, pero dejó una huella duradera: la seguridad nacional pasó a justificar restricciones de carácter religioso y nacional.

El niño Liam Ramos, de cinco años, es detenido por agentes del ICE.

El niño Liam Ramos, de cinco años, es detenido por agentes del ICE. Escuela Pública de Columbia Heights

En la frontera con México, Trump prometió un muro pagado por el país vecino, redirigió fondos militares y federales para construir barreras y endureció radicalmente la política migratoria. Su administración aplicó la política de “tolerancia cero”, que separó a miles de niños de sus padres. Las críticas internacionales fueron inmediatas y la presión judicial obligó a frenar la práctica, pero el daño humanitario se convirtió en uno de los símbolos más oscuros de su primera presidencia.

En economía, Trump se presentó como el defensor de la clase trabajadora, pero aprobó en 2017 una amplia rebaja fiscal que benefició especialmente a empresas y rentas altas, mientras sus beneficios para las familias trabajadoras eran temporales y limitados.

Pero su firma económica más reconocible fue el arancel. Enfrentó a China en una guerra comercial que afectó a sectores enteros de la economía global y aplicó gravámenes al acero y aluminio también a aliados europeos. Su mensaje fue claro: el libre comercio era ya una negociación en la que Estados Unidos debía salir ganando.

Diplomacia del desacuerdo

Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico, del Acuerdo de París contra el cambio climático, del pacto nuclear con Irán y del Tratado INF con Rusia. Cada salida fue presentada como una liberación de “malos acuerdos”, pero en conjunto supuso una retirada selectiva de Washington del orden internacional que había ayudado a construir tras la Segunda Guerra Mundial.

Con la OTAN, exigió más gasto militar a los aliados europeos y cuestionó repetidamente el valor de la alianza. Con Corea del Norte, combinó insultos, amenazas y una diplomacia personal sin precedentes: se reunió tres veces con Kim Jong-un, aunque no logró un acuerdo verificable de desnuclearización.

El líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un encuentro en 2019.

El líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante un encuentro en 2019. E. P.

Con Israel, trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén y reconoció la anexión israelí de los Altos del Golán. Con Irán, sustituyó la diplomacia nuclear por la política de “presión máxima”: sanciones, aislamiento económico y amenazas militares. El resultado no fue una solución, sino una escalada.

Asalto al Capitolio y doble impeachment

En 2019, una llamada telefónica con el presidente ucraniano Volodímir Zelenski desencadenó el primer procedimiento de destitución (impeachment) contra Trump. La Cámara de Representantes lo acusó de abuso de poder por presionar a Ucrania para que investigara a Joe Biden, quien era entonces su rival electoral. También fue acusado de obstrucción al Congreso.

El Senado, controlado por los republicanos, lo absolvió en febrero de 2020. Pero el episodio reveló algo esencial: Trump estaba dispuesto a utilizar el aparato del Estado para beneficiar su propia reelección y su partido estaba dispuesto a protegerlo.

La pandemia de COVID-19 puso a prueba su capacidad de gestión. Trump minimizó inicialmente el virus, enfrentó a los expertos sanitarios y promovió tratamientos sin respaldo científico suficiente, convirtiendo también la crisis sanitaria en una crisis de confianza institucional.

Perdió las elecciones de 2020 ante Joe Biden, pero, todavía hoy, se niega a reconocer la derrota. Durante semanas difundió afirmaciones de fraude masivo sin pruebas que resistieran los tribunales. El 6 de enero de 2021, millones de espectadores en todo el planeta observaron perplejos cómo una multitud de sus seguidores irrumpía en el Capitolio, la sede del poder legislativo, para interrumpir la certificación de la victoria de Biden. Aquel acontecimiento no solo derivó en un segundo impeachment histórico por “incitación a la insurrección”, sino que infligió una herida casi irreparable a la credibilidad de Estados Unidos como modelo democrático global.

Ciudadanos pro-Trump asaltan el Capitolio de Estados Unidos en el año 2021, merodeando pasillos, oficinas y abriéndose camino hacia las cámaras del Senado en un sorprendente intento de detener el recuento oficial de los votos electorales

Ciudadanos pro-Trump asaltan el Capitolio de Estados Unidos en el año 2021, merodeando pasillos, oficinas y abriéndose camino hacia las cámaras del Senado en un sorprendente intento de detener el recuento oficial de los votos electorales EP

El regreso en 2024

Lejos de desaparecer, Trump consolidó el control del Partido Republicano tras su derrota. En 2024 ganó de nuevo la presidencia frente a Kamala Harris, con 312 electores y tomó posesión el 20 de enero de 2025. Su regreso al poder, tras un mandato interrumpido, fue un hecho excepcional en la historia de Estados Unidos.

La diferencia con 2017 fue inmediata: esta vez llegó con un aparato político más disciplinado, una base más radicalizada y una agenda ejecutiva preparada. En sus primeros días firmó una cascada de decretos que buscaban desmontar políticas de la era Biden y redefinir el papel del Estado federal.

Migración: el Estado contra la frontera

La migración ha sido la columna vertebral de su segundo mandato. Trump declaró una emergencia nacional en la frontera el primer día, restringió el asilo, eliminó protecciones humanitarias y puso en marcha deportaciones masivas.

Las redadas urbanas del ICE, con agentes encapuchados deteniendo a personas en calles, centros de trabajo y comunidades latinas, se convirtieron en una imagen cotidiana del país. En Los Ángeles, las protestas contra esas operaciones llevaron al despliegue de la Guardia Nacional y de marines, una decisión extraordinaria que Trump justificó como respuesta a una supuesta rebelión contra la autoridad federal.

Movilizaciones contra el ICE y la política migratoria de Trump en EEUU NTM

Su administración también eliminó las restricciones que impedían operar en “lugares sensibles” como escuelas, hospitales e iglesias. Organizaciones de derechos humanos han denunciado detenciones sumarias, falta de debido proceso y un clima de miedo entre comunidades migrantes.

La medida más simbólica fue el intento de acabar con la ciudadanía por nacimiento, garantizada por la Decimocuarta Enmienda. La orden ejecutiva chocó de inmediato con la Constitución y los tribunales, pero reveló la ambición del segundo Trump: no solo controlar la frontera, sino redefinir quién puede ser estadounidense.

Economía: aranceles para todos

En abril de 2025, Trump anunció lo que su administración llamó el “Día de la Liberación”: aranceles punitivos contra casi todos los socios comerciales de Estados Unidos. No fue ya una guerra comercial selectiva contra China, sino un ataque frontal al sistema multilateral de comercio construido durante décadas.

Los mercados reaccionaron con nerviosismo y la inflación volvió a convertirse en una preocupación central. Trump prometió abaratar la vida, pero la combinación de aranceles, incertidumbre comercial y tensiones energéticas ha obtenido el efecto contrario.

En julio de 2025 firmó la llamada “One Big Beautiful Bill”, su gran ley de segundo mandato. Hizo permanentes los recortes fiscales de 2017, redujo gasto social y destinó miles de millones a inmigración y defensa. Los analistas la describen como una transferencia de recursos hacia los más ricos: se calcula que Medicaid perderá un billón de dólares en una década y que el programa de asistencia alimentaria SNAP sufrirá recortes de 300.000 millones.

Salud y educación

El segundo mandato también ha atacado las estructuras del Estado social y científico. Trump ordenó facilitar el cierre del Departamento de Educación y devolver competencias a los Estados, una medida sin precedentes en la historia moderna del país. Su administración despidió a más de un millar de trabajadores del departamento y lanzó investigaciones contra universidades por sus políticas de admisión.

En sanidad, redujo fondos para salud mental, adicciones y programas dirigidos a mujeres embarazadas, jóvenes y comunidades indígenas. También restringió el acceso de inmigrantes a Medicaid, CHIP y subsidios del seguro médico creado por Obama.

Human Rights Watch resumió el efecto en su informe de 2026: un retroceso significativo en migración, salud, medio ambiente, trabajo, discapacidad, género, justicia penal y libertad de expresión.

La guerra con Irán

También la promesa de Trump de no involucrar a Estados Unidos en “guerras eternas” ha quedado gravemente cuestionada. En febrero de 2026, Washington e Israel lanzaron una gran ofensiva contra Irán, desencadenando una guerra que se ha prolongado durante meses.

El conflicto ha tenido consecuencias globales: ha encarecido el combustible, tensado el estrecho de Ormuz y devuelto la posibilidad de una escalada regional al centro de la política mundial. A comienzos de noviembre de 2026, Estados Unidos mantenía tres portaviones, miles de marines, cazas y fuerzas especiales desplegados en el golfo Pérsico.

La guerra es impopular y ha pesado en las midterms de esta semana. Trump ha alternado amenazas de nuevos bombardeos con ofrecimientos de negociación, mientras mediadores de Catar, Pakistán y Arabia Saudí intentan abrir un marco de acuerdo. Es la esencia de su diplomacia: presión militar máxima y negociación desde la coerción.

Ucrania, Europa y el declive del multilateralismo

En Ucrania, Trump ha reducido el apoyo directo estadounidense frente a la invasión rusa, una decisión que ha generado alarma entre los aliados europeos. Su administración ha priorizado una salida negociada, incluso si ello implica presionar a Kiev para aceptar concesiones territoriales.

También ha retirado de nuevo a Estados Unidos del Acuerdo de París y de la Organización Mundial de la Salud, ha paralizado fondos de ayuda exterior y ha desmantelado áreas clave de USAID. Para Europa, el mensaje es incómodo: la seguridad continental ya no puede depender de la misma forma del compromiso estadounidense.

Atentado contra Trump, Pensilvania.

Atentado contra Trump, Pensilvania. DAVID MAXWELL

Un país y un mundo transformados

Las controversias de Trump pueden ordenarse en varias categorías: están las medidas migratorias, desde la prohibición musulmana hasta las deportaciones masivas y el ataque a la ciudadanía por nacimiento; están las económicas, de los recortes fiscales a los aranceles globales; están las institucionales, del caso Ucrania al asalto al Capitolio; y están las internacionales, de la salida de acuerdos climáticos a la guerra con Irán.

Pero el legado más profundo quizá no sea ninguna medida concreta, sino la normalización de un estilo de gobierno basado en la confrontación, la deslegitimación de las instituciones y la movilización permanente de la base. Trump no ha gobernado buscando consenso; ha gobernado demostrando que puede hacerlo sin él.

Diez años después de aquel 8 de noviembre de 2016, Estados Unidos ya no se pregunta si Donald Trump cambió el país. La pregunta es si ese cambio ha alterado de forma permanente las reglas de su democracia. Trump ganó dos elecciones y, por el camino, convirtió la desconfianza en método, la confrontación en lenguaje común y la lealtad personal en un criterio de poder, dando paso a una transformación profunda: un Ejecutivo más poderoso, una prensa más atacada, unos tribunales más cuestionados, una migración tratada como amenaza y una política exterior basada en la fuerza antes que en la alianza. La pregunta ya no es si Trump cambió Estados Unidos; la pregunta es si ese cambio es reversible.

2026-11-08T08:06:06+01:00
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