Vida y estilo

Descubre Luxor, la ciudad egipcia en la que ver los mejores atardeceres

Durante varios imperios faraónicos, Luxor, capital del país del Nilo con el nombre de Tebas, concentró todo el esplendor del antiguo Egipto. Fue cuna de dioses y tumba de legendarios reyes y reinas. Donde ayer se adoraba a Amon-Ra, el dios-sol, hoy se rec
Juego de luces y sombras entre jeroglíficos. / B.E.O.

Dicen los habitantes de Luxor que tantos siglos adorando a Ra tenían que tener su recompensa. Muchos, en su ajetreo por la orilla donde se concentra la ciudad, apenas si aprecian la espectacular herencia que les ha dejado el dios faraónico con esos dos momentos culminantes del día. Sin embargo, los visitantes aprovechan las madrugadas y los atardeceres para darse auténticos placeres visuales.

La maravilla de un ocaso en Luxor. B.E.O.

¿Puede haber algo más atractivo que ver el discurrir inmediato del mítico río Nilo con los rayos del sol filtrándose entre las columnas de los templos de la orilla opuesta? El dios Ra se hace notar colándose entre la columnata de lo que fue antaño en centro del mundo civilizado. Es un momento ciertamente mágico.

Luxor se encuentra en la orilla este del Nilo, a 676 kilómetros al sur de El Cairo. En los meses de abril y mayo es sede del famoso Festival del Caballo Árabe y en diciembre tienen lugar unas disputadas regatas internacionales. Pero no hay que esperar a esas fechas para presenciar el bellísimo espectáculo de Luz y sonido que se ofrece al atardecer de cada día en el templo de Karnak. Un conjunto de voces que parecen salir de ultratumba nos cuenta en distintos idiomas un apasionante relato.

Fue en 1883 cuando el egiptólogo francés Gaston Maspéro descubrió que en la orilla opuesta a la ciudad de Luxor se encontraba la antigua Tebas, como los griegos denominaron a la floreciente capital del imperio egipcio. Bajo arena acumulada durante miles de años yacía una historia que se remontaba a antes del siglo XVIII a. C. Eran las ruinas de la “ciudad de las cien puertas”, como la llamó Homero.

Inmediatamente saltó a primer plano de la actualidad el descubrimiento de la mítica capital faraónica. El mundo moderno se llegó a familiarizar con los sugestivos nombres de Luxor y Karnak. En los corrillos intelectuales se mostró una cierta fascinación por la Avenida de las Esfinges, que unía ambos templos. Tebas empezó a sonar en todo el mundo como paraíso para trotamundos y curiosos. Así surgió la egiptología, un movimiento que arrasó librerías en pos de obras relacionadas con un tema que había estado dormido durante mucho tiempo.

La historia escrita en las columnas de Luxor. B.E.O.

El Templo de Luxor

La sociedad de élite, sobre todo la inglesa, empezó a familiarizarse con los nombres de algunos faraones. Corrieron de mano en mano las litografías que realizó David Roberts en torno a los templos faraónicos. El pintor británico reflejó en sus trabajos el estado en que se encontraban las ruinas, semihundidas en la arena, lo que, en cierto modo, excitó aún más a los aventureros. Puede asegurarse que Roberts introdujo la pasión por Egipto en la cultura anglosajona.

El gran legado de los jeroglíficos. B.E.O.

El templo de Luxor es una maravilla arquitectónica dedicada al dios Amón-Ra, al que se hacía responsable del ascenso político de Tebas. Tiene una longitud de 260 metros y su construcción se debe, esencialmente, a dos faraones: Amenofis III que hizo una parte en el siglo XIV a. C., y Ramsés II que lo terminó agregando el gran patio. El arquitecto que los construyó fue, probablemente, Amenofis.

La arena del desierto salvaguardó lo que, con el paso del tiempo, se ha dado en llamar el bosque de columnas más extraordinario del mundo no sólo por su belleza, sino también porque en cada una de ellas están esculpidos los jeroglíficos que narran las hazañas de aquellos faraones. La intervención de Ramsés II en la magna obra se deja sentir a la entrada del templo al homenajearse a sí mismo mediante dos colosales esculturas que lo representan y dos obeliscos de granito de 25 metros de altura. Uno sigue en su lugar original y el otro está en París.

Ilustración del bosque de columnas en templo Karkak en una acuarela de D. Roberts. B.E.O.

El Templo de Karnak

Situado al norte de la ciudad, fue fundado a partir del siglo XVIII a.C. y, como el anterior, dedicado al dios Amon-Ra. Ambos templos están unidos por una avenida que, flanqueada por esfinges con cabeza de carnero, termina al pie de un obelisco levantado por Ramsés II. Los bajorrelieves que lo ornan representan escenas de las campañas militares del faraón contra los hititas.

La grandiosidad del conjunto no tiene parangón. La pregunta clave está en boca de cuantos caminamos por esta selva de columnas. En el caso de Karnak, existen tres áreas divididas entre sí por una cerca de ladrillos de adobe. La más grande es la central, de aproximadamente unas 30 hectáreas, que, a decir del guía, es la más antigua.

Estos complejos sacros fueron ampliándose a medida que se iban sucediendo los faraones. El lago sagrado, de trazado cuadrangular, servía para la purificación de los peregrinos. El templo de Karnak está considerado el mayor de cuantos se han construido en el mundo con tejado sostenido por columnas.

El sagrado templo de Karnak, en otra acuarela de D. Roberts. B.E.O.

La gran romería

La romería religiosa más importante del tiempo faraónico y, sin duda, el gran acontecimiento anual de Tebas, era el Festival de Opet, cuyo acto principal consistía en una procesión del templo de Karnak al de Luxor a través la Avenida de las Esfinges. Treinta sacerdotes portaban a hombros las barcas sagradas de Amon-Ra, de su esposa Mut y de su hijo Khonsu para depositarlas en las aguas del Nilo donde iniciaban su viaje hacia el infinito. La ceremonia estaba vinculada a la inundación anual del Nilo que fertilizaba las tierras. Estas rogativas comenzaban a finales de agosto y su duración variaba de once a veintisiete días, según los deseos del faraón de turno.

El desarrollo de uno de estos festivales durante el reinado de Tutankhamon está reflejado mediante jeroglíficos en el decorado del templo de Karnak. Se aprecia en él a los sacerdotes, escoltados por bailarines, cantantes, soldados y pueblo llano, llevando las barcas a hombros. Las regatas que anualmente se disputan en Luxor en el transcurso de una fiesta musulmana se dice que son una reminiscencia del Festival de Opet.

Una selva de piedra

Aseguran los egiptólogos que el templo de Karnak es el más grande del mundo con columnas sosteniendo techo. En su construcción trabajaron más de 80.000 personas entre obreros, campesinos, guardianes y sacerdotes, y su coste se sufragó con las rentas de las tierras, los impuestos de los mercados y los botines que los faraones conseguían en sus victorias militares.

Hay dobles hileras de columnas con capiteles en forma de papiros enrollados de hasta 52 metros de altura. Sus contornos fueron aprovechados por los faraones para plasmar en ellos los hechos más destacados de sus reinados por medio de jeroglíficos, lo que planteó un serio problema de traducción cuando fueron descubiertas en tiempos modernos.

Quiso la casualidad que en 1799, unos soldados de Napoleón que participaron en la conquista de Egipto localizaran en una aldea del delta del Nilo llamada Rosetta una estela fragmentada de basalto negro con un texto escrito en tres caracteres, jeroglífico, demótico y griego. El oficial Jean-François Champolion, profesor en la vida civil, apreció la importancia del hallazgo y lo puso en manos de los eruditos. De esta forma se pudo establecer una correlación de idiomas y traducir al griego lo que dejaron plasmado los faraones. La Piedra Rosetta, actualmente en el British Museum, ha sido uno de los grandes descubrimientos de la egiptología.

EL OBELISCO DE NAPOLEÓN

Napoleón quedó tan asombrado cuando vio los obeliscos del templo de Luxor que le pidió uno al bajá de Egipto. Lo debió hacer con una insistencia tal que consiguió el capricho. El traslado a París planteó un serio problema, ya que el pilar pesaba más de 200 toneladas. El viaje, que fue harto azaroso, le fue encargado a Juan Bautista Lebas, el mismo ingeniero que el 25 de octubre de 1836 consiguió enderezarlo en medio de una gran expectación en la Plaza de la Concordia de París, donde se encuentra para orgullo de los franceses.

Detalle del obelisco en Luxor. B.E.O.

Guardianes de los muertos

Para visitar los enterramientos de los faraones es preciso ir sobre ruedas porque las distancias son largas. Opto por un viejo jeep, cuyo conductor, Ahmed, me confiesa ser hijo de un juez local y poeta frustrado. Se expresa muy bien en francés y aprovecha el trayecto para recitarme varios de sus poemas. Me lleva primero ante los Colosos de Memnon y lo justifica porque estas dos estatuas gigantescas de 20 metros de altura se encuentran en una planicie verde que antaño estuvo cubierta de agua. “No todo es arena en Egipto”, me dice. “Es lo único que queda del templo funerario que levantó Amenofis III”.

Pero donde los monumentos funerarios adquieren caracteres apoteósicos es en el Valle de los Reyes. Dejamos el vehículo en el parking y, tras atravesar una explanada sobre la que el sol carga con toda su intensidad, nos adentramos en unas galerías profusamente decoradas donde están las tumbas excavadas en roca. Es como un gigantesco decorado cinematográfico de unas proporciones que pondría los dientes largos al mismísimo Cecil B. de Mille. “En este valle fueron enterradas la mayor parte de los faraones que vivieron entre los años 1500 y 1000 antes de Cristo, entre ellos el célebre Tutankhamon”, puntualiza Ahmed.

Como siempre me habla en masculino le pregunto por “ellas”, las esposas y faraonas. “Esos enterramientos se encuentran en el Valle de las Reinas, donde yace la mismísima Nefertari, esposa que fue de Ramsés II y, según se dice, dotada de grandes disposiciones políticas”. Quien también tuvo un destacado papel en la política de la época fue la reina Hatchepsut que construyó el templo funerario de su padre reservándose un lugar para ella. Se le conoce como Templo de Deir El-Bahari, un nombre que desgraciadamente saltó a la fama cuando el 17 de noviembre de 1997 se produjo una masacre en sus accesos en la que murieron 64 personas, turistas en su mayor parte.

Regresamos a Luxor con el respetuoso silencio que se siente al haber pasado página a una apasionante historia tantas veces evocada por las artes. Ahmed me mira de reojo y filosofa en voz alta: “La muerte no está detrás de las montañas, sino detrás de nuestras espaldas”.

25/07/2026