Actualizado hace 2 minutos
Las dificultades para compaginar el empleo con la vida familiar afecta a la mitad de los trabajadores en el Estado, según un reciente informe de la revista Forbes. Tras ese porcentaje aparecen jornadas partidas, turnos comunicados con poca antelación y familias obligadas a recurrir a abuelos, cuidadores o actividades extraescolares para cubrir el tiempo que dejan libre el colegio y el trabajo.
Un estudio elaborado por UNICEF España e IE University introduce una cuestión menos explorada: siete de cada diez empresas analizadas no consideran a la infancia dentro de su estrategia. Algunas cuentan con medidas de conciliación, pero no evalúan si realmente mejoran la vida de los hijos de la plantilla o se adaptan a sus necesidades.
Las consecuencias pueden alcanzar aspectos tan cotidianos como las comidas, el acompañamiento escolar o el descanso. Diferentes investigaciones señalan que las jornadas prolongadas y el trabajo por turnos pueden alterar las rutinas familiares y reducir el sueño infantil. El problema no es cualquier horario diferente al convencional, sino la falta de estabilidad y de margen para organizar los cuidados.
La infancia, fuera de la estrategia
El estudio de UNICEF España analiza 75 empresas pertenecientes a diez sectores y distingue entre los compromisos recogidos en sus políticas y las medidas que aplican en su actividad cotidiana. Ninguno de los dos ámbitos alcanza el aprobado: las compañías obtiene un 0,92 puntos sobre 2 en la integración de los derechos de la infancia en sus sistemas de gestión y solo 0,57 en las actuaciones específicas.
La diferencia revela que disponer de códigos de conducta o políticas generales de sostenibilidad no garantiza que estos compromisos lleguen a las familias. La infancia continúa poco presente en aspectos como la organización laboral, la protección de la maternidad y la paternidad, los salarios dignos o las posibilidades de acceder a servicios de cuidado.
Entre las carencias detectadas aparece una especialmente relacionada con la conciliación: algunas empresas ofrecen medidas para facilitarla, pero no comprueban cómo repercute en los hijos de la plantilla. Tampoco evalúan si permiten mantener los cuidados y las rutinas familiares o si pueden utilizarse realmente en todos los puestos y categorías profesionales.
Cuando el horario entra en casa
En 2025, casi uno de cada cuatro ocupados con responsabilidades de cuidado tuvo que realizar algún cambio laboral para conciliar, según el INE. La adaptación de la jornada sin reducir el número de horas fue la opción más frecuente, seguida de la reducción del tiempo de trabajo. Sin embargo, el porcentaje presenta una diferencia considerable por sexos: modificó sus condiciones el 32,1% de las mujeres, frente al 17,9% de los hombres.
La falta de flexibilidad obliga a muchas familias a encajar la crianza entre el horario escolar y la jornada laboral. El recurso a abuelos, cuidadores o actividades extraescolares permite cubrir esas horas, pero no siempre está disponible ni resulta económicamente accesible. Solo el 18,2% de las personas con hijos menores de 15 años utiliza habitualmente servicios profesionales para su cuidado.
Los efectos también pueden alcanzar al descanso. Un estudio realizado con 250 cuidadores y sus hijos en edad preescolar relacionó las jornadas prolongadas y el trabajo por turnos con una menor regularidad de las rutinas nocturnas y, a través de ella, con una reducción del sueño infantil. Los investigadores no atribuyeron el problema directamente a trabajar de noche o durante el fin de semana, sino a la dificultad para mantener horarios estables dentro del hogar.
Conciliar sobre el papel
El Estatuto de los Trabajadores reconoce el derecho a solicitar una adaptación de la duración y distribución de la jornada, de la organización del tiempo o de la forma de prestar el servicio para hacer efectiva la conciliación. Cuando existen hijos, esta posibilidad se mantiene hasta que cumplen doce años y puede incluir cambios de horario o trabajo a distancia.
La solicitud, sin embargo, no implica la concesión automática de la medida elegida. La empresa dispone de un máximo de quince días para negociar y puede aceptar la petición, plantear una alternativa o rechazarla por razones organizativas o productivas que deberá justificar por escrito. Si no presenta una oposición motivada dentro de ese plazo, la adaptación se presume concedida.
La distancia entre el reconocimiento formal y su aplicación explica que muchas familias terminen asumiendo directamente el coste de conciliar. Reducir la jornada supone también disminuir el salario, mientras que recurrir a servicios profesionales de cuidado exige disponer de recursos suficientes. Por ello, las consecuencias son mayores en hogares monoparentales, familias sin una red cercana de apoyo y empleos con menos autonomía sobre los horarios.
Conciliar sin relevo
Se estima que en el Estado hay aproximadamente 611.000 hogares monoparentales simples con presencia de niños y adolescentes. De ellos, el 82,3%, medio millón, están encabezados por mujeres y tener un empleo no elimina su vulnerabilidad.
Alejandra Bonilla tiene tres hijos y realiza trabajos de limpieza allí donde la llaman: portales, viviendas o cocinas. No cuenta con una jornada fija, ya que su horario depende de los encargos y del tiempo que necesita para terminar cada servicio. Para poder trabajar, deja a los niños en el aula de madrugadores, paga el comedor y suele recogerlos de los últimos. Cuando no llega, entrega una pequeña cantidad a la hija de una amiga para que se encargue de ellos. Explica que ha rechazado numerosos trabajos y que no recibe ayudas porque está empleada.
En su opinión, sus hijos han tenido que madurar antes de tiempo y asumir responsabilidades que no les corresponderían por edad. Por eso le resulta contradictorio que se muestre preocupación por el descenso de la natalidad mientras quienes deciden tener hijos afrontan la crianza con pocas ayudas y unos horarios laborales difíciles de compatibilizar. “¿Cómo van a animarse más mujeres a ser madres en estas condiciones?”, se pregunta.
Son los denominados “niños de la llave”, menores que pasan parte del día solos en casa porque las jornadas laborales de sus progenitores no coinciden con los horarios escolares. Un informe de Educo estimó en 2017 que más de 580.000 niños de entre seis y trece años se encontraban en esta situación durante algunas tardes de verano. La organización advertía de que no se trataba necesariamente de desatención familiar, sino de una consecuencia de la precariedad, la falta de recursos y las dificultades para conciliar.
La situación se complica durante las vacaciones escolares. Miriam M.A, trabajadora de un supermercado que prefiere no identificar, no dispone de dinero suficiente para pagar campamentos durante todo el verano y el hijo mayor debe quedarse algunas veces en casa al cuidado del pequeño.
No es una dificultad excepcional: el 34 % de los hogares con menores no puede permitirse unas vacaciones o enviar a sus hijos a este tipo de actividades. Durante el curso, Miriam también se enfrenta a situaciones difíciles de resolver. En una ocasión llevó enfermo a su hijo menor al colegio porque tenía que acudir a trabajar. Llegó tarde a su puesto y, según relata, fue amonestada por la empresa.
Lo que el cuadrante no cuenta
Las consecuencias no se limitan a pasar más o menos horas con los padres. Una revisión de 23 investigaciones sobre los horarios laborales no convencionales encontró en 21 de ellas una relación significativa con algún efecto negativo en el desarrollo infantil. Los estudios observaron asociaciones con problemas emocionales y de conducta, dificultades cognitivas e incluso alteraciones del índice de masa corporal.
Los investigadores identificaron varias vías por las que el trabajo de los adultos puede alcanzar a los menores: el estrés y los síntomas depresivos de los progenitores, una menor interacción familiar, la pérdida de cercanía y un entorno doméstico menos estable. Los efectos resultaron más pronunciados en los hogares con menos recursos, precisamente aquellos que disponen de menos posibilidades para pagar cuidados o rechazar un turno incompatible.
Los hijos no aparecen en el contrato ni en el cuadrante laboral, pero soportan parte de sus consecuencias. El cambio de horario que obliga a Alejandra a buscar a quien recoja a sus hijos o la tardanza por la que Maitane fue amonestada son situaciones que no terminan en su puesto de trabajo. También modifican las rutinas, los cuidados y las responsabilidades de unos menores que, en muchos casos, aprenden a organizarse solos mucho antes de lo previsto