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La historia de Casalarreina está estrechamente relacionada con su posición estratégica entre Haro, Santo Domingo de la Calzada, Logroño y las rutas que conducían hacia Burgos y la cornisa cantábrica. Durante siglos fue lugar de paso, pero también residencia de algunas de las familias más influyentes de Castilla. Su propio nombre conserva una parte de ese pasado.
A finales del siglo XV la localidad quedó vinculada a los condes de Haro y duques de Frías, de la familia Fernández de Velasco, y comenzó a conocerse como Casa de la Reina. Tradicionalmente se relacionó esta denominación con una posible estancia de Juana I de Castilla, aunque la documentación no permite asegurarlo y otras investigaciones vinculan el topónimo con Isabel la Católica y con las relaciones de los Velasco con la Corona. En 1671 la población logró independizarse de Haro y adquirió oficialmente el nombre de Casalarreina.
Vista de Casalarreina.
El monasterio de Nuestra Señora de la Piedad
El gran símbolo de la localidad aparece muy pronto en cualquier recorrido. El monasterio de Nuestra Señora de la Piedad es el monumento que mejor explica la importancia alcanzada por Casalarreina durante el siglo XVI. Su origen se encuentra en Juan Fernández de Velasco, obispo de Calahorra y La Calzada, quien obtuvo en 1509 autorización del papa Julio II para levantar un convento. La primera piedra se colocó en 1514 y las obras se prolongaron aproximadamente durante una década. En ellas participaron algunos de los grandes nombres de la arquitectura y la escultura de aquel momento.
El resultado es uno de los conjuntos religiosos más destacados de La Rioja. La iglesia responde al gótico de época de los Reyes Católicos, aunque incorpora ya elementos que anuncian el Renacimiento. Su exterior tiene en la espectacular portada uno de sus grandes reclamos. Concebida prácticamente como un retablo de piedra, desarrolla un complejo programa escultórico presidido por una representación de la Piedad y acompañado por diferentes episodios de la pasión de Cristo. La profusión de figuras, motivos vegetales y detalles convierte la entrada en una obra que merece contemplarse con calma antes incluso de acceder al interior.
Detalle del claustro del monasterio de Nuestra Señora de la Piedad.
Dentro, la sensación cambia. La iglesia presenta una sola nave, con capillas comunicadas entre sí y una cubierta de complejas bóvedas de crucería estrellada. El retablo mayor, realizado en el siglo XVII, preside un espacio en el que se conserva también el sepulcro del fundador, Juan Fernández de Velasco. A los pies aparece uno de los elementos más interesantes del conjunto: el coro alto con su sillería plateresca del siglo XVI, formada por decenas de asientos tallados.
El monasterio no termina en la iglesia. Su claustro, de planta cuadrada, organiza las diferentes dependencias conventuales alrededor de corredores cubiertos por bóvedas de crucería. Ménsulas decoradas con motivos vegetales, animales y pequeñas figuras humanas aportan una extraordinaria variedad al conjunto. Sobre él se desarrolla un segundo claustro con cubierta de madera. El convento conserva también pinturas, esculturas, piezas de orfebrería y antiguos libros cantorales, testimonio de los siglos de vida religiosa desarrollada entre sus muros. Desde finales del siglo XVI el edificio está vinculado a las monjas dominicas contemplativas.
La historia del monasterio guarda, además, un episodio excepcional. El papa Adriano VI pasó por Casalarreina cuando se dirigía hacia Roma y estuvo relacionado con la apertura del convento durante su estancia en la localidad. La tradición histórica riojana destaca este acontecimiento hasta convertir al monasterio en un lugar singular dentro de su itinerario.
La fachada de la casa de los Salazar.
El palacio de los Condestables
Muy cerca aparece otro edificio fundamental para comprender el auge que vivió la villa: el palacio de los Condestables de Castilla. Construido en el siglo XVI por los Fernández de Velasco, llegó a contar con cuatro plantas de sillería y debió de ser una de las residencias más importantes de la zona. Sus propietarios pertenecían a una de las familias con mayor peso político de la Castilla del momento, lo que explica el paso por Casalarreina de personajes de primer nivel.
Está documentada la estancia de Adriano VI en el palacio durante su viaje hacia Roma, mientras que la supuesta presencia de Juana I forma parte de una tradición histórica que no ha podido confirmarse documentalmente. El edificio sufrió en 2008 el derrumbamiento de parte de su fachada y hoy conserva solo una parte de la grandeza de su aspecto original.
Plaza de la Florida.
La plaza de la Florida
El paseo conduce después hacia la plaza de la Florida, uno de los espacios centrales de la localidad. Allí se encuentra el palacio de Pobes, magnífico ejemplo de arquitectura civil barroca construido durante la primera mitad del siglo XVIII. Sus tres plantas, los balcones apoyados sobre grandes ménsulas, las formas mixtilíneas de puertas y ventanas, las gárgolas y los escudos de la fachada reflejan el poder económico de las familias que levantaron sus residencias en Casalarreina durante la Edad Moderna. A diferencia de otros edificios históricos, continúa siendo una propiedad privada y permanece habitado.
Casalarreina conserva más huellas de aquella arquitectura señorial dispersas por su casco urbano. Casas vinculadas a familias como los Salazar, los Montilla o el marqués del Puerto recuerdan que durante siglos esta pequeña población fue mucho más que un núcleo agrícola. Pasear por sus calles permite descubrir fachadas de piedra, escudos, balcones y antiguos jardines que dan continuidad al conjunto monumental y ayudan a entender por qué su casco histórico posee una personalidad tan marcada.
Entre los edificios religiosos destaca también la iglesia de San Martín, integrada en el patrimonio histórico de la villa y convertida, junto al monasterio, en una de sus principales referencias monumentales. Su presencia completa un casco urbano en el que arquitectura religiosa y civil aparecen continuamente entremezcladas.
Puente sobre el río Oja.
Pero Casalarreina debe una parte importante de su desarrollo a los caminos. Su ubicación en una zona de comunicación entre La Rioja, Castilla y el norte peninsular favoreció durante siglos el tránsito de personas y mercancías, especialmente del vino. Una buena prueba es el puente de piedra sobre el río Oja.
A finales del siglo XVIII, numerosos municipios riojanos impulsaron la mejora de las comunicaciones para facilitar la salida de sus vinos hacia el puerto de Santander. Dentro de aquel proyecto se planteó una nueva carretera entre Gimileo y Pancorbo que debía atravesar el Oja en Casalarreina. El puente, construido en piedra arenisca, terminó entregándose en diciembre de 1831 y sigue siendo una de las obras civiles más reconocibles de la localidad.
El río ofrece también la otra cara de Casalarreina. Al alejarse unos metros de palacios, iglesias y conventos, el visitante encuentra un paisaje más abierto, marcado por la vegetación de ribera y por los campos de la Rioja Alta. Es precisamente esa combinación la que permite recorrer la localidad sin prisas: patrimonio monumental, pequeñas plazas y calles tranquilas se encuentran a muy poca distancia unas de otras.
Entre viñas
Alrededor de esta localidad aparece inevitablemente el paisaje del vino. Casalarreina se encuentra en una de las zonas vitivinícolas más reconocibles de La Rioja, muy cerca de Haro y rodeada por municipios históricamente relacionados con el cultivo de la vid. Aquí el viaje cultural puede prolongarse fácilmente alrededor de una mesa, entre los vinos de Rioja, la cocina tradicional y los productos de una comarca en la que gastronomía y paisaje forman parte de su identidad. El propio Ayuntamiento destaca el interés gastronómico y vitivinícola de todo el entorno como uno de los atractivos de la localidad.