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Piel de campeona, resistente al extremo, equilibrista formidable, impecable gestora, Mischa Bredewold conquistó la Itzulia Women tras atravesar el umbral del dolor.
Después de soportar el padecimiento en Mendizorrotz, donde tuvo la carrera perdida, la neerlandesa la rescató con un ejercicio excelso de resiliencia, pundonor y amor propio que le condecoró en Donostia con la corona de la carrera vasca.
La txapela fue para Bredewold, que evitó caer en pánico para impulsarse al trono de la Itzulia Women. Una tradición neerlandesa. Actuó con inteligencia, sangre fría y determinación en una situación muy compleja la líder.
La resolvió con enorme éxito. Se mantuvo en pie cuando estaba a un dedo de ser derribada. Lejos de perder el foco, se resistió a la derrota. Rebelde con causa. Perseveró y venció. Dolor y gloria.
La neerlandesa, a la que se le escurría la carrera en la montaña, se rehizo para encontrar una victoria a través de la épica. En solitario fue capaz de suturar la herida a tiempo de elevarse a lo más alto tras un final grandioso, como su talla. 1,81 metros de campeona.
Usoa Ostolaza, octava
Yara Kastelijn y Lauren Dickson acompañaron a Bredewold en el podio final. Usoa Ostolaza, magnífica su actuación, fue octava en la general. La zarauztarra siempre estuvo entre la alta aristocracia.
En el esprint de las mejores en Donostia se impuso Dominika Włodarczyk, que repitió la pose victoriosa de la víspera en Amorebieta. Instantes después del estallido veloz del esprint, en el suelo, recuperando el resuello tras una persecución al límite, Bredewold, emocionada, no paraba de repetir.
“No me lo creo”. Dicen que la fe mueve montañas. La de Bredewold tuvo que derribar la más alta. La mental. Tuvo que entrar en otra dimensión. De la oscuridad a la luz que le bañó el rostro al sol.
Plegados Jaizkibel y Gurutze, la Itzulia Women se concentró en un punto afilado. En el átomo donde todo sucede en la carrera vasca, vivita y coleando hasta que se perfiló a Mendizorrotz (6,4km al 5,3%), un monte afilado con rampas puntiagudas. El cortante desafío.
Rampas que acuchillan las piernas, que llenan de polvo los pulmones, puñados de arena en cada respiración, ácido láctico que coloniza los músculos y deja un regusto amargo en el paladar.
Sabor a sufrimiento. En las cuestas hoscas, se repartían onzas de derrota. El sol y el calor que emanaba de la afición, de sus voces, de sus aplausos, apaciguaban el sufrimiento, insobornable en unas rampas cinceladas para el dolor.
El calvario de Mendizorrotz
En ese territorio hostil, donde todas quieren aletear como pájaros libres, pero les enjaula la montaña, los barrotes forjados por la ley de la gravedad, se balancean los cuerpos, tratando de encontrar en ese balanceo, en ese compás, un lugar por el que respirar.
Antes de encararse con El Rubicón, con el punto sin retorno, la suerte echada a modo de dados hacia el destino, Mischa Bredewold luchó por los segundos de la bonificación de Donostia. La líder agarró tres segundos, Lippert se quedó con dos y Usoa Ostolaza sumó uno.
Cada instante era una bocanada de oxígeno, un puñado de pedaladas, el empuje de los riñones. Cada segundo cotizaba al alza en el mercado de valores de la Itzulia Women, comprimida al extremo. Lo sabía la líder. También sus rivales, que le presionaban.
Bredewold miró a Mendizorrotz con una veintena de segundos en su balanza respecto a Kastelijn, Markus y medio minuto sobre Niedermaier. Lippert estaba a más de medio minuto, Muzic, Berthet y Ostolaza bordeaban los 40 segundos.
Mostró los colmillos el puerto. Danzad malditas. Apurados los rostros. Bredewold torció el gesto. Lippert, el cuerpo. Anclada la alemana. Niedermaier imponía un ritmo loco. Contaba renuncias. La líder subía a cabezazos. Negando. Precario equilibrio el suyo.
Kastelijn, Markus, Berthet y Dickson continuaban. Ostolaza resistía. Un calvario. No había paz ni respiro. Cuestión de supervivencia en un paisaje bucólico. Ideal para la contemplación. Las ciclistas tachonaban la mirada en el asfalto.
Bredewold perseguía a una veintena de segundos a las siete magníficas, donde parpadeaban Muzic y Włodarczyk. Finalizado el padecimiento de Mendizorrotz, el descenso lanzó la ambición de la líder. No renunciaría. Nada de dimisión.
Obstinada, fuerte, la neerlandesa contaba con la alianza del llano, su territorio. Por delante, se cruzaban los intereses. El de Bredewold era único. Su pasión le conducía. Le arengaba el alma. Mordía. Sensacional su despliegue, se presentó en el grupo antes del baile definitivo en Donostia.
Vaciada por el esfuerzo, la neerlandesa tuvo que renunciar a la victoria de etapa, que abrazó Dominika Włodarczyk por delante de Muzic y Dickson. Usoa Ostolaza fue cuarta. Liberada, feliz, la neerlandesa festejó una victoria imperial. Bredewold reina en la Itzulia Women.