Vida y estilo

Xabier Badiola, cantautor: “No me siento un bicho raro”

El joven músico eibarrés ha publicado dos álbumes de folk de música calmada y bella, una agradable sorpresa en el panorama musical vasco
El último álbum de Xabier Badiola es Leiho ondoan xori bat, publicado en marzo de este año. / Cedida

Llama la atención que este trovador de la guitarra acústica con suave vocecita haya conseguido hacerse un hueco en un mundo acelerado y lleno de estímulos. Con solo dos discos, las canciones del eibarrés Xabier Badiola, de 26 años, se han convertido en uno de los mejores y más eficaces bálsamos de los últimos tiempos en el panorama musical vasco. Incluso, se le ha ocurrido incluir el canto de unos pájaros durante uno de los temas de su último álbum, Leiho ondoan xori bat, lanzado en la primavera pasada. Todo muy bucólico.

El último álbum de Xabier Badiola es Leiho ondoan xori bat, publicado en marzo de este año. Cedida

En los conciertos, eso sí, es otra historia y se nutre de la espontaneidad y la improvisación. No hay dos actuaciones iguales de Xabier Badiola. Los shows cambian según su estado de ánimo, el público que tenga enfrente o el tipo de sala. Badiola, que también toca la guitarra en el grupo de blues-rock Sugramas, actuará el jueves 17 de septiembre en el Mercat de Música Viva de Vic, Barcelona, junto a la artista de jazz catalana Magalí Datzira, y el viernes 18 estará en el festival Sotoko Hotsak de Elgoibar.

Viene del rock, del ruido. ¿Quería bajar los decibelios con su proyecto en solitario? 

—En realidad, viene de un parón de Sotomonte [su banda anterior]. Había terminado la universidad y estaba sin curro, sin rumbo, y me dije: “Hay que hacer algo, no tengo nada que perder”. Estaba escuchando a mucha peña del Greenwich Village [barrio de Nueva York que en los años 50 y 60 alumbró una importante escena folk] y tenía unas maquetas por ahí que decidí sacarlas a la luz. El primer disco lo grabé para mí y todos mis ‘compas’. Además, quería estar más libre y no tener que cargar con tantos trastos para dar un concierto; ahora puedo subir a un autobús y tocar en ‘casacristo’. También quería cambiar de círculos musicales y andar en entornos más gaztetxeros, autogestionados y que fuera en euskera. Ir con la guitarra acústica me permite hacer un poco más el cabra y ser más punki.

Y también improvisar más.

—Eso es. En los conciertos no llevo setlist y hago una cosa u otra según lo que me apetezca. Voy muy por libre. 

¿Nunca lleva un setlist? 

—Cuando grabo, sí que trato de buscar un orden. En los directos mi preocupación es más dinámica; o sea, tengo que buscarles un encaje a las canciones relativamente movidas, las baladas y las que son más tenebrosas. No voy con un setlist, pero tengo una idea aproximada de lo que voy a hacer. Las afinaciones también te rigen un poco por dónde tirar, para no estar todo el rato afinando y desafinando la guitarra. Esa es un poco la idea en la que me suelo mover.

Igual no hay una escena folkie en Euskal Herria como la que hubo en el Greenwich Village de Nueva York, pero me siento dentro de un grupo de gente maja de géneros diferentes

Supongo que también busca un contraste entre la escucha calmada del disco y la experiencia de asistir a un concierto. 

—Sí, aunque hay bolos que por el formato pueden ser más íntimos y cercanos. Luego hay otros conciertos que son más ‘peleados’; según la hora, según el día de la semana, si es un bar o un sitio abierto o cerrado… El plan cambia y yo también reacciono de forma diferente. Me puedo poner más en plan John Martyn o Nick Drake; me pongo más capullín o más cercano. Según el día. Es guay porque la energía te va llevando por donde quiere. En una banda de rock, si estás de bajón y no te apetece tocar un tema determinado a veces no te queda otra que hacerlo. Aquí cada público repercute muy directamente en cómo va a ser el concierto.

Canta bajito y sus temas son muy tranquilos. ¿Rompe con el estereotipo de la rebeldía juvenil? ¿Siente que va a contracorriente?

—No sé, una cosa es el Xabier Badiola del disco y otro el de la calle. Pero sí que me siento dentro de un grupito de gente maja que trabaja con géneros diferentes. ¿Se podría decir que hay una escena folkie en Euskal Herria como la que hubo en el Greenwich Village de Nueva York? Pues igual no. Yo me relaciono con peña de mi edad y no me siento un bicho raro. De hecho, la gente ahora ya no está tan metida en un solo género. Antes los que escuchaban metal solo escuchaban metal, mientras que ahora todos escuchan un poco de todo. Lo puedes ver en los festivales, donde igual hay un friki con una guitarra acústica, luego gente con sintes, un grupo shoegaze y hasta un grupo de travestis cantando cumbia. Todo maravilloso y todo genial, y, además, todos nos llevamos de la hostia.

¿Consumir o escuchar música?

A debate. El cantautor astuariano Nacho Vegas ha alertado sobre la proliferación de la expresión “consumir música” en lugar de “escuchar música”. Ahora todo es susceptible de ser consumido sin más; la palabra ‘consumo’ se ha normalizado en el arte y la cultura y parece que no hay marcha atrás con esto. Xabier Badiola considera que las cuestiones lingüísticas no son baladís “y determinan nuestra forma de pensar”. Badiola aboga por darle el tiempo que merece la escucha de un disco, con calma y sin prisas. “Con mi compi de piso solemos ponernos discos enteros tomándonos un té y captas cosas que en una escucha rápida en la calle no lo disfrutas igual”, cuenta. En tiempos de playlist personalizadas y del modo aleatorio de escuchar música en plataformas, él defiende oír (¿o era escuchar?) un álbum de arriba abajo, tal como ha sido concebido.

Hay artistas jóvenes con propuestas parecidas a la suya como Gartxot, Amaia Miranda, Eneritz Furyak…

—Los admiro mogollón. Amaia anda en una onda guitarrera más clásica, y es toda una maestra de lo suyo. Lo que me gusta es el espíritu explorador que veo en muchos de estos músicos. Me siento identificado con la curiosidad que demuestran más que con el género que hacen. También hay cantautores como Amaia Etxeberria y Ekhi Lambert, que está en otro nivel, que son maravillosos. Hay muchos perros verdes. Somos muchos.

¿Lo peor que le puede pasar es que la gente se duerma en uno de sus conciertos? 

—Para mí es un puntazo, porque si se quedan dormidos no hacen ruido y se callan. Peor sería que se pusieran a hablar del trabajo, de los niños o de cómo van a volver luego a casa. Odiar es una palabra muy fuerte, pero si no te gusta mi concierto también está bien.

Sería un puntazo que el público se durmiera en mis conciertos, porque así no harían ruido y se quedarían callados

“Eres un árbol inerte aferrado a tierra yerma / juntando vástagos de todo lo que conociste”. Muchas de sus letras parten de la naturaleza. ¿Es su principal fuente de inspiración?

—La inspiración viene de las experiencias propias y de mirar lo que pasa a tu alrededor. Lo que pasa es que por no ser muy explícito y no poner a gente cercana (o a ti mismo) en un compromiso, es más fácil meter metáforas partiendo de la naturaleza. También lo hago para que la gente pueda hacer sus propias interpretaciones. Hay quienes escriben letras explícitas y literales que están genial, pero a mí me gusta ser un poco críptico. 

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Lo del canto de unos pájaros en la última canción del disco es muy campestre. 

—Eso viene de un juego entre Xabi Agirre, mi amigo y productor, y yo. El verano que lo grabé estaba escuchando mucho un disco de Bridget St. John, Ask Me No Questions, y en la última canción de repente aparece un sonido de ambiente que dura una barbaridad, como un minuto. Se me ocurrió meter unos pájaros y a la hora de mezclarlo Xabi puso como un minuto y cuarenta de audio. Está perfecto, le dije. Es como cogerle de la oreja la oyente y obligarle a escuchar esa parte, porque luego la canción sigue 15 segundos más hasta su resolución. 

Eso es lo que mola, que la canción no termine con los pájaros. 

—Sí, es una forma de decir que hay que esperar a que se resuelvan las cosas. Esa es también una de las ideas que giran alrededor del disco.

06/09/2026