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Una familia ucraniana, feliz en Bilbao con sus once hijos tras huir de la invasión rusa en Ucrania

Mikola y Natalia con sus hijos biológicos y de acogida Ruslan, Taras, Bogdan, Nazar, Maksim, Yulia, Mark, Zajar, Oleksandr, Nikita y Vladislava en el hotel de Bilbao donde están acogidos.
Mikola y Natalia con sus hijos biológicos y de acogida Ruslan, Taras, Bogdan, Nazar, Maksim, Yulia, Mark, Zajar, Oleksandr, Nikita y Vladislava en el hotel de Bilbao donde están acogidos.

"SOLO pensaba en salvar a los niños". Con esa idea apoderándose de su mente Mikola Borodulin salió de su casa en Ivankiv junto a su pareja, Natalia Borodulina, y sus once hijos, tres de ellos biológicos y los restantes de acogida, para atravesar sin más protección que la chapa de su furgoneta un escenario bélico y de terror donde las balas no eran de fogueo ni las víctimas figurantes, sino muertos con nombres y apellidos. Acogidos en un hotel de Bilbao, dicen estar "muy felices viendo que están fuera de peligro", a pesar de que en sus miradas se adivine aún una mezcla de angustia, tristeza e incertidumbre. "Todavía no pueden pensar en el futuro, solo quieren descansar de todo ese estrés", interpreta sus palabras y sentimientos Tatiana, la traductora.

Bogdán, de 17 años; Oleksandr, de 15; Nazar, Mark y Nikita, de 14; Yulia, de 13; Ruslan y Maksim, de 12; Taras, de 11, y los más pequeños, Zajar y Vladislava, de 10, esperan pacientes sentados en un par de sofás mientras su madre escribe sus nombres y edades en un cuaderno. Ni una voz. Ni una queja. Algunos se entretienen con el móvil. El resto simplemente aguarda en silencio. Qué son unos minutos de aburrimiento para unos chavales que han cruzado una guerra y esperado diez horas de cola metidos en un coche para atravesar la frontera con Polonia. Solventada la foto, se dispersan y el hall de la segunda planta del Hotel Ilunion San Mamés, en el que se alojan, desaparece, sumergido en el relato de un periplo entre la vida y la muerte.

Mikola se retrotrae al 24 de febrero. En cuerpo y alma. A aquella noche en la que las tropas rusas les sorprendieron dormidos en su domicilio, a medio centenar de kilómetros de Chernóbil. "Empezamos a escuchar los disparos, el ruido de los misiles, empezaron los niños a chillar, lo perros a ladrar, nos levantamos y salimos a la calle. Por encima de mi cabeza pasó un proyectil y dije: Tenemos que irnos de aquí".

El objetivo estaba claro. Cómo llevarlo a cabo en mitad de "un fuego cruzado" era una incógnita con una sola respuesta: jugársela sí o sí. Intentaron avanzar hacia el puente en dirección a Kiev. "Disparaban de todos los lados encima de nuestro coche y no sabíamos qué hacer. Como no podíamos salir así, aguantamos dos días más en casa, pero no teníamos refugio. Teníamos que marcharnos porque estaban disparando sin parar", relata.

Natalia le dijo a su marido que fuera con el mayor, Bagdan, "a espiar un poco a ver si ya no estaban los tanques, pero había un montón. Solo salieron de las rejas de casa y se tuvieron que volver para atrás. Había tantos disparos que no podían ni moverse", cuentan. "Sin armas ni nada para defender la entrada del pueblo, solo sabían que tenían que irse", remarca Tatiana.

Remolcaron a otra familia

Una vez reunieron "la confianza" suficiente, en el minibús de ocho plazas del que disponía la familia se metieron quince personas –la pareja, sus hijos y dos familiares que estaban de visita– y el perro y emprendieron la huida. Salieron "despacito", mirando que no hubiera "camiones rusos grandes con armas". Después vieron movimiento de soldados y Mikola pisó el acelerador. "Mi mujer me dijo: ¿Dónde vas tan rápido? Iba a 150 y solo pensaba en salvar a los niños y que no entrara ni un misil ni una bala en el coche. Salimos de la ciudad a toda velocidad", reconoce. Quien le escucha respira aliviado porque todos están sanos y salvos.

Parece que ha pasado lo peor del trayecto cuando la traductora explica que, aconsejados por su hija mayor, que reside en Portugal, emprendieron rumbo a la ciudad de Malin, a una hora en coche de Ivankiv, porque allí aún "estaba todo tranquilo y hay salidas en todas las direcciones". Se adentraron en el bosque. Mikola ya no está sentado en el sofá del hall de un hotel, sino al volante de su minibús, con toda su familia a bordo, rezando para escapar con vida. Narra la escena. Gesticula, estira las manos hacia adelante, se intuye el pavor en su mirada, cierra los ojos unos instantes, los abre. El corazón en un puño sin entender ucraniano. "De repente se nos puso delante un avión, el enemigo ruso, con la parte trasera hacia nosotros. Yo solo pensaba: Como dispare hacia atrás, desaparece el coche con todos nosotros. Cerré los ojos y recé: Dios mío, por favor, sálvanos. Abrí los ojos y el avión se había ido para arriba".

Llegaron a Malin, pero el respiro apenas les duró unos días. "Tiraron una bomba de 500 kilos que reventó un edificio de militares y la hija les dijo que era mejor que se marcharan a España", apunta Tatiana.

En la frontera con Polonia les esperaba una cola de coches de dos kilómetros, aguardando su turno para tramitar la salida. "Mucha gente iba andando, corriendo como locos. Estuvimos allí con todos los niños metidos en el coche desde las tres del mediodía hasta la una de la madrugada", detalla la madre, Natalia. Entre tanta desesperación recuerdan la de un chico, al que se le había estropeado el vehículo. "Tenía cinco niños y nadie le quería ayudar. Nos pidió que le remolcáramos. Yo le dije: Bueno, somos quince, pero cinco más..., y les ayudamos a pasar la frontera", cuenta. En Ucrania han dejado a un hijo biológico y dos de acogida, todos mayores de 18 años. Además de la hija que reside en Portugal, tienen otra en Italia.

Les fueron a buscar a Polonia

En Polonia la familia se alojó en un hotel, donde no les cobraron ni la comida ni los gastos de los niños. Allí permanecieron hasta que fueron a recogerles con dos coches "las familias de acogida de dos de sus niñas, que vienen todos los veranos con los niños de Chernóbil", apunta Tatiana. El pasado 11 de marzo llegaron a Bilbao y el recibimiento no pudo ser más caluroso. "Ha sido un descubrimiento muy bonito. Nosotros nunca habíamos visto a los padres de acogida, solo habíamos hablado por teléfono. Cuando llegamos aquí, esas dos familias y todos sus familiares nos han acogido con tanto amor, sin conocer el idioma... No nos entendíamos al hablar, pero nos daba igual. Hasta ahora vienen todos los días y llevan a los niños a practicar el idioma. Nos sorprendió muchísimo todo el amor que hemos recibido por parte de todas esas familias", comentan muy agradecidos por haberse sentido "queridos".

Mikola, Natalia y sus once hijos –una buena muestra de que el amor no hace distingos ni entiende de consanguinidad– constituyen una gran familia con un futuro incierto, pero con la tranquilidad que les reporta estar a salvo. "Las personas que han venido solteras ya saben lo que quieren hacer, pero los que tienen familia ya no piensan en sí mismos, sino en los niños", comenta Tatiana, intérprete, paño de lágrimas y apoyo fundamental del centenar de refugiados ucranianos acogidos en los hoteles Ilunion de la capital vizcaina. Esta pareja, en cambio, cuenta con un gran condicionante. Ocho de los menores con los que han venido están bajo tutela del Gobierno ucraniano, por lo que "tienen que volver sí o sí en cuanto esto se acabe, ojalá que sea pronto", ansía. "Ellos los tienen acogidos hasta que les buscan una familia adoptiva. Como los quieren pequeños y son mayores, se quedan en su casa hasta que cumplen 18 años. Hasta ahora solo a uno le han encontrado un hogar", precisa.

Tras la experiencia tan traumática vivida y la imposibilidad de augurar el final de la invasión, no se plantean más allá del día a día. "De momento somos felices aquí y estamos muy agradecidos. Sentimos todo el cariño, sea de quien sea. Viene mucha gente a ayudar de diferentes asociaciones. Nos dan gratis alojamiento, comida, ropa... Nos cuidan de tal manera que sentimos muchísimo amor". Un buen bálsamo para aliviar sus cicatrices de guerra.

"Un proyectil pasó por encima de mi cabeza, los niños chillaban y teníamos que irnos de allí"

"Iba a 150 y solo pensaba en que no entrara ni un misil ni una bala en el coche"

 

"Un avión ruso se nos puso delante, cerré los ojos y recé: Dios mío, por favor, sálvanos"

 

"En la frontera de Polonia estuvimos en el coche desde la tres a la una de la madrugada"

Mikola Borodulin

Refugiado ucraniano

"Nos sorprendió muchísimo todo el amor que hemos recibido aquí por parte de las familias de acogida de dos de nuestras niñas"

"No nos entendíamos al hablar, pero nos daba igual. Hasta ahora vienen todos los días y llevan a los niños a practicar el idioma"

2022-04-23T04:29:02+02:00
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