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Trump proclama el fin de la guerra mientras Irán no lo acepta e impone sus líneas rojas

Teherán frena la euforia y exige la liberación de 12.000 millones de dólares, garantías de no agresión en el Líbano y postergar 60 días el debate sobre el programa nuclear y Ormuz
Ciudadanos iraníes circulan frente a una gran valla publicitaria antiestadounidense en la plaza Valiasr de Teherán, Irán. / EFE

La diplomacia de los micrófonos, el vértigo de las redes sociales y las urgencias políticas han vuelto a chocar de frente con los cautelosos, herméticos y calculados tiempos de Oriente Próximo. En un giro de guion que ha dejado en vilo a la comunidad internacional, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, proclamó de manera unilateral el "fin" de la guerra con Irán. Un conflicto abierto y descarnado que se desató el pasado 28 de febrero. Sin embargo, lo que desde el Despacho Oval se vende como una victoria diplomática y militar absoluta, desde los pasillos del poder en la República Islámica se observa con un escepticismo glacial y un silencio oficial.

El anuncio no se produjo en un solemne mensaje a la nación desde la Sala Oval, sino que llegó impregnado de la informalidad de la campaña política interna. Fue durante una intervención telefónica, diseñada en principio para mostrar su apoyo al candidato a gobernador de Georgia, Burt Jones, donde el jefe del Ejecutivo estadounidense soltó la noticia que sacudió de paso los mercados internacionales: "Hemos puesto fin a la guerra con Irán y ellos han aceptado no fabricar nunca armas nucleares". Según las palabras del propio mandatario, la neutralización de la amenaza atómica iraní ha sido la piedra angular sobre la cual su administración ha presionado sin descanso, asegurando que impedir que Teherán consiga la bomba era "el objetivo principal" y representaba "el 95% de todo" el esfuerzo bélico y negociador de Estados Unidos.

Pero al otro lado del mundo, la percepción de la realidad es diametralmente opuesta. La supuesta paz inminente que se respira en Washington contrasta con la fría prudencia de Teherán. La República Islámica, lejos de sumarse a las celebraciones, ha optado por pisar el freno y matizar drásticamente el relato estadounidense. El gobierno iraní ha dejado claro que, hasta que las autoridades "competentes" del país no hayan analizado exhaustivamente cada coma del documento y llegado a una conclusión firme, no habrá ningún anuncio oficial.

El encargado de arrojar el jarro de agua fría sobre el optimismo occidental fue el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei. En unas declaraciones recogidas por la agencia estatal de noticias IRNA, Baqaei fue tajante: "Hasta el momento, no hemos llegado a una conclusión definitiva sobre este asunto. Se trata de una cuestión muy importante que está siendo analizada por las instituciones competentes". El portavoz insistió en que cualquier decisión se comunicará con "total transparencia", pero dejó entrever que el camino hacia la firma aún está plagado de obstáculos y desconfianzas mutuas.

Lo que subyace bajo esta guerra de declaraciones es un frágil borrador de 14 puntos concebido, por el momento, apenas como un marco de "memorando de entendimiento" sobre el cual profundizar hacia un hipotético acuerdo final. Las filtraciones a la prensa revelan un campo minado de exigencias, líneas rojas y visiones contrapuestas. Mientras la agencia iraní Mehr ha publicado la versión que defiende Teherán, el portal estadounidense Axios ha expuesto la perspectiva de Washington, evidenciando que, si bien existen puntos de consenso, los matices son de un calado geopolítico enorme.

La primera gran barrera es puramente financiera. Irán supedita cualquier firma a la liberación inmediata y sin condiciones de unos 10.000 millones de euros de sus activos soberanos, actualmente congelados por las sanciones de Washington. Estados Unidos, por su parte, se muestra abierto a la descongelación, pero la concibe bajo un estricto sistema de tramos, liberando los fondos de manera gradual y condicionada a que Washington constate empíricamente que Irán está cumpliendo con su parte del trato.

El segundo escollo de magnitud es la estabilidad regional, con el foco puesto en el Líbano. Teherán exige garantías de seguridad férreas y por escrito de que Israel cesará de inmediato sus ataques en territorio libanés. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha deslizado que Israel se atendría a esta condición, pero la diplomacia estadounidense lo interpreta de una forma mucho más laxa: ven la firma de este memorando simplemente como una extensión temporal de 60 días de un cese de hostilidades que, sobre el terreno, está siendo flagrantemente incumplido tanto por el Ejército israelí como por las milicias chiíes de Hezbolá.

El expediente nuclear y el pulso por el control de Ormuz

Paradójicamente, el tema que Trump ha erigido como su gran victoria —el programa nuclear— no se discutirá en firme hasta que transcurran 60 días desde la firma del acuerdo preliminar. El memorándum contempla, eso sí, que Irán acepta mediante su firma el compromiso de no desarrollar armas de destrucción masiva. Sin embargo, esto es algo que Teherán lleva años afirmando que no tiene intención de hacer, amparándose en decretos religiosos y en su permanencia en el Tratado de No Proliferación (TNP). Los aspectos más espinosos y técnicos de las negociaciones, como el futuro del programa de enriquecimiento de uranio y el destino de los supuestos 400 kilos de uranio altamente enriquecido que actualmente se almacenan en Irán, quedan aparcados en una tensa sala de espera de dos meses.

Igual de explosiva es la situación en el estrecho de Ormuz, la gran arteria petrolera del mundo. Irán contempla la reapertura del paso de barcos en un plazo de 30 días, pero bajo sus propias condiciones y "arreglos iraníes". Actualmente, Teherán controla la zona, cobra peajes y argumenta que el bloqueo es una cuestión estrictamente regional que solo concierne a la República Islámica y al sultanato de Omán. "Estados Unidos no tendrá prácticamente ningún papel en la futura administración del Estrecho de Ormuz", ha sentenciado la agencia oficial IRNA. Washington, por el contrario, exige un levantamiento inmediato del bloqueo y garantías de libre navegación internacional.

Las exigencias iraníes no terminan ahí. Teherán ha añadido fuertes "líneas rojas" relativas a su maltrecha industria petrolera. Antes de que arranquen las llamadas "negociaciones finales" previstas para el mes de agosto, Estados Unidos deberá suspender todas las "sanciones al petróleo iraní, productos petroquímicos y derivados". Además, durante los 60 días de impasse, Irán pretende poner sobre la mesa de negociaciones la exigencia de un gigantesco programa de reparaciones por los devastadores daños causados por los recientes bombardeos de Estados Unidos e Israel. La cifra planteada por Teherán resulta astronómica: compensaciones por valor de 260.000 millones de euros, una exigencia sobre la que Washington guarda, por ahora, mutismo.

Ginebra, Evian y la sombra de la traición

A pesar de las abismales diferencias, la diplomacia trabaja a contrarreloj. Fuentes próximas a las negociaciones citadas por la agencia Bloomberg sugieren que la firma del memorándum de entendimiento podría producirse mañana domingo en la ciudad suiza de Ginebra. De ser así, la esperada reapertura del estrecho de Ormuz —bajo condiciones aún por determinar— podría coincidir estratégicamente con la cumbre de líderes mundiales del Grupo de los Siete (G7), que se celebrará la próxima semana, del 15 al 17 de junio, en la localidad de Evian, en los Alpes franceses.

No obstante, el fantasma de la historia reciente y la profunda desconfianza amenazan con dinamitar cualquier avance. Teherán ha advertido que la posible firma de este documento preliminar no borra ni un ápice sus sospechas sobre la verdadera voluntad de Estados Unidos, ni sobre su capacidad real para contener los impulsos militares de Israel. Los iraníes temen una nueva "traición" en plena fase de diálogo.

13/06/2026