Actualizado hace 4 minutos
En una parada de autobús hay ocho personas y siete miran el móvil. Una desliza vídeos, otra responde mensajes y otra consulta por tercera vez cuánto falta para que llegue. Quizá la única que no tiene una pantalla entre las manos tampoco contempla la calle: rebusca en el bolso, mira el reloj y cambia el peso de una pierna a otra. Permanecer quietos, sin nada concreto que hacer, empieza a resultarnos incómodo.
Ocurre mientras esperamos a alguien, en la cola del supermercado, dentro de un ascensor o durante los pocos minutos que separan una tarea de la siguiente. Antes eran pausas inevitables; ahora basta un gesto casi automático para llenarlas. El teléfono ofrece una salida inmediata a cualquier atisbo de aburrimiento y ha conseguido que resulte extraño quedarse simplemente mirando por la ventana.
La paradoja es que recurrimos al móvil para escapar del aburrimiento, pero no siempre conseguimos aliviarlo.
Sin embargo, aburrirse no equivale necesariamente a perder el tiempo. Aunque es una sensación desagradable y, cuando se vuelve persistente, puede relacionarse con malestar y apatía, también actúa como una señal: aquello que estamos haciendo no nos interesa lo suficiente y necesitamos buscar otra dirección. En ese espacio sin estímulos externos, la mente puede repasar una conversación, conectar recuerdos, imaginar situaciones o encontrar una solución que no apareció cuando intentábamos forzarla.
La paradoja es que recurrimos al móvil para escapar del aburrimiento, pero no siempre conseguimos aliviarlo. Un estudio dirigido por Katy Tam, investigadora de la Universidad de Toronto Scarborough, y publicado en 2024 en la revista Journal of Experimental Psychology: General analizó este comportamiento mediante siete experimentos con más de 1.200 participantes. Los resultados mostraron que saltar continuamente de un vídeo a otro o avanzar partes del contenido podía aumentar la sensación de aburrimiento, en lugar de reducirla. Al cambiar constantemente en busca de algo más estimulante, los participantes se implicaban menos en lo que estaban viendo y disfrutaban menos de la experiencia.
El aburrimiento no es quedarse sin pensamientos
El aburrimiento no aparece únicamente cuando no tenemos nada que hacer. También puede surgir durante una reunión interminable, al repetir una tarea mecánica o incluso mientras vemos una serie que no logra atraparnos. No depende tanto de la ausencia de actividad como de la dificultad para implicarnos en ella.
La psicóloga Erin Westgate, investigadora de la Universidad de Florida, lo explica mediante el modelo de los componentes de significado y atención. Según esta teoría, nos aburrimos principalmente por dos razones: porque no conseguimos concentrarnos en lo que estamos haciendo o porque no encontramos un motivo suficiente para hacerlo. Es una especie de aviso interno que señala que la actividad no está satisfaciendo una necesidad y nos empuja a cambiar.
El aburrimiento puede aparecer incluso mientras realizamos una tarea, cuando nos cuesta concentrarnos o encontrarle sentido.
Su función se parece, con matices, a la de otras sensaciones incómodas. El hambre conduce a buscar alimento y la soledad puede impulsar a recuperar el contacto con otras personas. El aburrimiento invita a encontrar algo que nos interese o que consideremos valioso. El problema no es sentirlo, sino la respuesta que elegimos para hacerlo desaparecer.
El móvil ofrece la más rápida: desbloquear, deslizar y recibir algo nuevo. Ni siquiera hace falta tomar la decisión conscientemente. Muchas veces la mano llega al bolsillo antes de que identifiquemos la sensación que intentamos evitar. Pero eliminar esa incomodidad de manera inmediata también interrumpe el proceso que podría llevarnos a observar el entorno, iniciar una conversación o dejar que el pensamiento tome otro camino.
Cuando la mente se va por su cuenta
La posibilidad de que una tarea tediosa favorezca la creatividad fue examinada por las psicólogas Sandi Mann y Rebekah Cadman, de la Universidad de Central Lancashire. En dos experimentos con 170 participantes, pidieron a una parte del grupo que realizara primero una actividad deliberadamente monótona, como copiar o leer números de una guía telefónica. Después tuvieron que imaginar todos los usos posibles de dos vasos de plástico.
Quienes habían pasado por la tarea aburrida propusieron, en conjunto, ideas más creativas que el grupo que comenzó directamente con el ejercicio. Los mejores resultados se produjeron entre quienes se habían limitado a leer los números, una actividad todavía más pasiva y con mayor margen para divagar.
“ La posibilidad de que una tarea tediosa favorezca la creatividad fue examinada por las psicólogas Sandi Mann y Rebekah Cadman, de la Universidad de Central Lancashire. ”
Esto no significa que todo aburrimiento convierta automáticamente a una persona en más creativa. La relación depende de su duración, del contexto y de lo que hagamos después. El aburrimiento crónico puede asociarse con apatía, impulsividad y malestar. Pero una pausa ocasional, sin una pantalla que determine inmediatamente el siguiente estímulo, permite que aparezca la llamada divagación mental: pensamientos que se alejan de la tarea presente y establecen conexiones inesperadas.
Es ese mecanismo el que explica por qué algunas soluciones surgen en la ducha, al pasear o mientras se friega la vajilla, y no frente al problema que llevamos horas intentando resolver. La mente no se ha apagado: está trabajando sin que la dirijamos a cada instante.
Pensar sin proponérselo
La explicación no está en el agua caliente ni en algún efecto especial del cuarto de baño. Las ideas aparecen porque ducharse, caminar o fregar son actividades suficientemente automáticas como para mantenernos ocupados, pero no tanto como para exigir toda nuestra atención. Mientras el cuerpo repite una secuencia conocida, la mente queda libre para alejarse de lo inmediato.
Un equipo de la Universidad de California en Santa Bárbara lo comprobó en una investigación dirigida por los psicólogos Benjamin Baird y Jonathan Schooler y publicada en 2012 en la revista Psychological Science. Los participantes tuvieron que buscar usos originales para objetos cotidianos y, después, disfrutaron de una pausa antes de repetir el ejercicio. Quienes realizaron durante ese intervalo una tarea sencilla que favorecía la divagación mental mejoraron su rendimiento creativo más que quienes descansaron sin hacer nada, afrontaron una actividad exigente o no tuvieron pausa.
Mientras el cuerpo repite una secuencia conocida, la mente queda libre para alejarse de lo inmediato.
El detalle es importante: la creatividad no aumentó simplemente por aburrirse ni por quedarse completamente quietos, sino durante una ocupación poco exigente que permitió a la mente vagar. Es lo que sucede al tender la ropa, conducir por una ruta conocida o dar un paseo sin un objetivo concreto. La atención se relaja y el problema continúa circulando en segundo plano.
A ese periodo se lo denomina “incubación”. Después de concentrarnos en una cuestión y dejarla reposar, puede aparecer una asociación que había quedado oculta mientras intentábamos encontrar la respuesta de forma consciente. Por eso la idea que no llegó frente al ordenador puede presentarse más tarde, cuando ya habíamos dejado de perseguirla.
El miedo a que los niños no tengan nada que hacer
La incomodidad ante los tiempos muertos no afecta solo a los adultos. Cuando un niño dice que se aburre, la reacción habitual consiste en ofrecerle inmediatamente una actividad, un juguete o una pantalla. El aburrimiento se interpreta como un problema que los mayores deben resolver, cuando también puede ser el punto de partida para que el menor decida a qué jugar, invente una historia o explore aquello que tiene a su alcance.
La Academia Americana de Pediatría recomienda reservar tiempo para el juego no estructurado, aquel que no está organizado de antemano ni dirigido constantemente por un adulto. La institución recuerda que cierto grado de aburrimiento puede favorecer la creatividad y que objetos tan sencillos como unas cajas vacías, bloques o cucharas de madera permiten que los niños imaginen sus propios usos. No importa tanto con qué juegan como la necesidad de decidir por sí mismos qué hacer.
Objetos sencillos como unas cajas vacías, bloques o cucharas de madera permiten a los niños imaginar sus propios usos.
Eso no significa dejar a un menor desatendido ni presentar el aburrimiento como una obligación educativa. Tampoco implica que todas las pantallas sean perjudiciales. La diferencia está entre utilizarlas para una actividad concreta y recurrir a ellas automáticamente cada vez que aparece una pausa. Si cualquier espera se resuelve entregando un teléfono, el niño apenas tiene ocasión de atravesar la incomodidad inicial y descubrir qué puede hacer después.
Los adultos tampoco ofrecemos siempre el mejor ejemplo. Pedimos a los pequeños que dejen la tableta mientras respondemos un mensaje en la mesa, consultamos una notificación durante un paseo o sacamos el móvil en cuanto se retrasa el autobús. Aprender a aburrirse no consiste, por tanto, en imponer minutos de silencio, sino en convivir con momentos en los que nadie necesita estar entretenido permanentemente.
Dejar algunos minutos sin llenar
Recuperar esos espacios no exige apagar el teléfono durante días ni convertir el aburrimiento en otra tarea que cumplir. Puede empezar por algo mucho más pequeño: esperar sin sacar el móvil, caminar un trayecto conocido sin escuchar nada o terminar una actividad doméstica sin colocar un vídeo de fondo. Al principio quizá no aparezca ninguna revelación. Puede que solo surjan impaciencia, pensamientos repetitivos o ganas de comprobar una notificación.
La tolerancia a esos minutos también se entrena. Cuantas más veces respondemos al aburrimiento con un estímulo inmediato, más difícil resulta permanecer sin él. Pero cuando dejamos pasar la primera incomodidad, la atención puede dirigirse hacia fuera —una conversación, la calle, las personas que esperan a nuestro lado— o hacia dentro.
No todos los tiempos muertos producirán una idea brillante y aburrirse no es una fórmula secreta para ser más creativo. Es simplemente una condición que permite que sucedan cosas que la estimulación constante dificulta: recordar, imaginar, ordenar lo vivido o no hacer nada durante un rato.