Polideportivo

Pogacar entierra el Tour

El esloveno mágico, insultante su superioridad, ataca en el Tourmalet y conquista la victoria en otra exhibición desmesurada y aventaja en casi tres minutos a Vingegaard y aún más al resto de favoritos
Pogacar, insultante superioridad la suya, celebra la victoria. / Efe

Séneca dijo aquello de que “nos quejamos de que nuestros días son pocos, pero actuamos como si fueran infinitos”. El ser humano es contradictorio, misterioso, inagotable su capacidad de sorpresa. En el Tour los días parecen largos, por el calor, la dureza, la velocidad, el estrés, la urgencia y el frenesí.

Las jornadas al duro sol de la carrera, que es un crematorio, se concentraron en el Tourmalet, un mito de 17,2 kilómetros al 7,3 %, principio o final. Cruce de caminos. El Tour empezaba en esa mole, un altar que venera el ciclismo desde su descubrimiento, y en sus rampas, convertidas en un camposanto, terminó. Crucificado. El Tour duró una montaña. Lo que le apeteció al todopoderoso Tadej Pogacar, el imparable, el inagotable, el infinito. Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain, los guardianes de los cinco Tours, le esperan en París.

El término Tourmalet proviene del idioma gascón y significa literalmente "el camino del mal retorno" o "la montaña sin retorno”. Allí se quedó, moribundo, el Tour con toda su pompa y boato. Sin retorno posible. Una oración por él.

No hay regreso para la carrera, sepultada por Pogacar, el enterrador que sonríe en todas las direcciones mientras el circo continúa adelante asistiendo a un entramado de trucos de magia, de fábulas, de ciencia-ficción. El monstruo esloveno lo devora todo. Implacable. Talló una lápida. Aquí yace el Tour, la carrera que fue.

En el Tourmalet sacó brillo a su quinta corona sobre el cuerpo, inerme, de la carrera francesa, entregada con entusiasmo a un disparate que se reproduce. Cualquier comparación de los campeones que fueron palidece ante el genio esloveno, el muchacho que nunca pierde, que jamás sufre, que solo sonríe mientras el resto, ciclistas excepcionales, son la máscara de una tragedia griega incapaces de acercarse sin arder.

Suenan campanas de réquiem por el Tour, propiedad privada de Pogacar, su patrón, y del dinero árabe, que riega a chorros la estructura de A.S.O. a través de las carreras desérticas. El Tour es un desierto para todos salvo para Pogacar, feliz, exuberante, en su vergel. Ave del paraíso. Piel amarilla.

Pogacar, durante la subida al Tourmalet. Efe

Diferencias abismales

Con su plumaje de campeón del Mundo, alzó el vuelo en el Tourmalet para anidar en Gavarnie-Gedrè después de una actuación colosal. Otro capítulo sublime. Alucinante. Otro viaje lisérgico. Aventajó en 2:40 a Jonas Vingegaard y en 2:59, al resto de favoritos, Del Toro, Seixas, Evenepoel, Lipowitz o Ayuso.

Intocable el esloveno, más de 40 kilómetros a solas con la gloria para consumar su 23ª victoria de etapa en el Tour, la segunda en seis días de competición y eso que regaló otra a Del Toro. Pogacar es un cuestión de fe. Creer en Dios o no. Muerta la emoción, tras el pésame, los humanos lucharán por las raspas. La corona pertenece al rey, que tiene derecho de pernada en Francia.

Manda el esloveno, dictador, con 2:42 sobre el danés. Del Toro, su compañero, es tercero,a 3:27. Evenepoel, Ayuso y Seixas están en 25 segundos. Lipowitz cuenta una desventaja de 4 minutos. Esa es la distancia tras apenas una montaña.

El Tour se enamoró del Tourmalet en 1910. Un periodista de L’Auto, Alphonse Steinès, colaborador de Henri Desgranges, el director del diario que inventó la carrera más famosa del mundo, se aventuró a explorar la subida, ignota entonces.

Un viaje a lo desconocido. El ingeniero de caminos de Eaux-Bonnes escuchó aquella idea, de aspecto suicida. Una locura. Contestó: “¿Es que se han vuelto locos en París?”.

Steinès se adentró en los Pirineos en un Mercedes con chófer. Ascendieron por una ruta impracticable. A cuatro kilómetros de la cumbre la nieve les cerró el paso, acantonada en una muralla fría y blanca. Steinès, hipnotizado por aquella visión, se adentró en otra dimensión. Le pudo la curiosidad. Así progresa el ser humano. Descubrió un templo para el ciclismo. Un pasaje para la historia.

Fascinado frente a su descubrimiento, que en realidad fue una penosa aventura, envió un telegrama a Desgranges. Le embaucó. Mintió con entusiasmo. Palabra por palabra.“Tourmalet atravesado. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Firmado, Steinès”. Steinès mintió.

Octave Lapize, en 1910, fue el pionero en hacer cima . Posó su nombre en la montaña mágica. Conquistó la cima del Tourmalet, que fue la lanzadera para hacerse con la victoria final. Lapize, sordo de un oído, murió en un combate aéreo en la Primera Guerra Mundial pilotando un biplano en los cielos de Verdun.

Tourmalet, de récord

Su aparato estaba decorado con un gallo y el número 4, con el que alcanzó la gloria en el Tour. Pogacar luce el 1. El único. Emmanuel Macron, presidente de la República francesa, compartió coche de dirección con Proudhomme, que es el otro gran mandatario de Francia, el director del Tour.

Macron se protegió del sol con esas gafas de piloto mientras observaba el vuelo de Pogacar, el emperador de la Francia ciclista. Supersónico. Lo arrasó todo. Napalm.

Antes de que nada quedara en pie salvo la peana donde luce Pogacar, en el Col d’Aspin, 12 km al 6,5%, el UAE, encendió la maquinaría. Pogacar propuso un esprint a relevos. Politt, un gigante de 80 kilos, un tipo construido para la planicie, mostró la dentadura, el gesto adusto e impuso el ritmo en la ascensión.

Jonas Vingegaard, molido, a su llegada a meta. Efe

El ciclismo y su capacidad para la mutación y la ruptura con los arquetipos y el sentido común en su apogeo. El germano se comió media montaña. Wellens, otro trotón, tomó el testigo. Los sherpas de la especie de los clasicómanos. El paso marcial fue un sofoco. Asfixió a muchos. Desprendido Vauquelin, ahogado Ion Izagirre. Boqueante Aurelien Paret-Peintre.

Enfilados todos en un procesión aplastada por el calor, subyugante, deprimente, bochornoso. Se suspiraba por el agua, un reino por unos trozos de hielo. Todo al descubierto en los Pirineos, una luz blanca y ardiente, el sol en su plenitud, el cielo azul, sin nubes de quebranto, y la mesa de autopsias. La fogosidad en cada rincón.

Tour de Francia

Sexta etapa

1. Tadej Pogacar (UAE) 4h32:07

2. Jonas Vingegaard (Visma) a 2:38

3. Isaac del Toro (UAE) a 2:57

4. Remco Evenepoel (Red Bull) m.t.

5. Paul Seixas (Red Bull) m.t.

6. Florian Lipowitz (Red Bull) m.t.

7. Juan Ayuso (Lidl) m.t.

48. Ion Izagirre (Cofidis) a 28:41

116. Alex Aranburu (Cofidis) a 42:08

124. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) m.t.

General

1. Tadej Pogacar (UAE) 21h11:57

2. Jonas Vingegaard (Visma) a 2:42

3. Isaac del Toro (UAE) a 3:27

4. Remco Evenepoel (Red Bull) a 3:30

5. Juan Ayuso (Lidl) a 3:34

6. Paul Seixas (Red Bull) a 3:55

7. Florian Lipowitz (Red Bull) a 4:00

38. Ion Izagirre (Cofidis) a 34:36

90. Alex Aranburu (Cofidis) a 1h14:20

120. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 1h24:15

Un destrozo

En el Tourmalet el turno fue para Felix Grossschartner, otro porteador del esloveno. El campeón del Mundo, caballero blanco, cruzándole los colores de campeón del Mundo el pecho, se refrescaba.

Arensman, Riccitello, Tiberi y Jorgenson eran otras víctimas del látigo del austriaco. A Torstein Træen la montaña le sepultó. Además se cayó en el descenso del Tourmalet y llegó malherido a meta. Vingegaard solo contaba con Piganzoli y Kuss a modo de ayudantes de cámara. El UAE era una trituradora. Evenepoel, a pecho descubierto, Lipowitz, Ayuso y Seixas, penando, resistían el paso.

Era un exterminio. McNulty continuó con la tortura. Piganzoli cerró los ojos poco después. El Tourmalet era implacable. El UAE era una exageración, hiperbólico. Adam Yates, cadena al cuello, a modo de un metrónomo, reemplazó al norteamericano. Tobias Johannessen entró en zona roja. Otro dorsal descosido. Era la señal.

Del Toro embistió con furia. Pogacar se soldó a él. Vingegaard entendió de inmediato que ese cambio de ritmo no le interesaba. Le sacaba de punto. Optó por mantener su ritmo y limitar pérdidas. Demasiado salvaje el esloveno. Siempre demasiado. Termonuclear, batió en más de 2:20 el récord de ascensión de 2023. Nada tiene sentido.

El danés, consistente, descontó a Del Toro en la subida. Se ató al sufrimiento extremo. Seixas, la sensación francesa, se sostuvo con Lipowitz y del Toro en un diálogo mudo. De jadeo. Evenepoel, aunque más ligero, no lo suficiente, se quedó más atrás. Con Ayuso. Separados por un mundo. Se empastaron todos ellos tras el descenso.

El esloveno es de otro planeta. Un marciano. En el Tourmalet, en su cima, tenia una renta de medio minuto. El resto por encima del 1:30. En el tramo que unía el Tourmalet con la llegada, la diferencia, espumosa, creció exponencialmente. Palada a palada, tiró puñados de arena sobre el resto. Hundidos. Seres del inframundo. Pogacar entierra el Tour.

09/07/2026