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Cuando se habla de ballet, hay que poner siempre en un lugar de privilegio a capitales europeas como París y Londres, ciudades por las que han pasado los mejores bailarines del mundo tras infinidad de horas dedicadas a una disciplina que aúna exigencia física, belleza y una entrega absoluta.
Adriana Marquiegui y Jurgi Errandonea van a cumplir el sueño de cualquier bailarín: estudiar ballet en el Conservatorio de París. Lo cuentan con una alegría inmensa, pero con la mayor humildad. Como si acceder a una de las menos de diez plazas destinadas a cada sexo fuera sencillo, como si no hubieran alcanzado un logro al alcance de muy pocas personas. Estos dos jóvenes de Hondarribia de 17 años, de la academia Basque Ballerina de Amaia Leiza, van a desarrollar su gran talento en una de las escuelas de ballet más prestigiosas del mundo. “Hemos conseguido cosas importantes, pero hay mucha gente muy buena”, explica Adriana.
Sin embargo, más allá de esa modestia, la realidad es que el acceso a este prestigioso centro de la Ciudad de la Luz está reservado para una élite muy selecta. Adriana fue elegida entre más de 200 candidatas: primero superó un corte en el que quedaron 30 y, finalmente, se hizo con una de las menos de diez plazas disponibles. En el caso de Jurgi, aunque el número inicial de aspirantes masculinos era menor, la criba fue igual de difícil. Lograr que dos alumnos de una misma academia local entren juntos en una de las instituciones más prestigiosas del mundo es un hito extraordinario. Sí, hay gente muy buena, pero ellos han demostrado estar entre los mejores.
Recorridos totalmente distintos
El recorrido de ambos hacia este logro comenzó de forma muy distinta. Adriana dio sus primeros pasos en el estudio con apenas cinco años. “Siempre supe que era lo que me gustaba. No sé cuándo supe que quería ser bailarina profesional, pero desde pequeña sabía que quería hacer esto”, explica.
Jurgi, en cambio, llegó al ballet en plena adolescencia, a los 13 años, animado por una amiga. No era su debut en el baile, ya que hacía euskal dantza, pero “desde ese momento supe que quería dedicarme a esto”. Lejos de sentir los prejuicios que suelen rodear a los chicos en la danza clásica, él lo ha vivido con total normalidad: “Cuando empecé a ballet fue un paso normal. Siempre lo he normalizado, en Instagram hay muchísimas cosas”, recalca.
Lejos de mencionar la palabra sacrificio, ambos hablan de pasión. Es lo que hace que entrenen 30 horas semanales, y que lo hagan encantados. Es un esfuerzo, es dedicación, y es amor por lo que hacen: “No supone tanto porque es tu pasión, pero dedicas menos tiempo a todo lo demás. Lo que ocurre es que mi vida es el baile, y todo mi tiempo libre es para ello”, argumenta Adriana. Jurgi comparte exactamente la misma visión de su día a día: “No lo llamaría sacrificio. Igual un sábado, en vez de estar con la cuadrilla, prefiero estar bailando”, argumenta, consciente del trabajo que hay detrás de todo ello.
"Es un reto, pero es nuestro sueño"
Ambos asumen que la vida en Francia exigirá aún más de ellos. “Es un reto, pero es nuestro sueño. Va a ser duro porque estás fuera y porque este mundillo no es fácil”, reconoce Adriana. Aun así, viaja con la tranquilidad de quien ya conoce la exigencia del exterior: “Hemos hecho bastantes cursillos de verano a nivel europeo durante muchos años y vamos preparados”. A esa preparación se suma un factor emocional clave: afrontarán esta etapa juntos, apoyándose mutuamente, un detalle en el que Jurgi incide como una ventaja.
Jurgi Errandonea y Adriana Marquiegui
Participar en el Prix de Lausanne, otro éxito
Antes de ir a París, ambos estarán en el Prix de Lausanne de julio, en Suiza, certamen mundial reservado a las mejores promesas del ballet. Adriana ya ha estado, aunque lo hizo en un pueblo cercano a la localidad, esta vez vivirá la experiencia completa. Jurgi lo hará por primera vez, pero en sus caras se nota la misma ilusión.
Amaia Leiza, una figura fundamental para el desarrollo de ambos
Detrás de todo este trabajo hay una pieza fundamental para el desarrollo de ambos: Amaia Leiza. Ambos coinciden en la importancia de su entrenadora para haber logrado estos éxitos en el mundo de la danza. Al hablar de ella, el agradecimiento de ambos alumnos es total: “Es esencial. Le debo todo lo que he conseguido, pero no solo en el ballet, te hablo de la vida. Siempre me ha guiado en todo”, asegura Adriana.
Amaia reconoce que con siete años ya vio algo especial en ella: “No le podía prometer nada, pero sí podía iniciar caminos para intentarlo”, con, por supuesto, el apoyo de sus padres. Añade, además, que la paciencia ha sido muy importante a la hora de hacer su camino y “hacer frente a las dificultades, que son muchas”, porque por el camino se reciben muchas negativas.
Jurgi también alaba el trabajo de su mentora, explicando que que las lecciones han ido mucho más allá de en la faceta artística: “Todo lo que tiene que ver con el ballet lo he aprendido aquí, pero también me he formado personalmente”. Desde un primer momento, Amaia Leiza vio que “tenía unas condiciones físicas favorables para ser bailarín de ballet”, y a partir de ahí ha habido muchísimo trabajo para cambiar la forma de bailar de la euskal dantza a esta disciplina. “Un trabajo bestial”, sentencia Amaia.
Aunque le cueste reconocer en ella parte de ese logro, es evidente que Amaia Leiza ha tenido mucho que ver en el éxito de Jurgi y Adriana, aunque sabe que es “una recompensa a muchísimo trabajo en equipo, que sin alguna de las partes no podría salir adelante”. Y a veces, a pesar del esfuerzo tampoco, porque “no siempre tiene recompensa el trabajo, es un mundo muy difícil”. En este caso sí ha habido recompensa. París bailará al ritmo de dos hondarribiarras.