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El pasado 19 de marzo, el ministro de Exteriores de Panamá, Javier Martínez-Acha Vásquez, intervino en el Foro Unión Europea–Centroamérica con una referencia a un episodio poco conocido de la Segunda Guerra Mundial. En su discurso, evocó la huida del lehendakari José Antonio Aguirre, quien logró escapar del cerco nazi gracias a una identidad panameña y a un pasaporte que le permitió eludir a la Gestapo.
Durante su intervención, Martínez-Acha defendió el papel de Panamá como un actor fiable en el escenario internacional, subrayando su función como punto de conexión entre regiones en un contexto global marcado por la incertidumbre. En ese marco, el ministro reivindicó la trayectoria histórica de su país como socio comprometido con los valores democráticos y la cooperación internacional.
Fue en ese contexto donde introdujo un episodio ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial: la huida del lehendakari Aguirre. El responsable de la diplomacia panameña evocó ese momento como ejemplo de la actuación discreta pero decisiva de su país, recordando cómo Panamá le facilitó una identidad alternativa que le permitió atravesar la Europa ocupada y eludir el control nazi.
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El episodio fue presentado como una muestra de una forma de intervención basada no en la fuerza, sino en la diplomacia, en línea con la imagen que Panamá proyecta en la actualidad como un país que apuesta por la cooperación, la conectividad y el respeto al orden internacional.
Europa en colapso
Aquel episodio se sitúa en mayo de 1940, en plena ofensiva alemana sobre Europa occidental durante la Segunda Guerra Mundial. El lehendakari Aguirre, que había establecido en París la sede del Gobierno Vasco en el exilio tras la Guerra Civil, se encontraba entonces en la localidad costera belga de La Panne por una visita familiar.
La irrupción del ejército nazi, con ataques simultáneos sobre Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo con el objetivo de controlar Francia, alteró por completo la situación. En cuestión de horas, el avance alemán y los bombardeos convirtieron la zona en un escenario de caos, con miles de civiles desplazándose sin rumbo en medio del colapso de las estructuras estatales.
Atrapado en territorio bajo amenaza, Aguirre intentó sin éxito regresar a Francia junto a su entorno. Durante días, el grupo se vio obligado a desplazarse en condiciones extremas, llegando incluso a ser internado en un campo improvisado junto a otros refugiados, en un contexto marcado por la incertidumbre y la presión creciente de las fuerzas nazis.
Acorralado
La situación se volvió insostenible en cuestión de semanas. Tras abandonar la zona costera, Aguirre logró alcanzar Bruselas, donde se refugió junto al jesuita Luis Chalbaud en el convento de San Francisco Javier. Para entonces, el avance alemán era ya imparable: el 13 de junio las tropas nazis entraban en París y apenas unos días después Francia capitulaba, cerrando cualquier posibilidad de retorno.
El contexto era extremadamente peligroso. La presencia de la Gestapo y de agentes franquistas en territorio ocupado convertía cualquier desplazamiento en un riesgo constante de detención. La amenaza no era teórica: otros dirigentes, como el president catalán Lluís Companys, serían localizados, entregados a las autoridades y ejecutados.
A esa presión se sumaba la experiencia directa de la guerra. Durante los bombardeos en La Panne, una de las explosiones alcanzó al grupo del lehendakari, causando la muerte de varios de sus acompañantes. El episodio confirmó la gravedad de una situación en la que la supervivencia dependía de desaparecer.
En ese escenario, Aguirre se encontraba prácticamente acorralado, sin posibilidad de regresar a Francia y con un cerco cada vez más estrecho sobre su paradero.
La clave: Panamá
La salida comenzó a tomar forma en Amberes, donde había una delegación del Gobierno vasco. Allí, Aguirre entró en contacto con el cónsul de Panamá, Germán Guardia Jaén, cuya intervención resultaría decisiva. En un contexto en el que cada movimiento podía ser detectado, la única opción viable pasaba por construir una identidad completamente nueva.
En días el diplomático panameño facilitó al lehendakari una nueva identidad que le permitía dejar de ser José Antonio Aguirre Lekube para convertirse en José Andrés Álvarez Lastra —con las iniciales que coinciden con su nombre real—, un supuesto ciudadano panameño. No se trataba únicamente de un nombre falso, sino de una identidad cuidadosamente elaborada, respaldada por un pasaporte que debía resistir cualquier control en territorio bajo dominio nazi. A ello se sumaba un cambio de apariencia, “disfrazado” con bigote y gafas, contribuía a reforzar esa nueva personalidad.
Durante ese periodo, Aguirre permaneció oculto en Bélgica bajo esa identidad, incluso como inquilino en distintos domicilios, mientras se preparaba la siguiente fase de la operación.
La intervención implicaba un riesgo considerable. Proporcionar cobertura a un dirigente político perseguido suponía comprometer no solo la carrera diplomática de quienes participaron en ella, sino también su seguridad personal. Sin embargo, la red articulada en torno al consulado panameño permitió dotar al lehendakari de una protección efectiva: le ofrecía una vía real de escape en una Europa cada vez más cerrada.
La huida imposible
Con su nueva identidad, Aguirre permaneció oculto durante meses en Bélgica, evitando cualquier movimiento que pudiera delatar su presencia. Durante ese tiempo, tanto la Gestapo como agentes franquistas siguieron su rastro en distintos puntos de Europa, en un intento por localizar a uno de los principales símbolos del Gobierno Vasco en el exilio.
La protección que le ofrecía su documentación panameña no eliminaba el riesgo, pero abría una posibilidad hasta entonces impensable. Lejos de intentar una huida directa hacia territorio seguro, el plan pasaba por una opción mucho más arriesgada: internarse en el propio territorio del Tercer Reich para levantar menos sospechas. Esto lo puedo hacer con la ayuda de Villalaz, en ese momento embajador panameño en Berlín.
Convertido en José Andrés Álvarez Lastra y con un aspecto alterado que le permitía sostener su identidad, el lehendakari emprendió un viaje que lo llevaría a atravesar la Alemania nazi sin ser identificado. En enero de 1941 llegó a Hamburgo, donde comenzó a dejar constancia escrita de su experiencia en un diario marcado por la incertidumbre y el aislamiento.
El éxito de la operación residía precisamente en su audacia. Bajo una identidad panameña, Aguirre logró desplazarse por el corazón del régimen que lo perseguía, sorteando controles y evitando ser reconocido en un contexto en el que cualquier error habría resultado fatal.
Salida y consecuencias
Tras atravesar territorio alemán, Aguirre logró completar su salida de Europa gracias a la cobertura que le proporcionaban. A comienzos de 1941, y tras reencontrarse con su familia —que también viajaba con documentación falsa—, inició un complejo itinerario que lo llevó desde Alemania hasta Suecia, desde donde pudo abandonar el continente.
Desde allí, el periplo continuó por vía marítima hacia América, con escala en Brasil antes de proseguir su viaje. En Uruguay, donde recuperó públicamente su identidad como lehendakari, recibió respaldo institucional y el reconocimiento de la comunidad vasca en el exilio, en un contexto marcado por la dispersión de refugiados tras la guerra.
El recorrido prosiguió por Argentina y otros puntos del continente hasta alcanzar finalmente Estados Unidos. Su llegada a Nueva York, en noviembre de 1941, marcó un punto de inflexión. Desde allí, Aguirre pudo reorganizar la actividad del Gobierno Vasco en el exilio y mantener su labor de representación internacional en defensa de las libertades vascas durante la dictadura franquista.
La operación que había comenzado como una huida individual tuvo así consecuencias políticas de largo alcance. La supervivencia del lehendakari permitió preservar una estructura institucional en el exilio que resultaría clave en la proyección exterior de la causa vasca durante décadas, evitando un desenlace similar al de otros dirigentes republicanos capturados por el nazismo.
Memoria y actualidad
Décadas después de aquellos acontecimientos, el papel desempeñado por Panamá ha sido objeto de reconocimiento institucional. En 2019, el Gobierno Vasco impulsó un gesto simbólico para saldar esa deuda histórica con el país centroamericano, poniendo en valor una intervención que resultó decisiva para la continuidad del Ejecutivo vasco en el exilio.
Ese reconocimiento se materializó en una visita institucional a Panamá que coincidió con un acto cargado de simbolismo: el encuentro entre la Euskal Selekzioa y la selección panameña. Más allá del ámbito deportivo, el partido sirvió como escenario para rendir homenaje a la figura del diplomático Germán Guardia Jaén a través de su hijo, y para escenificar el agradecimiento por una ayuda que resultó crucial en uno de los momentos más críticos de su historia reciente.
La relación entre Euskadi y Panamá, forjada en aquel contexto de guerra, ha mantenido desde entonces un vínculo sostenido en el tiempo, tanto a nivel político como social. Episodios como ese refuerzan una conexión que hunde sus raíces en la solidaridad demostrada en un momento límite.