La madrugada del domingo en Islamabad dejó una imagen cargada de simbolismo y frustración: las delegaciones de Estados Unidos e Irán abandonaban la capital paquistaní tras 21 horas de negociaciones sin acuerdo, pero con un hilo de diálogo. Es el final —provisional— de un encuentro sin precedentes en casi medio siglo, las primeras conversaciones directas al más alto nivel desde la Revolución Islámica de 1979.
El vicepresidente estadounidense, JD Vance, fue el encargado de poner voz al resultado. Compareció brevemente ante la prensa al amanecer para ofrecer una valoración ambivalente: “conversaciones sustanciales”, pero sin el ansiado pacto que debía consolidar la frágil tregua de dos semanas iniciada días atrás tras el estallido del conflicto el pasado 28 de febrero.
Aquella ofensiva, impulsada por Washington junto a Israel, interrumpió meses de contactos indirectos y devolvió a ambos países a una confrontación abierta. Islamabad pretendía ser el punto de inflexión. No lo fue, al menos, no todavía.
Durante casi un día completo, las delegaciones alternaron encuentros cara a cara con intercambios de documentos bajo la mediación de Pakistán. Hubo avances parciales, entendimientos en varios frentes, pero también divergencias profundas en cuestiones clave. Dos temas sobresalieron como obstáculos insalvables: el programa nuclear iraní y el control del estrecho de Ormuz.
Vance evitó entrar en detalles, escudándose en la confidencialidad de unas conversaciones que, según dijo, no deben trasladarse al ámbito público tras horas de negociación privada. Sin embargo, sí dejó claro el núcleo del desacuerdo: la exigencia estadounidense de garantías verificables de que Irán no desarrollará armas nucleares.
“El hecho es que necesitamos un compromiso firme”, insistió, marcando una línea roja que Teherán no está dispuesto a aceptar en los términos planteados. Washington exige el llamado “cero enriquecimiento” de uranio, mientras que Irán defiende su derecho soberano a mantener un programa nuclear con fines civiles y reclama el levantamiento de sanciones económicas.
Sobre la mesa, Vance dejó lo que calificó como una “oferta final”, un “método de entendimiento” que, según afirmó, representa la mejor propuesta posible de su país. No hubo respuesta inmediata iraní. Tampoco gestos de acercamiento.
En paralelo, la delegación iraní, encabezada por el presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf, ofrecía una lectura distinta. Para Teherán, el problema no es solo técnico, sino profundamente político: una cuestión de confianza.
“La contraparte no pudo ganarse nuestra confianza”, lamentó Qalibaf, al tiempo que defendía las “iniciativas progresistas” presentadas por su equipo. En la misma línea, el portavoz de Exteriores, Esmaeil Baqaei, restó dramatismo al fracaso al recordar el contexto: “40 días de guerra y 40 años de desconfianza no se resuelven en una sola sesión”.
El problema del estrecho de Ormuz
Las diferencias no se limitan al ámbito nuclear. Otro de los puntos críticos es el estratégico estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Irán ha condicionado su reapertura total a la firma de un acuerdo definitivo, manteniendo por ahora un protocolo temporal de paso seguro bajo supervisión militar.
Fuentes iraníes subrayan que no habrá concesiones sin garantías reales. “Irán no tiene prisa”, advirtieron, dejando claro que cualquier movimiento dependerá de que Washington acepte un acuerdo “razonable”.
La tensión en torno a esta vía marítima se vio agravada durante las propias negociaciones por un incidente naval. Dos destructores estadounidenses participaron en una operación de reconocimiento que desató una alerta en el sistema defensivo iraní. Aunque ambas partes rebajaron el episodio, el incidente reforzó la percepción de desconfianza mutua en pleno proceso diplomático.
A ello se suma el desacuerdo sobre los aproximadamente 400 kilos de uranio altamente enriquecido en poder de Irán y la exigencia de Teherán de desbloquear unos 25.000 millones de euros en activos congelados por sanciones internacionales.
El trasfondo histórico tampoco juega a favor. Como recordó el exdiplomático francés Gérard Araud, Irán considera que cualquier negociación debe partir del acuerdo nuclear de 2015, respaldado por la ONU y abandonado unilateralmente por Donald Trump en 2018. Para Teherán, ese precedente sigue siendo el punto de referencia, no una página cerrada.
Desde Washington, en cambio, la percepción es distinta. Vance defendió la “flexibilidad” de su delegación y advirtió que la falta de acuerdo perjudica más a Irán que a Estados Unidos, en un mensaje que mezcla presión diplomática con cálculo estratégico.
Pakistán intenta salvar el proceso
Mientras tanto, la mediación de Pakistán intenta sostener el proceso. El ministro de Exteriores, Ishaq Dar, pidió a ambas partes respetar el alto el fuego y confirmó la disposición de su país a seguir facilitando el diálogo. Un mensaje que sugiere que, pese al fracaso, las negociaciones no han colapsado.
En los mercados, la incertidumbre se deja sentir. Analistas anticipan posibles subidas del petróleo y del dólar, aunque algunas firmas consideran que el impacto podría ser limitado si se percibe este desenlace como un revés temporal y no como el fin definitivo del proceso.
Por ahora, el resultado de Islamabad deja una conclusión clara: el acercamiento entre Estados Unidos e Irán ha comenzado, pero sigue atrapado en una compleja red de desconfianza, intereses estratégicos y heridas históricas. Tras 21 horas de diálogo, el conflicto continúa en pausa, sostenido por una tregua frágil y por la incógnita de si la diplomacia será capaz de imponerse a las armas