Meses después del fallecimiento de Fernando Ónega, una pérdida que ha marcado profundamente el 2026 para la familia, Sonsoles Ónega ha dado muestras de su fortaleza, retomando al poco su rutina televisiva y buscando huecos para presentar su nueva novela, Llevará tu nombre. “Mi padre ha dejado un vacío enorme porque era un hombre muy presente, ocupaba muchos espacios de la familia... Poco a poco, vamos aprendiendo a vivir sin él”, confiesa en esta entrevista la periodista.
Personal
Sonsoles Ónega (Madrid, 1977) es periodista licenciada por la Universidad San Pablo CEU de Madrid. Ha trabajado en CNN+ y Noticias Cuatro, y fue corresponsal parlamentaria de Informativos Tele5 desde 2008 hasta 2018. Después presentó distintos formatos televisivos en Mediaset, y desde 2022 está al frente de Y ahora Sonsoles, en Antena 3. Además, es autora de las novelas Calle Habana, esquina Obispo; Donde Dios no estuvo; Encuentros en Bonaval; Nosotras que lo quisimos todo; Después del amor (Premio de Novela Fernando Lara 2017); Mil besos prohibidos; y Las hijas de la criada (Premio Planeta 2023).
Toda la profesión sintió profundamente la pérdida de su padre. ¿Sigue recibiendo muestras de cariño?.
Desde luego. Él siempre se había sentido muy querido por la profesión. Su fallecimiento nos ha servido para hablar mucho con los que fueron sus compañeros, nos han contado anécdotas y detalles que no conocíamos sobre cómo era él en su faceta más profesional.
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Usted y su hermana siguieron sus pasos. ¿Fue él quien avivó ese interés por el periodismo?
Él era un padre que vivía apasionadamente el oficio de periodista, con lo cual no fue nada difícil que nos contagiara esa pasión. Durante algunas épocas trabajaba mucho desde casa y yo lo recuerdo en aquella pequeña emisora que le montaban, o cuando mandaba sus artículos por el extinto fax... ¡Cuánto ha llovido desde entonces! Para nosotras era muy gustoso verle trabajar, a veces le gustaba leer en alto las cartas que escribía para el programa de Luis del Olmo, y nos llamaba y nos sentaba en su despacho para que le escucháramos leer.
¿Algún consejo con el que se quede en especial?
Me quedo con su permanente humildad. Era un hombre muy humilde en el sentido de poco vanidoso y siempre nos pedía a mi hermana y a mí que aprendiésemos a ponernos en la piel del otro. Un periodista tiene un gran poder a la hora de escribir o de hablar por la radio, y a veces nos olvidamos de que los protagonistas de las informaciones tienen familia.
Además de su faceta periodística, usted ha logrado hacerse un hueco en el mundo literario. Ahora regresa con una nueva novela con una protagonista fuerte, rebelde y luchadora. ¿Cómo surgió esta historia?
Tenía ganas de bucear en ese mundo de las mujeres invisibilizadas por las circunstancias de su momento histórico. En el fondo es nuestro pasado, no inmediato, porque han pasado 150 años, pero sí que nos ha marcado de alguna manera generación tras generación. Cuántas mujeres no han podido firmar en su nombre o no han podido sencillamente escribir porque en aquella época estaban condenadas. Y sí, quiero utilizar este término porque debían dedicarse única y exclusivamente a las labores del hogar, y eso, para una mujer con pulsión creadora era una condena.
En la actualidad la situación ha cambiado, pero todavía hay mucho que hacer para llegar a una igualdad real.
Sí, todo eso se ha corregido, pero hoy en día tenemos que seguir peleando, pero no como les tocó hacer a mi protagonista, Mada, y y todo su grupo de compañeras.
En esta historia nos traslada a 1900, momento en que empiezan a surgir los primeros feminismos. ¿Aquella época supuso un antes y un después?
Sí, en aquellos años germina. Ahí empezamos a echar la semilla, digamos, a ese espíritu que florece en en el siglo XX. Son esas mujeres de finales del XIX quienes se dan cuenta de lo que quieren hacer y no pueden, y ahí comienzan la lucha. Algunas lo hicieron de forma absolutamente visible, como es el caso de Emilia Pardo Bazán, que hizo muchísimo por las mujeres, entre otras cosas porque pertenecía a una clase social que se lo permitía, pero hubo muchas otras que nunca pudieron poner luz en su obra, como es caso de Matilde Cherner, una pobre mujer que murió de la peor manera, pobre y sin poder publicar apenas con su nombre porque lo hacía bajo el seudónimo de Rafael Luna.
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A la hora de hilvanar la novela y mezclar datos históricos con ficción, ¿es muy complicado no perder el ritmo?
Creo que es algo que va saliendo solo, pero detrás también hay oficio. Los libros tienen su propio ritmo, su propia su carencia, y te lo va pidiendo la propia trama. No soy una escritora muy académica en el sentido de que no he ido a ningún taller de escritura, yo he aprendido a escribir escribiendo, equivocándome y escuchando mucho a mis editoras.
Últimamente las librerías están llenas de historias de heroínas, ¿es lo que pide ahora el público, historias de mujeres que han sido silenciadas?
Creo que sí, es el momento de narrar este tipo de historias e iluminar a todas esas mujeres con las que no se ha hecho justicia. Son mujeres que no las hemos visto en los libros de texto ni se las espera, y eso es una gran injusticia, así que probablemente ahora estemos en ese tiempo en el que conviene iluminarlas para saber lo que lo hicieron.
Combina su trabajo en televisión con la escritura, ¿complicado de compaginar?
No lo es, lo disfruto y no hay nada que me de más felicidad que escribir y vivir dentro de una novela. Sí es cierto que siempre que empiezo un libro para mí supone un reto, pero es la aventura de mis días. Le pongo todas las ganas del mundo y no me cuesta.
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¿Y qué siente cuando publica y ve plasmada su obra en papel?
Mucha emoción, pero soy de las que no vuelve a abrir la novela. Suelo tener una edición digital a mano para cuando los periodistas me preguntáis cosas, pero la historia no la vuelvo a leer más porque soy una mujer muy insegura.
Tras el éxito de novelas anteriores, ¿hay mucha presión a la hora de enfrentarse a una nueva hoja en blanco?
No, nunca he sentido ni he padecido el horror del folio en blanco. A cambio, sí que se me multiplican ciertos miedos que me acompañan siempre: ¿interesará esta historia?, ¿gustará a mis lectores?, ¿les conquistaré o les defraudaré? Siempre pienso que los escritores tenemos que seducir a los lectores.
Parece que los premios tienen un doble filo; reciben tantos halagos como críticas. Usted también lo vivió en cierto modo con Las hijas de la criada, Premio Planeta, ¿cómo se gestiona todo esto?
Recorriendo España y contactando con los lectores. La mejor crítica está en ellos y son los que te acompañan y no te sueltan la mano. Ellos son los que te van a salvar de ese frío que da una mala crítica. En mi caso tampoco tuve tantas, realmente fue la un señor innombrable de Babelia y poco más, pero aquello hizo más ruido que otra cosa e indudablemente me descolocó un poco. A los críticos en el fondo les importas una mierda, porque mañana volverán a hacer otra crítica mejor o peor de otro compañero.
¿En momentos de duda se ha llegado a replantear dejar de escribir?
No, porque yo no escribo para tener buenas críticas, escribo para publicar, lo he dicho siempre. Me gusta publicar, comunicar a través de los libros. Y sí que una crítica te puede descolocar, pero de ahí a cuestionarte dejar tu vocación literaria, en absoluto.
Han sido muy sonados los casos de Juan del Val y David Uclés, ¿los críticos son más duros con las personas conocidas o que trabajan en la tele?
Siempre ha habido ese prejuicio hacia los periodistas de televisión. A mi me guía mi verdad y mi verdad es que yo ya escribía antes de trabajar en la tele, he publicado cuando era menos conocida y he ganado premios. Nunca me ha venido a buscar una editorial para que publique. A mí la literatura me ha dado la paz necesaria para soportar otras cosas. La exposición en televisión es dura, te coloca frente al juicio de la gente, y eso tiene su servidumbre, también su grandeza, claro, pero de las servidumbres me ha salvado la literatura.