José Antonio Azpiazu no necesita presentaciones. Su larga trayectoria académica e investigadora, así como una extensa producción bibliográfica que supera los 40 libros, lo han convertido en una de las voces más respetadas en el estudio de la historia vasca. Legazpiarra de nacimiento y oñatiarra de adopción, ha desarrollado una destacada labor docente y una incansable tarea de investigación en los archivos. Más de medio siglo de trabajo riguroso, guiado siempre por la curiosidad intelectual y el afán de comprender el pasado, definen su recorrido. Quienes le conocen coinciden en señalar, además, una cualidad que afloró durante el acto celebrado el viernes en la Kultur Etxea, organizado por Artixa Kultur Elkartea: la de ser, sencillamente, una excelente persona. El homenaje sirvió para reconocer toda una vida dedicada al conocimiento, el estudio y la divulgación histórica. El protagonista resumió ese legado con una frase tan breve como elocuente: “He hecho lo que me gusta”. Una declaración que explica, quizá mejor que cualquier discurso, la pasión y la perseverancia que han marcado su trabajo durante décadas.
¿Cómo ha vivido el homenaje?
–Ha sido un momento muy emotivo y estoy plenamente agradecido. Cuando me enteré de lo que estaban preparando, me sorprendió completamente. No he vivido mi trayectoria como algo excepcional, porque siempre me ha apasionado lo que he hecho.
Una vida entera dedicada al conocimiento y la divulgación.
–He investigado porque me gusta y porque sentía una obligación conmigo mismo. La curiosidad me ha llevado siempre a seguir tirando del hilo. Empecé investigando en Lesaka, consultando archivos de la zona de la muga, de Bera y de toda aquella comarca. Luego llegué a Oñati y me encontré con el Archivo Histórico de Protocolos, un mundo inmenso.
Homenaje a José Antonio Azpiazu en Oñati
¿Cree que conocemos realmente nuestra historia?
–Nuestra historia aún está por escribir. Pleitos, testamentos y documentos judiciales y mercantiles que siguen sin estudiarse. Ahí aparece la vida real de la gente. Hay miles de historias esperando. Que nadie diga que todo está investigado, porque no es verdad.
“ La historia nunca se termina y eso es lo realmente bonito; dejar preguntas abiertas para quienes vengan detrás ”
Gran parte de su obra gira alrededor del siglo XVI. ¿Qué tiene ese periodo para haberle atrapado?
–El País Vasco se abre al mundo. La costa vasca se convierte en una ventana enorme hacia el exterior. Ahí aparecen los mercaderes, los navegantes, las rutas comerciales, Terranova, Sevilla, América... El siglo XVI es un momento de fuerte expansión.
Y de transformación social.
–Claro. Nosotros solemos imaginar una sociedad vasca cerrada, rural, aislada, pero cuando entras en la documentación descubres todo lo contrario. Había comerciantes que tenían relación con medio mundo, familias propietarias de barcos, tráfico de mercancías constante…, incluso desde lugares del interior como Oñati.
Esos personajes que viajaban, comerciaban o navegaban aparecen continuamente en sus trabajos.
–Los mercaderes vascos tuvieron una importancia enorme y durante mucho tiempo apenas se habló de ellos. Yo empecé precisamente investigando a aquellos guipuzcoanos que se dedicaban al comercio marítimo, que eran casi nuestros embajadores en el mundo. Aquella investigación acabó siendo mi tesis doctoral. Y tuve la suerte de que me la dirigiera Julio Caro Baroja, que fue un lujo enorme.
“ He investigado porque me gusta y por obligación conmigo mismo; la curiosidad me ha llevado siempre a seguir tirando del hilo ”
Esa mezcla entre lo local y lo global le fascina
–Así es. Desde aquí salían productos hacia medio mundo y regresaban ideas, dinero y experiencias. Esa conexión fue decisiva y rompe completamente la idea de un país aislado y encerrado en sí mismo.
También ha matizado algunas lecturas idealizadas del pasado.
–La documentación te obliga a hacerlo. En ella aparecen esclavos en manos de vascos, traficantes de personas, pleitos, violencia y epidemias… La historia real nunca es perfecta, pero ocultarla sería absurdo. Había quien pensaba que investigar esos temas podía “afear” la imagen de los vascos, pero yo creo lo contrario: si no contamos nosotros nuestra historia completa, vendrán otros a hacerlo por nosotros.
Azpiazu entre libros se mueve como pez en el agua.
Si pudiera viajar al siglo XVI, ¿con quién le gustaría sentarse a hablar?
–Con alguno de aquellos grandes navegantes o mercaderes. Con gente como Elcano o Urdaneta. Eran personajes extraordinarios para su tiempo. También con comerciantes que exportaban hierro, armas o herramientas y que tenían una visión del mundo mucho más amplia de lo que imaginamos hoy.
El papel de las mujeres
Ha centrado, asimismo, su mirada en las mujeres.
–Aparecían constantemente en la documentación y, sin embargo, nadie hablaba de ellas. Cuando publiqué 'Mujeres Vascas: Sumisión y Poder' prácticamente no existían estudios sobre la mujer vasca.
¿Qué descubrió?
–Tenían un protagonismo enorme. Viudas que continuaban con negocios mercantiles, mujeres económicamente independientes de los hombres, comerciantes o curanderas. En muchos casos disfrutaban de una autonomía mucho mayor de la que solemos pensar. Sin embargo, durante mucho tiempo apenas se las tuvo en cuenta en la historiografía.
Libro sobre las mujeres oñatiarras entre 1500 y 1850
¿En qué proyectos está trabajando y qué temas le gustaría investigar?
–Tengo entre manos un libro sobre las mujeres oñatiarras entre 1500 y 1850, un estudio basado en documentación de archivo que nos acerca una realidad hasta ahora bastante desconocida (se trata de un proyecto conjunto con el Ayuntamiento). Se abren todavía muchos caminos de investigación. Hay un ámbito que me sigue interesando especialmente y que apenas ha sido abordado: el mundo de las curanderas, las denominadas hechiceras o las mujeres vinculadas a los cuidados y a los partos.
¿Qué valor cree que tiene hoy investigar el pasado con paciencia en una época marcada por la inmediatez?
–El valor de dejar algo que perdure. Las redes sociales tienen sus virtudes, pero todo ocurre muy rápido. En cambio, lo investigado permanece y puede servir a futuras generaciones.
¿Le preocupa la relación actual con el pasado?
–Tengo la sensación de que cada vez miramos menos hacia atrás. Y eso es peligroso. El futuro está bastante oscuro si no aprendemos las lecciones del pasado.
“ El valor de la investigación es dejar algo que perdure. Las redes sociales tienen sus virtudes, pero todo ocurre muy rápido ”
Apasionado de la música
Más allá del investigador e historiador, ¿cómo es José Antonio Azpiazu en el día a día?
–Muy tranquilo. Me ha gustado siempre viajar, porque también es una forma de conocer. Y la música ha sido una pasión constante. Canto en Oñati Abesbatza y una de mis grandes penas es no haber estudiado composición musical. Me hubiera gustado ser compositor.
¿Qué mensaje le gustaría transmitir a las nuevas generaciones?
–Que estudiar historia, investigar o dedicarse al conocimiento humanístico alimenta algo fundamental: la necesidad humana de comprender. No todo tiene que convertirse en rentabilidad inmediata. Investigar, leer o intentar entender el pasado nunca es una pérdida de tiempo.
¿Qué desea que quede de todo su trabajo?
–Que otros investigadores continúen, amplíen y enriquezcan lo que hemos hecho. La historia nunca se termina, y eso es lo bonito: dejar preguntas abiertas para quienes vengan detrás. Es importante que otros sigan tirando del hilo.