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Joseba Imanol Ibarra: "No voy contra la Iglesia, sino contra los pederastas que masacraron nuestro cuerpo"

Víctima de abusos sexuales
Joseba Imanol Ibarra: "No voy contra la Iglesia, sino contra los pederastas que masacraron nuestro cuerpo"
02:20

"Hoy es el día en que siento impotencia. A veces hasta lloro". Joseba Imanol Ibarra se emociona al "desnudar su alma", atormentada por los abusos que sufrió de niño en la Casa de Misericordia de Bilbao. No busca "venganza". Solo reparación. Y soltar el lastre que le impide liberarse de su agresor, ya fallecido.

Tras ser abandonado por su familia, sufrió abusos sexuales y malos tratos. ¿Qué siente al mirar atrás?

- Impotencia, indefensión y asco.

Ha ocultado su secreto 58 años. ¿No lo sabía ni su actual familia?

- Mi mujer sí, pero a mis hijos se lo conté hace unos meses y me apoyaron: "Aita, adelante, cuéntalo todo, no tengas miedo, pero luego intenta olvidarlo y sé feliz". Eso me ha dado mucha fuerza para contarlo. También lo sabían los compañeros de internado que pasaron por lo mismo.

¿Todos sufrieron abusos?

- En mayor o menor medida. Con diez años nos pasaban al patio de los mayores y algunos abusaban de nosotros. ¿Cómo te vas a defender a esa edad ante un chico de 17 o 18 años? Se daban abusos entre los alumnos internos, por parte de un celador, que era una mala bestia, y por parte de un sacerdote.

¿Por qué lo desvela ahora?

- Empezaron a salir casos en España. Cuando vi que se podía exigir investigación y justicia, saqué una carpeta con todo lo que escribí cuando salí del internado. Eso me ha permitido dar hoy detalles de aquellos acontecimientos tan deleznables.

Silenció aquellos abusos por miedo al estigma y a que no le creyeran. ¿Ya no tiene ese temor?

- No. De hecho, lo he denunciado en la Comisión de investigación de la Diócesis de Bilbao. Iba con miedo y me llevé una grata sorpresa. Me escucharon, no me hicieron preguntas como si fuera un delincuente y me ofrecieron asistencia psicológica. Incluso me pidieran perdón. Yo les dije: "Ustedes no tienen la culpa".

¿Duele tanto como los abusos que el agresor quede impune?

- Eso es lo que más duele. Es algo que no he podido superar. Yo les he presentado documentación, incluso fotos en las que también sale el agresor, para probar que yo estaba allí. Es imposible demostrar los abusos porque él ha fallecido y necesitaría un cara a cara. Ahora espero que la investigación siga su curso.

De niño se lo confesó a un sacerdote y le mandó rezar como penitencia. ¿Es él igual de culpable?

- Sí, eso me dolió tremendamente. A los que más maltrataban, porque no eran solo abusos sexuales, también físicos, era a los expósitos. Él abusó de muchos chicos buscando siempre a los más débiles, a aquellos que no teníamos familiares. Un día que estaba harto se me ocurrió comentárselo a un sacerdote. Me mandó a rezar y me dijo que Dios proveería. No volví a confesarme más ni a recurrir a ellos.

¿Cuántos años tenía entonces?

- Los abusos más fuertes fueron cuando tenía entre 10 y 11 años. Después se encaprichó de otro niño y me dejó en paz, aunque continuaron los toqueteos y el maltrato. Nos aplicaban castigos severos: duchas nocturnas de agua fría, dormir en el suelo, nos encerraban muchas horas a oscuras para doblegarnos...

En su denuncia relata tocamientos en los dormitorios de forma generalizada, pero también le agredió sexualmente varias veces.

- Había unas duchas comunitarias y casualmente siempre que estábamos desnudos venía este señor y se ponía a mirarnos. Decía: "Tenéis que pasaros bien el jabón", cuando para esa función ya estaban los celadores. En las incursiones que hacía a los dormitorios, nos tocaba para comprobar que no durmiéramos con calzoncillos. Venía con una linterna. Cuando lo veíamos por el dormitorio ya nos echábamos a temblar. Nos tocaba siempre abajo, incluso cuando poníamos los calzoncillos en los barrotes de la cama para que los viera. Verle en el altar celebrando misas era aberrante. Tenía que cuidarnos y era nuestro peor y cruel verdugo. Nadie fue capaz nunca de ponerle freno.

¿Qué secuelas le ha provocado haber sido un niño abusado?

- Uf. Eso te queda siempre ahí porque no puedes defenderte. Si le tuviese delante, le preguntaría: "¿Por qué me has hecho esto? Si sabías que eras un pederasta, ¿por qué te metiste a sacerdote?". A ver qué contestaba, pero no he podido decírselo. Contarlo es como una terapia. Me estoy liberando, quitando este lastre que tantos años he tenido encima.

¿De qué manera afectó a sus relaciones afectivas y personales?

- Emocionalmente me destrozó. Cuando salí del internado era incapaz de relacionarme con chicas y menos de darles un beso o tener sexo porque me daba asco. Con eso te estoy diciendo hasta qué punto estaba tocado.

Le habrá costado aprender a convivir con ello porque no se olvida.

- Gracias, curiosamente, a dos curas obreros jesuitas que trabajaban con chicos de la calle pude sobrellevarlo. De ellos tengo un buen recuerdo. Yo no voy contra la religión católica, ni contra la Iglesia, voy contra los pederastas que en nuestra infancia nos robaron la inocencia y masacraron nuestras mentes y cuerpos.

¿Le atormentan hoy en día esos abusos y agresiones que sufrió? ¿Tiene 'flashback' o pesadillas?

- Cuando salí del internado recuerdo que, estando en la habitación de la pensión donde vivía, había muchas noches en las que me sobresaltaba y gritaba: "Déjame, suéltame". Una vez la patrona vino: "¿Qué te pasa? Ya estás otra vez con esas pesadillas". Yo no me atrevía a decírselo, pero en una ocasión se lo comenté y ella fue la que me puso en contacto con los jesuitas.

¿De qué manera le ayudaron?

- Me llevaron a la Universidad de San Sebastián, a un centro psicológico, y me sometieron a diferentes pruebas. En los resultados decían que tenía un trastorno emocional y que necesitaba terapia por los abusos sufridos y el desasosiego que me creaba haber sido abandonado. Todo eso me desequilibraba. Estuve con una psicóloga y medicación una buena temporada.

¿Cómo se encuentra ahora? ¿Le ha removido volver a recordar?

- Cuando empecé a repasar lo que había escrito me empecé a sentir mal, pero es necesario. Me gustaría que esto lo viesen los compañeros que también lo han sufrido y se animaran a dar el paso porque hay que decir la verdad. Una cosa es el centro y otra el comportamiento de unas personas. Esto no es una revancha. Solo vengo a pedir justicia. A preguntar: ¿Por qué a mí? ¿Por qué a los demás niños?

¿Qué sentimientos le produce acercarse hoy a La Misericordia?

- Emociones encontradas porque lo mismo que hubo cosas negativas, allí he pasado mi infancia y adolescencia y tenía buenos amigos. No me hace mucha gracia ir allí, me acerco lo justo porque las cosas negativas superan a las positivas. Sé que ahora es una residencia de ancianos, pero prefiero evitar emociones y recuerdos.

Ha denunciado ante la Diócesis de Bilbao. ¿Ante la Justicia es inviable?

- Es inviable, con eso ya cuento. Yo no quiero nada más que reparación, el reconocimiento del mal causado y de que no han sido capaces de vigilar. No es normal que yo se lo confiese a otro sacerdote, me mande a rezar y el agresor siga. Éramos las víctimas y nos sentíamos culpables. Las personas que debían protegernos hicieron lo contrario. Eso es lo que me duele. Es una impotencia.

De todos modos, no habría compensación para tanto sufrimiento.

- No quiero indemnizaciones. Con que se reconozca que fue un agresor que maltrató a niños me doy por satisfecho. ¿Qué más vas a pedir que la reparación moral y pública?

Busca defender la dignidad de sus compañeros, algunos ya fallecidos.

- Eran mis hermanos y lo hago también por ellos. Uno no pudo aguantar más y se tiró por la ventana.

Ahora que ha compartido su dramático pasado ¿se siente aliviado?

- Yo emocionalmente estaba roto. Mi alma estaba partida. Tras haberlo hablado siento que se va a poder por fin hacer justicia y si no la encuentro en esta tierra, me imagino que la hallaré en el cielo. Hoy, con la publicación de estos hechos, me voy a ir con la tranquilidad del deber cumplido, en la esperanza de que este tipo de abusos a niños y niñas no se repitan jamás.

28/02/2022