Desde hace dos semanas, Iñigo Michelena ejerce como nuevo párroco en la parroquia de Santa María del Juncal de Irun. Nacido en Villabona, llega desde Donostia para relevar a Fernando Jiménez, con quien estuvo hace un cuarto de siglo en la parroquia de Belaskoenea.
¿Qué tal están siendo estas primeras semanas en Irun?
Vamos poco a poco. Es la segunda semana ya, y conmigo ha venido José Marín, otro cura de Donostia. Nos estamos haciendo a la gente y al sitio, porque al final llegamos a un lugar en el que no conocemos nada. Por ejemplo, no sabemos dónde está el interruptor de la luz o dónde se guarda una cosa y otra. Además, cada parroquia es un mundo. Estamos tomando tierra.
¿Qué supone para usted que le hayan otorgado esta iglesia tan emblemática para todos los irundarras?
Ciertamente, es una iglesia emblemática e importante, aunque es cierto que he podido estar en otras que también lo son. Por ejemplo, mi primer destino fue Azpeitia. San Sebastián de Soreasu también es una gran iglesia. Estuve también en Bergara, en las dos parroquias de San Pedro y Santa Marina que también lo son. Y en Legazpi. Me estoy acostumbrando a estas iglesias. En este sentido, el patrimonio que tenemos en esta provincia, en esta diócesis, es impresionante. Además, tienen una historia muy larga, de siglos. Estoy con ilusión y con ganas de trabajar.
En 25 años las cosas cambian mucho, pero usted ya sabía lo que era estar en una iglesia en Irun. Estuvo en Belaskoenea en la Parroquia de Pentecostés, precisamente con el párroco saliente, Fernando Jiménez.
Efectivamente, aunque conocí una pequeña parte de Irun, solo esa parroquia. Cuando estábamos en el seminario, solía ser típico que nos mandaran a distintas parroquias para conocer un poco la vida parroquial y colaborar, pero solo el fin de semana. Hace concretamente 27 años de aquello. Antes de ordenarme, estuve dos años con Fernando, y hace 25 me despedí de Irun porque me ordenaron diácono y me destinaron a Azpeitia. Quién me iba a decir que 25 años después volvería aquí de párroco. Las cosas de la Providencia.
¿Cómo le comunicaron que vendría aquí?
Me lo comunicó el obispo a finales de junio. De hecho, me convocó el día de San Pedro, pero yo no podía. En Donostia tenemos una iglesia dedicada a San Pedro, y le dije que tenía un día complicado. Entonces me convocó el día siguiente, casualmente en San Marcial. La verdad, no me lo esperaba, porque en Donostia llevaba ya siete años y pensaba que iba a estar aún más. Pero me dijo que había pensado en mí para venir a Irun. ¡Y como somos hijos de la obediencia, pues aquí estamos!
¿Qué sintió en el primer oficio hace dos semanas?
Por una parte alegría, porque de repente te encuentras con una nueva feligresía, caras nuevas y gente a la que conocer. En cierto modo, todavía estoy, por decirlo de alguna manera, fuera de la pecera. Acostumbrarte a un nuevo lugar al principio cuesta, todo supone un tiempo de adaptación. Pero a medida que van pasando las semanas, estoy más cómodo.
¿Ha podido hablar con sus nuevos feligreses?
Sí, el mismo día que vino el obispo fue una celebración en la que pude conocer a mucha gente. A lo largo de estas semanas, también a gente que está en la parroquia como colaboradores, catequistas y personas de grupos de la parroquia. Y en la calle la gente también me saluda. Es que además somos muy visibles, y la gente te da la bienvenida. He sentido mucho cariño por parte de la gente de Irun, ha sido una muy buena acogida.
Antes hemos mencionado a Fernando Jiménez, no sé si le ha dado algunos consejos.
Sin duda. Yo le tengo mucho cariño, porque los dos años que estuve en Belaskoenea estuve muy a gusto con él. Y cuando hay un cambio, hay muchas cosas que decir. Entre ellas, algunas cosas prácticas, como dónde se guardan las llaves. Y por supuesto, las personas que se encargan de diferentes apartados. Ya le he dicho que si tengo alguna duda le seguiré llamando para preguntarle. He de decir que la gente que está en la parroquia en el día a día, las hermanas, las auxiliares o la gente que colabora en general, te van enseñando a hacerte con la nueva parroquia.
Si no me equivoco, una de sus primeras decisiones ha sido cambiar los horarios de misa en distintas parroquias.
Pero por una cuestión meramente práctica. Con la jubilación de Fernando y con el traslado de otros dos curas que estaban aquí, y viniendo solo dos, el número de sacerdotes se ha reducido. Entonces, no podíamos llegar a todas las iglesias. Por ese motivo tuvimos que hacer una pequeña reestructuración de las misas. Era lo primero que teníamos que acometer para poder atender todas las parroquias.
No sé si se puede hablar de su llegada a Irun como un relevo generacional en un sacerdocio que, me atrevería a decir, cada vez es de más avanzada edad.
Es uno de los problemas de nuestra diócesis. No solo es que haya cada vez menos sacerdotes, sino que también hay cada vez más sacerdotes mayores. Eso tiene su problema a la hora de atender las parroquias. Cada vez hay más sacerdotes a los que les toca atender más parroquias. Nos habíamos acostumbrado a que en una parroquia hubiera uno o varios sacerdotes, pero la situación ha cambiado mucho.
No sé hasta que punto puede ir en consonancia con un descenso de feligreses, y con una mayor edad de los mismos.
Puede haber un descenso de feligreses, pero hay un descenso también en la natalidad. Estos sacerdotes que ahora se están jubilando fueron hijos de su tiempo, en el sentido de que eran de familias muy numerosas. Era habitual que uno o varios hermanos y alguna hermana fueran al seminario o al convento. Y eso se nota.
En resumidas cuentas, que no es solo un cambio de paradigma, sino también cuantitativo.
Sí. Y también vivimos en un mundo cada vez más secularizado, aunque todos nosotros hemos vivido en un mundo ya en esa situación. Pero al ser la práctica religiosa menor, las vocaciones también son menos. Del mismo modo que la vocación al matrimonio cada vez es menor y las bodas también se han reducido muchísimo. Nos ha tocado vivir un cambio de época.
Supongo que lo que más se mantiene son las comuniones.
En realidad, son los funerales. Las comuniones también han bajado mucho. Hay menos práctica religiosa, porque hay menos niños. He estado hasta hace un año de capellán en un colegio, y me pidieron dar algunas clases. El gran drama de muchos de nuestros colegios es que van a tener que cerrar porque no hay alumnado. No hay niños, y si no hay niños no hay alumnos, y si no hay alumnos no hay aulas. Todavía se mantienen los funerales, pero ves las esquelas en los periódicos y cada vez hay más gente que hace la despedida en el tanatorio.
¿Es cierto que acaba de llegar, pero qué legado le gustaría dejar en el tiempo que esté aquí?
El campo pastoral de un sacerdote es muy amplio, pero creo que tenemos varios hándicap. El primero es el referente a los jóvenes, en cómo llevar el evangelio a ellos. No en masa, pero parece que hay una vuelta de cierta juventud, y también de personas de mediana edad, a la iglesia. Muchas veces, uno se da cuenta que sin Dios este mundo es muy frío, y que la gente necesita más que los meros bienes materiales. Muchas veces hemos podido pensar que el tener una casa, un coche, capacidad para comprarte lo que quieras o poder viajar nos daría la felicidad y una vida plena. Y uno se da cuenta de que no. Son cosas que a uno le hacen vivir mejor, pero al final esa felicidad nos la da Dios. El corazón de las personas está hecho para conocer a Dios. Llevar ese mensaje del Evangelio a los jóvenes es una tarea difícil, porque al mismo tiempo uno se da cuenta de que están constantemente bombardeados por muchos estímulos. Por otro lado, y lo estamos viendo en Irun al ser ciudad fronteriza, acercarnos a ese mundo emigrante que muchas veces proviene de países de tradición católica, como pueden ser las personas procedentes de Sudamérica o África. Eso también tiene su hándicap. Muchas veces vienen de lejos y, creo que también por cuestión cultural, a veces encuentran aquí un ambiente más frío, impersonal o distante. Son culturas que viven más lo social. Creo que es importante que la iglesia esté abierta a esta gente.