Actualidad

Incendios de sexta generación: cuando las llamas crean su propio clima

El incendio de Los Gallardos ha vuelto a poner el foco en los incendios de sexta generación, capaces de alterar las condiciones meteorológicas de su alrededor
Efectivos de la UME tratan de sofocar las llamas del incendio de Los Gallardos. / UME

El fuego de Los Gallardos, en Almería, no sólo ha dejado una triste cifra de fallecidos. La velocidad con la que han avanzado las llamas ha vuelto a poner el foco sobre una amenaza que preocupa cada vez más: los llamados incendios de sexta generación, fuegos tan intensos que son capaces de alterar la atmósfera que los rodea y convertir su extinción en una misión prácticamente imposible.

La Guardia Civil, con el Equipo de Grandes Catástrofes del Servicio de Criminalística, trabaja con la hipótesis de que el origen del incendio pudiera encontrarse en un cable eléctrico. La investigación avanza mientras las compañías eléctricas se desvinculan de la infraestructura señalada. Red Eléctrica asegura que la línea afectada no pertenece a su red y Endesa sostiene que tampoco forma parte de sus instalaciones de distribución. Según la información técnica disponible, el cable sería de titularidad privada y no tenía tensión en el momento de la inspección.

Pero más allá del origen del incendio, los expertos advierten de que el verdadero desafío está en la transformación que han experimentado los grandes fuegos forestales durante las últimas décadas. En su informe Paisajes cortafuegos, WWF alertaba ya del impacto de los incendios de sexta generación, cuyas muertes a escala mundial se han disparado un 276% en los últimos años.

Incendios de sexta generación y pirocúmulos

Estos megaincendios liberan tal cantidad de energía que pueden llegar a modificar las condiciones meteorológicas de su entorno y evolucionar de manera súbita e imprevisible. La enorme acumulación de combustible vegetal —árboles, matorrales o, restos— alimenta llamas capaces de generar enormes columnas convectivas que ascienden miles de metros y dan lugar a los llamados pirocúmulos, nubes de desarrollo vertical que nacen del calor del propio incendio.

A diferencia de una nube convencional, un pirocúmulo —también conocido como flammagenitus o nube de fuego— se alimenta del humo, la humedad y las partículas que ascienden desde el propio incendio. Aunque puede dejar precipitaciones, su principal peligro reside en que genera fuertes rachas de viento y cambios bruscos e imprevisibles en la dirección del fuego.

En situaciones extremas puede incluso producirse un "reventón", cuando la nube colapsa y descarga violentas corrientes descendentes que aceleran el avance de las llamas y ponen en grave riesgo tanto a los equipos de extinción como a la población.

Las organizaciones ambientales llevan tiempo advirtiendo de este escenario. Greenpeace define los incendios de sexta generación como fuegos capaces de crear "tormentas de fuego" al modificar la meteorología de su entorno. WWF, por su parte, alerta de que estos episodios se han convertido en emergencias sociales y defiende que la mejor herramienta para combatirlos no es únicamente reforzar los dispositivos de extinción, sino reducir el combustible disponible mediante una gestión activa del territorio.

El incendio en Los Gallardos visto desde el Puerto de Garrucha, en Almería. EP

Los expertos sitúan el umbral de estos incendios cuando la potencia de las llamas rebasa los 10.000 kilovatios por metro lineal, el equivalente a 5.000 radiadores encendidos en un solo metro. A partir de ese momento, la capacidad de respuesta de los medios de extinción queda seriamente comprometida. Helicópteros, hidroaviones y brigadas terrestres pueden contener algunos flancos o proteger zonas habitadas, pero extinguir directamente un incendio de estas características resulta prácticamente imposible.

La evolución del paisaje explica buena parte de este fenómeno. Durante décadas, el abandono de cultivos y explotaciones ganaderas ha permitido que la vegetación ocupe grandes extensiones de terreno. A ello se suma un clima cada vez más cálido y seco, con olas de calor más frecuentes y temporadas de riesgo más largas. Recuperar el paisaje en mosaico, favorecer la actividad agrícola y mantener los montes limpios son algunas de las medidas que los especialistas consideran imprescindibles para reducir el riesgo.

10/07/2026