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Imperios, guerras, dioses y ciencia: la increíble historia de los eclipses

Durante más de cuatro mil años, la desaparición repentina del sol fue interpretada como un mensaje divino, un mal presagio o una señal de guerra. De Babilonia a Einstein, este fenómeno llegó a influir en decisiones políticas, creencias religiosas y alguno
Los mayas se convirtieron en los grandes observadores del cielo
Los mayas se convirtieron en los grandes observadores del cielo / Carolina Muñoz

Ninguna civilización contempló un eclipse con indiferencia. Allí donde el sol o la luna desaparecían de forma inesperada surgían preguntas, miedos y explicaciones que iban desde la ira de los dioses hasta el anuncio de una guerra o la muerte de un rey. Fueron esas interpretaciones las que influyeron en decisiones políticas, rituales religiosos y acontecimientos que llegaron a cambiar el rumbo de la historia mucho antes de que la ciencia desvelara su verdadero origen.

La retirada de un ejército ateniense quedó aplazada por un eclipse lunar; Cristóbal Colón utilizó otro para evitar que su expedición muriera de hambre en Jamaica; y uno de estos fenómenos permitió confirmar siglos después la teoría de la relatividad de Albert Einstein. Entre ambos extremos se despliega un recorrido por más de cuatro mil años de historia en el que los eclipses fueron mucho más que un espectáculo celeste: se convirtieron en herramientas de poder, símbolos religiosos y motores de algunos de los episodios más fascinantes de la humanidad.

El eclipse que condenó a Atenas

Todo estaba preparado para abandonar Sicilia. Tras meses de asedio sin éxito, el ejército ateniense esperaba escapar por mar al amparo de la oscuridad y evitar una derrota que amenazaba con convertirse en una catástrofe. Sin embargo, la noche del 27 de agosto del año 413 a. C., un eclipse total de luna alteró por completo los planes del general Nicias.

La Acrópolis es una antigua ciudadela situada en lo alto de la ciudad de Atenas.

La Acrópolis es una antigua ciudadela situada en lo alto de la ciudad de Atenas. Cedida

Lejos de interpretarlo como un fenómeno natural, Nicias consultó a los adivinos, que recomendaron esperar un ciclo lunar completo antes de emprender la retirada. Aquella decisión permitió a Siracusa reorganizar sus defensas, bloquear la salida del puerto y destruir la flota ateniense. La expedición terminó con miles de soldados muertos o hechos prisioneros y con Nicias ejecutado tras la derrota.

Para muchos historiadores, aquel fracaso militar marcó el principio del declive de la hegemonía ateniense durante la Guerra del Peloponeso y se convirtió en uno de los ejemplos históricos mejor documentados de cómo la interpretación de un eclipse podía alterar el curso de la historia.

Para entender por qué un eclipse podía condicionar el destino de un ejército entero hay que viajar varios siglos atrás, hasta Mesopotamia, donde comenzó una de las observaciones astronómicas más extraordinarias de la Antigüedad.

La primera gran revolución astronómica 

Mucho antes de la derrota ateniense, los sacerdotes y astrónomos de Mesopotamia llevaban siglos observando el firmamento con una precisión extraordinaria. En Babilonia, los eclipses no eran simples curiosidades astronómicas: se registraban cuidadosamente porque se creía que podían anunciar el destino del rey y del reino. Comprenderlos significaba interpretar la voluntad de los dioses y, en ocasiones, anticiparse a decisiones que afectaban a todo un imperio.

El rey sustituto era una antigua práctica mesopotámica mediante la cual un monarca abdicaba temporalmente para evitar una muerte anunciada por un eclipse

El rey sustituto era una antigua práctica mesopotámica mediante la cual un monarca abdicaba temporalmente para evitar una muerte anunciada por un eclipse

El temor a esos presagios llegó hasta el punto de que, cuando los astrónomos interpretaban que un eclipse podía anunciar la muerte del soberano, se ponía en marcha un insólito ritual conocido como el "rey sustituto". El monarca abandonaba temporalmente el trono y su lugar era ocupado por un campesino, un prisionero o cualquier hombre de condición humilde, al que se vestía con los símbolos del poder y se trataba como si fuera el auténtico rey. Si el eclipse traía consigo el castigo anunciado por los dioses, sería él quien lo recibiría. Pasado el peligro, el verdadero soberano recuperaba el trono y el sustituto era ejecutado.

Aquellas prácticas no surgieron por casualidad. Durante generaciones, los astrónomos babilonios fueron anotando eclipses en las tablillas cuneiformes, una colección de textos que reunía presagios celestes y observaciones astronómicas. Gracias a esos registros identificaron que muchos eclipses seguían un patrón que se repetía aproximadamente cada 18 años, 11 días y ocho horas, conocido hoy como ciclo de Saros. Sin conocer todavía la causa física de estos fenómenos, habían logrado reconocer una regularidad que permitió realizar algunas de las primeras predicciones astronómicas de la historia y sentó las bases de una observación sistemática del firmamento. 

Los mayas: los grandes observadores del cielo 

Aquella forma de observar y registrar los eclipses no desapareció con las civilizaciones mesopotámicas. Miles de kilómetros al otro lado del océano, los mayas desarrollaron uno de los conocimientos astronómicos más sofisticados del mundo antiguo, hasta el punto de que un eclipse rara vez les tomaba por sorpresa. Sin embargo, conocer su llegada no hacía que dejaran de temerlo.

Para los mayas, los eclipses anunciaban momentos de enorme trascendencia en los que el equilibrio del universo podía verse amenazado y aquel desorden podía traer consigo guerras, sequías, enfermedades o la muerte. Por eso, cuando llegaba el momento anunciado por sus astrónomos, la vida cotidiana se detenía. Reyes y sacerdotes encabezaban ceremonias de autosacrificio mediante perforaciones en la lengua, las orejas o los genitales con espinas de raya y ofrecían su sangre a las divinidades mediante el fuego.

Muy distinta de la imagen simplificada que suele asociarse a esta civilización, la respuesta más habitual ante un eclipse no era el sacrificio humano, sino el sacrificio de la propia élite.

Páginas del Códice de Dresde

Páginas del Códice de Dresde UNAM

Las familias permanecían encerradas en sus casas y, en algunas comunidades, se hacían sonar tambores, caracolas y otros instrumentos para ahuyentar las fuerzas que amenazaban al sol. También existía la creencia de que contemplar directamente el eclipse podía provocar ceguera —un riesgo que hoy confirma la medicina moderna—, por lo que algunas personas preferían mirarlo reflejado en recipientes con agua.

Todo ello era posible gracias a un conocimiento acumulado durante siglos y conservado en el Códice de Dresde, uno de los cuatro manuscritos mayas prehispánicos que han llegado hasta nuestros días. Sus tablas astronómicas, estudiadas por Harvey y Victoria Bricker en Astronomy in the Maya Codices (1991), muestran que los sacerdotes-astrónomos eran capaces de identificar los periodos en los que podían producirse eclipses y preparar con antelación las ceremonias destinadas a preservar el orden del cosmos. El miedo seguía existiendo, pero ya no era un miedo ciego: estaba guiado por uno de los conocimientos astronómicos más avanzados de su tiempo.

El eclipse que salvó a Cristóbal Colón 

En 1504, Cristóbal Colón llevaba meses atrapado en Jamaica. Sus barcos estaban inservibles, la expedición apenas tenía alimentos y la relación con los indígenas, que hasta entonces les habían suministrado comida, se había deteriorado hasta el punto de negarse a seguir ayudándoles. Sin posibilidad de abandonar la isla y con sus hombres al borde de la inanición, el almirante recurrió a un recurso tan inesperado como brillante.

Colón sabía, gracias al astrónomo alemán Johannes Regiomontanus, que el 29 de febrero de 1504 iba a producirse un eclipse total de luna. Aprovechó ese conocimiento para advertir al cacique de que su Dios haría desaparecer la luna si continuaban negándoles alimentos. Cuando el satélite comenzó a oscurecerse y adquirió un tono rojizo, los indígenas, aterrorizados, accedieron a reanudar el suministro de víveres. El episodio quedó recogido por el propio Colón en su diario y ha sido analizado por historiadores y astrónomos, que coinciden en que el navegante aprovechó aquel conocimiento para convertir un fenómeno natural en una poderosa herramienta de persuasión.

Los reyes que temían al cielo

Mucho después de la desaparición de Babilonia o del esplendor de la civilización maya, los eclipses seguían interpretándose como mensajes divinos. En la Europa medieval, el cielo continuaba siendo un libro en el que muchos creían poder leer el futuro de los reinos, y pocos presagios resultaban tan inquietantes como la desaparición repentina del sol o de la luna.

Uno de los casos más conocidos fue el de Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno. En el año 840, un eclipse solar reforzó su convencimiento de que Dios había retirado su favor sobre él. Las crónicas de la época relatan que el emperador cayó en una profunda angustia y murió pocos meses después. Su desaparición precipitó la lucha entre sus herederos y acabó favoreciendo la fragmentación del Imperio Carolingio, origen de los territorios que siglos más tarde darían lugar, entre otros, a Francia y Alemania.

Cuadro de la visión de un eclipse solar por San Benedictino del siglo XVIII

Cuadro de la visión de un eclipse solar por San Benedictino del siglo XVIII Cosmas Damian Asam

Dos siglos después, otro eclipse volvió a alimentar el temor de un monarca. La Crónica Anglosajona relata que el eclipse solar del 2 de agosto de 1133 fue interpretado como un oscuro presagio durante el reinado de Enrique I de Inglaterra. Su muerte dos años más tarde y la guerra sucesoria que desencadenó reforzaron la creencia de que aquellos fenómenos anunciaban la caída de los reyes y el inicio de grandes desgracias.

Aquellas interpretaciones no surgieron de la nada. La tradición cristiana llevaba siglos asociando el oscurecimiento del cielo con los grandes momentos de la historia sagrada. Los Evangelios describen cómo, durante la crucifixión de Jesús, una oscuridad cubrió la tierra durante varias horas, un episodio que los teólogos medievales interpretaron como una manifestación del poder divino y que reforzó la idea de que los fenómenos celestes anunciaban acontecimientos extraordinarios.

En una Europa donde la Iglesia interpretaba los acontecimientos del cielo como signos con significado espiritual, eclipses, cometas y otros fenómenos celestes reforzaban sermones, advertencias y llamadas a la penitencia. El temor no nacía únicamente del eclipse, sino del significado que se le atribuía desde los púlpitos y las crónicas.

La última gran historia de los eclipses

El 29 de mayo de 1919, el astrónomo británico Arthur Eddington viajó hasta la isla africana de Príncipe para observar un eclipse total de Sol. No buscaba un presagio ni una señal divina. Durante los escasos minutos que duró la totalidad intentó fotografiar las estrellas situadas junto al borde del Sol para comprobar una predicción formulada cuatro años antes por Albert Einstein: que la gravedad era capaz de desviar la luz. 

Las imágenes obtenidas durante aquella expedición, junto a las registradas en Sobral (Brasil), confirmaron la teoría de la relatividad general y marcaron un antes y un después en la historia de la ciencia. El mismo fenómeno que durante siglos había condicionado guerras, alimentado leyendas y guiado decisiones de reyes y sacerdotes se convirtió, por primera vez, en la herramienta que permitió comprender mejor el universo.

El próximo 12 de agosto, millones de personas volverán a levantar la vista hacia el cielo para contemplar un eclipse total de Sol. Lo harán con el conocimiento que la ciencia ha acumulado durante siglos, pero con la misma fascinación que sintieron babilonios, mayas, reyes medievales o los marineros de Colón. Porque los eclipses ya no cambian el curso de la historia como antes, pero siguen teniendo la extraordinaria capacidad de recordarnos que, durante unos minutos, toda la humanidad mira en la misma dirección.

2026-07-19T13:33:28+02:00
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