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Gipuzkoa

“Hubo momentos muy duros, pero en el Edificio Emigración fuimos una verdadera familia”

EncarniGutierrez fue una de tantas trabajadoras que asistió en el Edificio Emigración a todo aquel que iba a buscarse la vida, un lugar lleno de recuerdos para ella
Encarni Gutierrez
Encarni Gutierrez / Unai Macias

Actualizado hace 5 minutos

Cuando se habla de que Irun es un territorio de acogida no se hace por casualidad. Lo es desde los años 60 y 70, cuando era una puerta de salida a Europa para que hombres y mujeres pudieran ganarse la vida. El Edificio Emigración, cuya reinauguración tras la reforma se ha realizado esta semana, fue un lugar especial. En recepción, Encarni Gutierrez les daba la bienvenida.

Usted fue trabajadora del edificio emigración. Cuénteme cómo empezó a trabajar ahí.

Cuando fueron a montar el edificio contactaron con mi padre, que fue el jefe de cocina. Y con los años entré yo a trabajar en recepción. Una compañera cogió una excedencia por baja de maternidad y entré yo allí. Curiosamente, fue un 1 de mayo, el Día del Trabajador. Emblemático.

Y estuvo hasta que cerró.

Así es. Fui la última en salir, junto a unos compañeros. Había un cocinero también que pasó a la Itsas Etxea de Hondarribia. Y luego una compañera también de administración que pasó al SEPE, igual que yo.

Era una época difícil y restrictiva, en pleno franquismo. No sé si la gente cuidaba mucho cómo les contaba su situación.

Bueno, tampoco entrábamos en intimidades. La gente venía a trabajar, venía con muchos kilómetros sobre sus espaldas y lo primero que hacían era descansar. Y al día siguiente volvían a empezar, tenían que pasar el reconocimiento médico. Eso a algunos les preocupaba un poquito más, porque se les rechazaba si tenían alguna anomalía. Si tenían un soplo del corazón o algo así se repatriaba a esa persona. Tenía que volver a su casa y la asistente social se ocupaba. Y era un trastorno para él. Estas personas iban a trabajar a Francia en campañas de fruta, remolacha y demás, a trabajar duro y con eso mantenían a la familia a lo mejor el resto del año, porque en sus pueblos de origen no tenían trabajo para todo el año. Y con la ayuda de las campañas aquí en Francia sobrevivían bien.

Me imagino que habrá habido casos de familias enteras.

Sobre todo en la vendimia. Venían hasta los aitonas, nietos y de todo, la familia al completo. La amoña a lo mejor se quedaba en el barracón preparando la comida y los demás salían al campo. Pero los pequeños a lo mejor tenían ocho años o diez, y también se iban a la vendimia, recogiendo los racimos que estaban abajo y que caían al suelo.

¿Hubo alguna historia que le impactó especialmente?

La más impactante es la de una chica que vino embarazada a la vendimia y que dio a luz en la casa del trabajador. Y estuvo trabajando en esa situación toda la vendimia. No había dicho nada en casa porque sus padres posiblemente no le hubieran dejado trabajar, y la necesidad de trabajar en aquella época era muy importante, entonces ella tuvo que mantener el tipo. Los padres se hacían cruces con cómo podía haber trabajado a ese ritmo estando a punto de parir. ¡Es que rompió según bajó del taxi para entrar en el edificio Emigración! Los trabajadores de la casa hicimos una recaudación y le regalamos una canastilla. Estuvo en la Cruz Roja ingresada, y por supuesto la fuimos a visitar. La verdad es que fuimos una familia. Mis compañeras empezaron a trabajar con 18 años, y yo fui de la segunda remesa de contratación. Detrás de mí entraron dos personas más que llamábamos la generación del 80. Y yo entré en el 79.

Muchos de los que se alojaron serían de zonas como Salamanca o Extremadura, por ejemplo.

Sí que había muchos, también de zonas como Jaén y Córdoba. Pero es que mis compañeras, que empezaron a trabajar con 18 años más o menos, también se puede decir que eran emigrantes, porque venían de Salamanca. Con esa edad te puedes imaginar, conocieron a chicos de aquí, se casaron y tuvieron familia. Pero como me pasó a mí, entré a trabajar con 20 años y lo mismo, me casé y me quedé embarazada en la época en la que estaba trabajando ahí. Por cierto, a los andaluces les extrañaba un montón vernos trabajando ahí con la tripita. “¡Pero señorita, ¿usted aquí trabajando?!” solían preguntar. Y cuando les respondía que sí me preguntaban por mi marido. “¡Pues también trabajando!” les decía.

Para ellos era un choque cultural en aquel momento.

Exacto. Luego, como chascarrillo, en aquella época echaban telenovelas por las mañanas. ¡No te puedes imaginar con qué fervor las seguían! Como ya se la iban a perder en Francia, aquí entre la comida y el reconocimiento médico no se saltaban ni un capítulo. Me parecía muy gracioso, yo solía ir con tacones, e iba de puntillas para no hacer ruido con los tacones. Era gente muy sencilla, muy buena gente.

¿Ha podido mantener contacto con algunas de las personas que pasaron por allí?

No. Sí que a algunos les recordabas de un año para otro, pero hace mucho tiempo que eso cerró también. Y no ha habido más contacto.

¿No le da un poco de pena?

Mucha pena. Te explico, nosotros en verano teníamos la casa llena todo el tiempo. ¿Qué ocurría? Que cuando en Alemania, Suiza o Bélgica o en Francia daban las vacaciones venían a España, a sus pueblos de origen, y paraban en Irún para descansar y continuar el viaje. Paraban en Irun aunque viniesen del norte de Francia. Y esos también se quedaron en la calle cuando se cerró la casa. Y te daba pena, porque a ellos les suponía una satisfacción venir, era como venir a casa, como estar en casa. Para ellos suponía escuchar su idioma, estar en su hogar. Dejaban el coche en la puerta y pasaban la noche, y por la mañana, temprano, salían, porque les quedaba todavía a quien más quien menos 600 kilómetros.

Imagino que sería un trabajo gratificante pero en algunos momentos duro emocionalmente

Sobre todo cuando se le rechazaba a alguien en el servicio médico del OMI. Veías llorar a un hombre hecho y derecho, y ahí te quedabas hundido. Es que además tenían lo justo para venir, pero que no tenían para volver a su lugar de origen. Esos momentos sí que eran muy duros. Se estaba jugando la manutención de su familia, y lo mejor en el pueblo estaba la mujer y tres hijos, o cuatro. Claro, le habían detectado algo y ya no les parecía que era apto para ir a trabajar. Era durísimo, le veías llorar a él y también a sus compañeros. Ahí se te rompía el alma.

Escuché el otro día en la reapertura del edificio que incluso iba gente que no sabía leer ni escribir, con métodos para saber en qué estación bajarse como ir tirando garbanzos cada vez que pasaba una estación. No sé qué podía suponer esa situación para ustedes y también para esos trabajadores.

El nuestro era un trabajo de paciencia. Respecto a ellos sí que te puedo decir que entre ellos se arropaban mucho. Solía ir un jefe de grupo y luego él hacía su cuadrilla, que es la que iba a trabajar. Y se arropaban entre ellos. A lo mejor en la oficina del OMI, que es donde tenían que firmar el contrato, les temblaban más las piernas. Pero en nuestra casa estaban en casa.

Supongo que habría alguna persona que empezaría el tránsito a Europa y acabaría quedándose aquí.

¡Pues salvo mis compañeras no te sabría decir! Lo que sí hubo eran unos cursos del PPO, con monitores que daban clases. En el propio edificio se hicieron clases de cocina y de camarero. Alguno de los cocineros salió a la Marina Mercante al extranjero. Y de ahí sí que volvieron y se quedaron por aquí como cocineros.

¿Se aprende a valorar la vida de otra manera trabajando ahí dentro?

Yo creo que sí. En mi caso me siento que soy una persona abierta porque siempre he estado en contacto con la gente, con un trato muy cercano. Te lo cuento como anécdota, con veinte años, a las seis de la mañana me pasaba por el pasillo con un montón de hombres que te decían de todo, pero entiéndeme, de broma y con todo el respeto del mundo, no te sentías ni mal mirada ni nada. Todo el mundo, a su manera, era muy respetuoso.

Entiendo que de vez en cuando también pasaría alguna figura de renombre.

Pues no se me ocurre ningún nombre, pero sí que venían de Madrid los políticos de turno. Y luego cuando en la oficina francesa tenían una visita de importancia pedían comer en la casa. En lugar de llevarles a unos restaurantes, que aquí los hemos tenido muy buenos, preferían comer en la casa del trabajador. Se podía dividir el comedor, había unas puertas correderas que hacían un comedor más pequeño y ahí se juntaban a comer estas personas.

Si lo trasladamos a la sociedad actual, hay gente que piensa que la gente emigra porque le apetece. Y nadie quiere generalmente huir de su hogar. Y entiendo que esto también es una cosa que se viviría en aquella época.

Es que en esta conversación estamos hablando mucho de los temporeros, pero los que estaban en Bélgica, Alemania, o Suiza, que ha hecho ahí la vida, tenían como el corazón partido. Porque ellos eran de Cáceres, y por supuesto querían volver a Cáceres, pero al hacer la vida allí, tuvieron hijos allí. Ahí sí que se les partió el corazón, eso sí que te lo contaban. “¿Cómo me voy a ir yo a Cáceres y quedarme en Cáceres, que es donde quiero estar, si tengo a mis hijos allí? No me puedo volver a casa”, te decían. Escuchar eso es muy duro.

Con muchísimas diferencias, pero se asemeja en cierto modo a la actualidad

Te puedes poner en la piel de alguien que quieras mucho y veas que tiene que salir fuera a buscarse la vida. Es lo que pasa ahora con los jóvenes, que acaban la carrera y aquí tienen unos salarios que son una birria. Pero cruzas la muga y ya tienen otros sueldos y otras consideraciones. Tengo una compañera que su hijo está en Alemania, y te puedes imaginar cómo se queda aquí la madre. Si ya cuando los hijos e hijas se van a estudiar fuera a la universidad se nos queda un poquito el alma tocada, imagínate si se van a vivir fuera. Porque siempre piensas que vas a volver, pero luego haces allí tu vida, y tienes hijos que saben algo de castellano pero no como para buscarse la vida aquí. Y los sueldos no tienen nada que ver con los de aquí. Para esa gente venir a España es impensable, y para sus padres es romperles su idea.

¿Cree que le falta un punto de solidaridad a la sociedad actual?

Un punto y coma. Nos falta empatía, no nos ponemos nunca en el lado del otro. Es muy fácil criticar y ver lo malo, pero no te haces una idea de lo que ha tenido que pasar gente que ha venido aquí a buscarse la vida. Por ejemplo, ¿muchas de estas personas que viajan en patera cuánto han tenido que luchar? Pero no solamente ellos que se están jugando la vida. Es que su familia a lo mejor se ha quedado en la ruina para ayudarle a él a poder pagar a todas esas personas que le están saqueando por el camino.

No se puede negar que esta ciudad siempre ha sido de acogida.

Te pongo un ejemplo, cuando se nos llenaba la casa no había espacio para todos, y había gente que venía muy cansada y querían dormir en una cama. Pues había gente del barrio, alrededor de la estación, que los acogían en sus casas. Y no creo que lo hiciesen gratuitamente, pero te puedo asegurar que tampoco era para lucrarse. Cobrarían algo porque todos éramos trabajadores, lo de la clase media se inventó después. Entonces a nadie le venía mal un duro, y a la persona que venía, que luego le tocaba despecharse ahí en el campo le interesaba dormir y descansar bien. Y había también pensiones que creo que estaban bastante bien de precio, aunque es verdad que la nuestra era más barata porque estaba subvencionada por el Ministerio de Emigración.

¿Qué sintió el lunes cuando vio el edificio remodelado?

Pues lo primero, además de ilusión y alegría, un agradecimiento porque han sido respetuosos al máximo con lo que era la casa y el sentir de la casa en todos los detalles: los marcos de las ventanas, las cortinas… los radiadores son modernos, pero eran de hierro de aquellos antiguos en los que nos sentábamos a ver la televisión en los radiadores. El terrazo era oscuro, pero han puesto terrazo clarito, con lo cual da más luz. El jardín también, pues era casi como estaba y tal, aunque no está la casa de nuestro perrito…

¿Tuvieron un perro cuando estaban trabajando allí?

Se llamaba King, era el rey de la casa. ¡Con él hacíamos la ronda las chicas! Entrábamos a las seis de la mañana, y teníamos tres turnos en recepción porque la casa no se cerraba. Las camareras tenían turno de mañana y de tarde, igual que los cocineros. El bar era mañana y tarde, y recepción era mañana, tarde y noche. Entonces King hacía la ronda con nosotras. A las seis de la mañana abríamos puertas, ventanas, poníamos a calentar el café y hacíamos la ronda de la casa, que estuviera todo bien. Y luego a las diez, igual. Y los compañeros a la noche, cuando se iba el último turno de cocina y camareros hacían lo mismo.

Noto que para usted no es que sea su segunda casa, es que es algo más.

Es que yo aquí he venido de niña, claro. Yo estudiaba en la Cruz Roja, y mi padre trabaja allí y entonces vivíamos en el hospitalillo, en Virgen Milagrosa. Entonces no me daba tiempo a llegar a comer, y mi padre me acercaba en un momentito con el coche y se volvía a trabajar. Entonces yo cuando salía del cole, iba a Emigración a buscar a mi padre para que me llevara a casa. Y luego, nuestros hijos, cuando estábamos trabajando de tarde nos venían a visitar. Porque a lo mejor hasta las ocho, que no arrancaba el primer tren. Y cuando empecé a trabajar imagínate qué ilusión me hizo. Es que yo tenía trabajo cuando me llamaron, acababan de abrir el Pryca y me había colocado ahí de cajera. Pero me llamaron de la Emigración, en principio solo para tres meses y me decían que en cuanto volviera la chica a la que iba a cubrir que igual no había sitio para mí, que a ver si me iba a interesar. Pero a mí no me importaba, ya me saldría otra cosa al pasar esos tres meses.

Y ahí se quedó.

43 años estuve, lo que pasa es que emigración se cerró en los 90, de ahí pasé al Ministerio de Trabajo, de ahí a Podavines, de ahí al INEM, y de ahí a Lanbide. ¡Y luego ya jubilada!

2026-04-25T14:18:47+02:00
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