Bizkaia

Gure Kabiya, 60 años de historia en Goienkale

Seis décadas de cambios, relevo generacional y recuerdos en uno de los bares más conocidos del casco viejo de Durango
La familia Bilbao al completo, el día de su despedida del Gure Kabiya el 30 de julio de 1994.
La familia Bilbao al completo, el día de su despedida del Gure Kabiya el 30 de julio de 1994. / Hermanos Bilbao

Actualizado hace 8 minutos

Sesenta años después de su apertura, el Gure Kabiya, más conocido como el Gure, sigue siendo una referencia en Goienkale no tanto por lo que es hoy, sino por todo lo que ha sido. Su historia comienza el 9 de septiembre de 1965, cuando Jesús “Charly” Bilbao y Josefi Izacelaya levantaron la persiana por primera vez, poco después de que él regresara de Boise (EEUU), donde había trabajado durante años como pastor. Con aquellos ahorros pusieron en marcha un negocio familiar en plena dictadura, un bar en el que sonaba música en euskera cuando no era lo habitual y que pronto se convirtió en punto de encuentro estable en el casco viejo de Durango.

La familia vivía prácticamente en el local. Sus hijos, Josu, Idoia y Asier, crecieron entre la cocina y el patio que conecta Goienkale con Kalebarria. “Sabíamos a qué hora iba a llegar cada cuadrilla”, recuerda Idoia, evocando un trasiego constante de vecinos, gente de pueblos cercanos y mendizales que paraban antes o después de subir a montes como Urkiola o Anboto. “Muchos dejaban sus mochilas en las baldas que había antes de subir al monte y regresaban después para el vino o el café”, añade.

Esa normalidad se vio interrumpida el 13 de mayo de 1975, cuando una bomba colocada por el Batallón Vasco Español destrozó el local. El miedo se instaló en casa, no solo por los daños materiales provocados por el atentado, que eran enormes y difíciles de asumir, sino por la incertidumbre sobre cómo reaccionaría el entorno. Sin embargo, la respuesta disipó ese temor, ya que los taberneros de Durango se reunieron para apoyarles y se planteó incluso organizar una colecta, aunque finalmente se impuso una idea más sencilla: la mejor ayuda sería seguir entrando al Gure y mantenerlo vivo. Y así ocurrió, de modo que el bar pudo reabrir y aquel respaldo del pueblo quedó marcado como uno de los momentos decisivos de su historia.

Con el paso de los años, el Gure fue tomando una personalidad propia. El pintxo de tortilla,  el de Josefi y tía Charito, terminó siendo su sello más reconocible, acompañado de las partidas de cartas y del café completo que formaban parte del día a día, así como de elementos ya desaparecidos como la famosa tabla de los pajaritos que muchos aún recuerdan en la barra antigua. En los años ochenta y noventa, con los hijos ya más implicados en la gestión, el ambiente del bar también cambió: la sinfonola en la que sonaban Pantxo eta Peio, Laboa o Lertxundi fue dejando paso al rock radical vasco, mientras una nueva generación salía a la calle y empezaban a verse con total normalidad cuadrillas de chicas entrando en los bares.

En ese recorrido, los hermanos Bilbao recuerdan otra imagen especialmente significativa: el Gure abrió el mismo año en que se celebró por primera vez la Durangoko Azoka y, con el tiempo, el bar se convirtió en un punto de paso habitual para músicos y escritores durante esos días. “A mí me hacía mucha ilusión ver a los poetas en el bar, escribiendo sus cosas”, recuerda Idoia.

Un lugar abierto

Cuando la familia Bilbao dejó el Gure el 30 de julio de 1994, después de casi 30 años, la gestión pasó a manos de la familia Gallego, que lo mantuvo hasta 2004. Para Alberto Gallego no era un escenario desconocido, ya que había nacido en el mismo edificio y su familia llevaba años vinculada al entorno. De hecho, recuerda que cuando se produjo el atentado en los setenta fue su propio padre quien avisó a Charly Bilbao de que habían puesto una bomba en el local.

La década en la que la familia Gallego gestionó el Gure coincidió con años de mucha actividad en el casco viejo, en los que el bar mantenía un flujo constante y una clientela diversa. “Nos gustaba que fuera un lugar abierto”, explica, destacando la convivencia natural de distantas generaciones y perfiles políticos en una misma barra.

Gallego rememora una tarde entre semana en la que entró un hombre en chándal a comprar tabaco y nadie le prestó especial atención hasta que su padre le preguntó si sabía quién era. “Cuando volví a mirarle bien, era Paco de Lucía. Venía a por Winston y pasó como uno más”, cuenta entre risas.

En 2005 comenzó una nueva etapa con Serafín Bereziartua, “Chela”, al frente. “Cuando empezamos a salir con 16 o 17 años, el Gure era el sitio donde quedábamos y donde íbamos a comer el pintxo de tortilla, que era súper famoso”, recuerda, situándose primero como cliente antes que como gestor. Tras una reforma integral, el bar cambió de aspecto, aunque no todo desapareció. Las pinturas originales quedaron ocultas tras el pladur y, como él mismo señala, “siguen ahí detrás”.

Vista exterior del Gure Kabiya en Goienkale.

Vista exterior del Gure Kabiya en Goienkale. Gure Kabiya

Su apuesta fue reforzar el mediodía y el poteo sin renunciar al ambiente, recuperando a Antonia en cocina y convirtiendo las rabas en uno de los grandes reclamos. “Venía gente de todo Durango a comer rabas”, recuerda. Más allá de la estrategia, Chela pone el acento en las personas que compartieron aquella etapa con él, dentro y fuera de la barra. “Tengo buenísimos recuerdos porque hice muchos amigos; a día de hoy seguimos haciendo cenas y mantengo una relación excelente con todo el mundo”, afirma, recordando también a compañeros que estuvieron con él desde el primer día.

Entre 2014 y 2016 el Gure pasó a manos de tres socios, entre ellos Iñigo Garrido, cuya lectura apunta al fondo del asunto: el cambio no está tanto en el bar como en los hábitos. “Las costumbres han cambiado. Se gasta diferente, en otras cosas”, resume, aludiendo también a la evolución de la música y de la forma de salir. En su caso, además, el vínculo con el local es familiar, ya que, como explica, “mi padre le tenía un cariño especial; desde muy joven iban a jugar a cartas allí”.

La nueva generación

Tras distintas etapas en la segunda mitad de la década pasada, el Gure inició un nuevo capítulo en junio de 2023, cuando Ander Hilera y Asier Baños asumieron el local. Ambos proceden del ámbito emprendedor y Baños destaca, casi como una curiosidad, que su aitite estuvo en la inauguración del bar hace ahora sesenta años. Cuando surgió la oportunidad decidieron apostar juntos por el proyecto. “Teníamos ganas de hacer algo en común y el Gure nos pareció una oportunidad maravillosa”, explica Baños.

Su propuesta aúna continuidad y renovación. “Hemos continuado con el poteo y hemos añadido ese toque de quedarte de fiesta hasta las dos y media o tres”, señala. La incorporación de DJs locales que “mueven a mucha gente” ha sido, a su juicio, una de las claves de esta nueva etapa.

Imagen del arranque de la nueva etapa del Gure, en 2023

Imagen del arranque de la nueva etapa del Gure, en 2023 Asier Baños

Más allá de la música, Baños define la filosofía actual del Gure como un espacio de disfrute y encuentro. “Es el sitio donde estar con tus amigos, ponerte al día en el pintxo pote y, si se alarga, echar unos bailes. Un punto de encuentro en Goienkale”, resume. También subraya la importancia de escuchar a la clientela y cuidar los detalles, convencido de que el vínculo con el público es lo que sostiene cualquier proyecto hostelero.

Aunque el Gure Kabiya sigue en marcha, el entorno ya no es el mismo que hace décadas y, como coinciden en señalar los hermanos Bilbao, el ocio en Durango se reparte ahora más por barrios. “Antes todo acababa en Goien; ahora la gente se divide más”, comenta Idoia, consciente de que el bar también ha cambiado. “Ahora del Gure quedan recuerdos”, confiesa, y señala que cada poco vuelve a escuchar alguna anécdota distinta, como si la historia del local siguiera viva más allá de sus paredes.

2026-03-01T14:23:26+01:00
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