Actualizado hace 7 minutos
En apenas cuatro años, el restaurante Errioguarda de Hernani ha conseguido hacerse un nombre en la gastronomía guipuzcoana sin recurrir a artificios ni modas pasajeras. Su receta ha sido otra: cocinar desde el territorio, trabajar mano a mano con productores locales y demostrar que la innovación puede construirse sobre los cimientos de la tradición. En un momento en el que la restauración afronta la subida de costes, la escasez de personal y una creciente estandarización de la oferta, el restaurante de Hernani reivindica un modelo basado en la cercanía y el respeto al producto y a su equipo profesional.
Los chefs Beñat San Sebastián y Santiago Vázquez nunca concibieron el éxito como una cuestión de premios o reconocimientos. Para ellos, el verdadero indicador es mucho más sencillo: que quien cruza la puerta vuelva, recomiende la experiencia y se marche satisfecho. Esa filosofía ha guiado un proyecto que ha ido creciendo de forma pausada hasta consolidar una identidad propia.
La esencia de Errioguarda nace mucho antes de que el producto llegue a la cocina. Su apuesta pasa por eliminar intermediarios y mantener un contacto directo con agricultores, ganaderos y pequeños productores de Hernani y de Euskal Herria. La proximidad no responde únicamente a un criterio geográfico, sino a una manera de entender la gastronomía.
Trabajar directamente con quien cultiva la huerta o cría el ganado permite garantizar la frescura, mantener una relación calidad-precio equilibrada y reducir el impacto ambiental que supone transportar alimentos desde miles de kilómetros. Frente a un mercado globalizado en el que muchos productos recorren media Europa antes de llegar al plato, en Errioguarda defienden que la mejor despensa sigue estando a pocos kilómetros de casa.
Conexión con el territorio
Esa conexión con el territorio también sirve para poner en valor el trabajo de pequeños agricultores y ganaderos que, en muchos casos, mantienen viva una forma de producción cada vez más difícil de sostener.
El restaurante actúa así como un escaparate para esos productos de proximidad, demostrando que apostar por ellos no solo repercute en la calidad de la cocina, sino que también contribuye a fortalecer el tejido agroalimentario local y a preservar un patrimonio gastronómico estrechamente ligado al paisaje de Euskal Herria.
Esta relación tan estrecha con los productores condiciona inevitablemente la cocina. La carta cambia al ritmo que marca la naturaleza y son las cosechas las que deciden buena parte de los platos. Si un agricultor llega una mañana con berenjenas, calabacines o maíz recién recogidos, esos ingredientes se convierten en protagonistas del menú de mercado que ofrecen entre semana, incluso los viernes a la noche.
Lejos de entender esta dependencia como una limitación, el equipo la considera el principal estímulo para seguir creando. Cada temporada obliga a replantear recetas, investigar nuevas técnicas y descubrir formas distintas de trabajar ingredientes conocidos. La creatividad surge precisamente de esa necesidad constante de adaptación.
La sorpresa
Aunque la propuesta evoluciona sin descanso, existen elaboraciones que se han convertido en la seña de identidad de la casa. La croqueta de sepia y langostino permanece en la carta desde la apertura del restaurante, al igual que su particular interpretación del txangurro, una versión que incorpora especias, cilantro, crema de queso y un crujiente de maíz nixtamalizado. Son platos que sintetizan la filosofía del proyecto: respeto por el sabor tradicional, técnica contemporánea y una presentación pensada para sorprender.
La sorpresa, de hecho, forma parte de la experiencia. En el menú degustación, que cambia aproximadamente cada tres meses, y en el menú de mercado, renovado semanalmente, el cliente conoce el producto protagonista, pero no la elaboración. Es una invitación a dejarse llevar y descubrir hasta dónde puede llegar un mismo ingrediente cuando se interpreta desde perspectivas diferentes.
El cuidado también se traslada a la sala. La selección de vinos, realizada por San Sebastián, y un servicio cercano buscan alejarse de la solemnidad que a menudo acompaña a la alta cocina. La intención es sencilla: recibir al comensal como si entrara en casa y conseguir que la experiencia resulte tan cálida como memorable.
Los chefs en la cocina.
Por otro lado, la sostenibilidad que defienden no termina en el origen de los alimentos. También alcanza a quienes hacen posible el proyecto. Frente a una hostelería tradicionalmente marcada por jornadas interminables, Errioguarda ha apostado por un modelo que favorece la conciliación. El restaurante concentra su actividad en los servicios de mediodía y solo abre las noches de los viernes, una decisión que responde tanto a la realidad de Hernani como a la voluntad de ofrecer unas condiciones laborales más saludables.
Mantener ese equilibrio constituye uno de los mayores retos del negocio. La cocina cambia prácticamente cada día, la organización exige una enorme capacidad de adaptación y el contexto económico no facilita las cosas. Sin embargo, Beñat San Sebastián y Santiago Vázquez tienen claro cuál es su objetivo: seguir trabajando con la misma ilusión que el primer día y conservar un equipo comprometido con una forma diferente de entender la restauración.
En Errioguarda no persiguen revolucionar la cocina vasca. Prefieren algo mucho más complejo: demostrar que el futuro de la gastronomía puede construirse mirando al entorno más cercano. Porque, cuando el producto habla por sí mismo y quienes lo trabajan comparten la misma filosofía, la proximidad deja de ser un simple concepto para convertirse en el principal ingrediente de cada plato.