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El instinto dice que si algo se guarda en la nevera dura más. Y eso es verdad para casi todo. Para el pan, no. La nevera es el peor sitio donde puedes guardar el pan, y meterlo ahí hace que se ponga duro y pierda sabor mucho antes de lo que lo haría fuera. Es uno de los errores más habituales de la cocina y tiene una explicación científica sencilla.
Por qué la nevera arruina el pan
El problema está en el almidón. Cuando el pan se hornea, las moléculas de almidón absorben agua y se reorganizan para darle esa textura esponjosa. Con el paso del tiempo, ese proceso se invierte: el almidón se retrae, suelta la humedad y el pan se va poniendo duro. Eso ocurre a temperatura ambiente de forma gradual. Pero el frío acelera ese proceso de forma drástica. La refrigeración hace que el almidón se cristalice mucho más rápido, lo que se traduce en un pan duro, seco y con sabor apagado en cuestión de horas.
Hay otro problema añadido. El pan absorbe con facilidad los olores de lo que tiene alrededor. Dentro de una nevera llena de queso, fiambres y sobras, el pan termina cogiendo aromas que no le corresponden y que lo hacen menos apetecible.
Dónde sí hay que guardarlo
La respuesta es a temperatura ambiente, en un lugar fresco, seco y sin luz directa. Lo que marca la diferencia es el envoltorio. Una bolsa de papel o tela es la mejor opción para el pan de corteza crujiente: permite que respire sin que se seque demasiado rápido. Una panera de madera o cerámica cumple la misma función. Lo que hay que evitar es la bolsa de plástico cerrada: el pan la absorbe la humedad que queda atrapada dentro y la corteza acaba gomosa y blanda.
El pan integral conserva el salvado y el germen del grano, lo que lo convierte en una excelente fuente de fibra.
Si el pan de molde ya está abierto y hace mucho calor, sí tiene sentido guardarlo en la nevera dentro de una bolsa bien cerrada, pero solo en ese caso. Para todo lo demás, fuera del frigorífico. Si hay pan que no se va a consumir en los próximos dos días, la mejor opción no es la nevera sino el congelador. El congelador detiene por completo el proceso de degradación del almidón, así que el pan sale prácticamente igual que como entró. Lo ideal es congelarlo en una bolsa de plástico hermética, entero o cortado en rebanadas, y descongelarlo a temperatura ambiente o directamente en el tostador. Una vez descongelado, no se puede volver a congelar.