Durante 55 minutos, LaLiga estuvo sentenciada. El Barcelona era virtualmente campeón desde el sofá de casa. Pero Vinicius desvaneció la consumación de los hechos para rescatar al Real Madrid y aplazar el alirón culé. Así, el destino, cuán caprichoso es, ha querido que el título quede en suspenso y con grandes posibilidades de decidirse en el Clásico del próximo domingo, donde el conjunto de Hansi Flick podrá coronarse con un empate en el Camp Nou, cuando restarían tres jornadas para la conclusión. El cuadro de Álvaro Arbeloa tratará de retrasar algo que parece anunciado.
Este Clásico se presenta con una fuerte carga emocional. Doblegar al gran rival obviamente siempre es una fuente de estímulos, pero en esta ocasión la realidad es bien distinta en ambos equipos. Para el Barcelona es la primera ocasión de proclamarse campeón dependiendo de sí mismo. La derrota sería interpretada como un mal menor, significaría la prolongación en la espera de un recorrido que conduce a la misma meta, la proclamación, algo que se antoja más que probable. Sería el segundo título liguero consecutivo, algo inédito desde que el propio club catalán lo consiguiera en la temporada 2018-19. Empatar o ganar sería reafirmar el posible amanecer de una época dorada en Can Barça, además de acentuar los problemas en Chamartín, donde se vive una época turbulenta.
Arbeloa, el primer gran agitador de la previa
Para el Real Madrid este duelo es el último resquicio para dar una alegría, por pequeña que sea, a su parroquia en una campaña que amaneció como el surgimiento de un nuevo e ilusionante proyecto deportivo pero que parece destinada a cerrarse sin títulos. Y ahí emerge la figura de Arbeloa, el primer gran agitador de la previa. Su destino parece sentenciado. Consciente de ello, su discurso de arropamiento al vestuario ha ido menguando. Lo suyo puede ser un morir matando. El técnico blanco no solo piensa en cómo detener al Barcelona, sino en algo más profundo: reconstruir la identidad competitiva de su equipo cuando ya todo parece perdido.
A estas alturas, agotado su crédito como relevo de Xabi Alonso, Arbeloa ha aparcado la diplomacia y su discurso suena resignado y amenazante: “Me duele cuando vemos que todos los equipos corren más que nosotros”, lanzó sin rodeos tras vencer al Espanyol, en un mensaje que dispara con fuego hacia la plantilla. Los acontecimientos han ido ofreciendo muestras de la erosión de su relación con el vestuario. La polémica por la falta de minutos de Dani Carvajal, primer capitán, y la confrontación con Dani Ceballos son ejemplos recientes de ello.
Álvaro Arbeloa abraza a Vinicius durante el partido contra el Espanyol.
Mbappé, en el punto de mira
En este contexto de tensión, Arbeloa ha establecido una comparación implícita entre Vinicius y Kylian Mbappé, las dos grandes estrellas blancas, al menos a juzgar por las cuantías económicas. Las palabras del preparador han dejado entrever una nueva grieta. El brasileño fue ensalzado tras su actuación frente al Espanyol, una cita a vida o muerte en la que anotó los dos goles del partido, con adjetivos como los de “líder ofensivo, agresivo, inteligente y valiente”. El francés, sin comparecer, fue foco de atención por su escapada a Cerdeña en plena ebullición del ambiente que gira en torno al club, lo que obligó a Arbeloa a ejercer de parapeto, aunque sin alardes de proteccionismo. Al contrario. El técnico lanzó a los suyos al paredón, y por orden de sus palabras, a Mbappé el primero.
Arbeloa defendió el derecho de Mbappé a gozar con libertad de su tiempo libre. Ya se sabe que el francés se lesionó en el partido anterior, contra el Betis, y causó baja ante el Espanyol, partido que vio desde la grada. Apuntar que llegó al estadio 12 minutos antes del comienzo del encuentro que podría resultar definitivo. Acababa de poner fin a sus breves vacaciones. “Cada jugador, con su tiempo libre, hace lo que considera oportuno y yo ahí no puedo entrar”, subrayó Arbeloa. Si bien, lo de que cada uno “considera oportuno” debe interpretarse dentro de un contexto, y quizá no coincide con lo que Arbeloa o el propio club hubiera deseado. Pero ya desde semanas atrás se viene hablando del peso específico de las estrellas del vestuario, que en ocasiones se sobreponen a los intereses del colectivo.
Cuestionado por el compromiso de Vinicius y Mbappé, es cuando estallaron las diferencias; eso sí, implícitas aunque evidentes: “No entro en comparaciones. Necesitamos de todos. Me duele cuando vemos que todos los equipos corren más que nosotros. Hoy en día, el talento por sí solo no vale. No hemos creado lo que es el Real Madrid saliendo al campo con jugadores con esmoquin, sino con los que acaban con la camiseta manchada de sudor y barro”. Y es obvio que Mbappé no fue quien se manchó esta semana en Valdebebas durante el proceso de recuperación de su lesión. Arbeloa dejó al francés expuesto al escarnio.
Este discurso coloca al Madrid en una encrucijada emocional antes del Clásico, donde no se sabe si estará Mbappé, el rostro de este equipo y sembrado de críticas. Las dudas sobre el compromiso colectivo convierten el partido en un examen de carácter. Desde luego, Arbeloa parece querer desmarcarse ante una hipotética adversidad en el Camp Nou alegando falta de implicación de un vestuario al que deja expuesto y al que da la impresión de haber abandonado.
Hansi Flick da instrucciones a Fermín.
Barcelona, un ambiente relajado
En Barcelona, mientras, el ambiente es radicalmente opuesto. La tropa de Flick goza de la ventaja psicológica de depender de sí mismo, de jugar ante su público, de poder sentenciar hundiendo a la par a su archirrival y liberado de presión ante la existencia de más oportunidades venideras. La anécdota del técnico alemán, que planeaba acudir a un espectáculo de magia que coincidía con el Espanyol-Real Madrid que podía dilucidar el título y que paradójicamente se titulaba Nada es imposible, refleja calma en contraste con la tormenta blanca.
El Clásico que puede decidir LaLiga medirá dos estados de ánimo: la convicción de un Barça que acaricia el título y la urgencia de un Madrid que busca reivindicarse desde el orgullo siendo espoleado por un entrenador que parece dispuesto a morir matando, sacrificando a sus propios soldados, con un discurso alineado con el de gran parte de la masa social y que suena a populista a estas alturas del curso, cuando el tufo de la derrota invade al club. Como quien quema sus últimas naves. A la desesperada.