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Con 76 años, ‘Fofito’ sigue siendo un torbellino de risas, magia y cariño sobre la pista. Toda una vida dedicado al entretenimiento, desde que a los once años se escapaba de casa para actuar en Estados Unidos hasta recorrer el mundo con su familia, de Canadá a Argentina, como él mismo relata. Continuador de la ilustre dinastía circense de los Aragón y miembro de Los Payasos de la Tele, ha hecho cantar y divertir a generaciones con himnos como 'Había una vez un circo', 'Susanita tiene un ratón', 'La gallina Turuleca' o 'Cómo me pica la nariz'; melodías que siguen grabadas en la memoria de quienes un día fueron niños y niñas. Para ‘Fofito’ provocar sonrisas no es solo un arte, sino un acto de amor.
‘¿Cómo están ustedes?’ es un ritual que ha hecho historia. ¿Qué se le dispara por dentro cada vez que lo lanza al público?
–Es el DNI de la familia Aragón. Nació en 1947 en La Habana, Cuba, y sigue vivo hasta hoy. Es una frase que abre puertas, arranca sonrisas… y me calma los nervios. Hasta que no la grito, no me quedo tranquilo.
¿Todavía siente ese gusanillo en el estómago al empezar?
–En cuanto oigo ‘Fofito Aragón’ me entran los nervios; no se van. Suelto el saludo y ya me relajo. Siempre me pregunto: ‘¿Haré reír?’ Ese respeto nunca se pierde.
¿Cuánto tiempo lleva repartiendo carcajadas y magia?
Me escapaba de casa con once años y hacía mi espectáculo solo en Estados Unidos. Hasta que mi padre, Fofó, me dijo: “termina los estudios y luego hablo con Gaby y Miliki y hacemos un cuarteto”. Y así fue. En 1965 debuté como payaso, con la camiseta larga, en San Juan (Puerto Rico). Desde entonces no he parado.
Forma parte de la saga que ha marcado a varias generaciones: los icónicos Payasos de la Tele. ¿Qué recuerdos de aquella etapa permanecen imborrables?
–Gaby me enseñó música y a hablar ante la gente; mi padre, Fofó, me inculcó el respeto hacia el público, a no decir tacos y a valorar a la familia (se emociona al recordarlo). Los papeles estaban muy bien repartidos: Gaby era el maestro, el que nos corregía, mi padre el dicharachero, y Miliki era el joven que enamoraba con su acordeón.
Y a ‘Fofito’ le tocaron los tartazos… ¿cuántos se ha llevado?
–Muchísimos (ríe). Nada más llegar lo tuvieron claro: “que se los lleve Fofito, el pequeño”. Me tocaban los tartazos, los cubos de agua fría, los golpes… Pero era parte del juego. Si el público se reía, todo estaba en orden.
Después de tantos años, tendrá la mochila cargada de anécdotas. ¿Alguna que le venga a la cabeza?
Hace ya unos cuantos años, en Zaragoza, mientras montábamos el circo había un chaval que no se separaba de nuestro lado, escuchando nuestras canciones con una radio. Cuando llegó la hora de actuar estaba en el palco principal, vestido igual que nosotros. Gaby empezó a reírse y, al salir a pista, no pudimos evitar unirnos a la risa. Un cariño así es maravilloso.
'Fofito' durante su espectáculo.
El circo es su compañero de vida. Con tantos cambios, ¿cómo se ha adaptado sin perder la esencia?
–Antes eran carromatos y antorchas iluminando la pista. Hoy, el circo ha aprendido de los grandes espectáculos: luces, sonido, tecnología…, y es una gozada trabajar así. Con el tiempo se ha renovado; los animales desaparecieron y han ido incorporándose otro tipo de números y de artistas.
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¿Qué siente al ver ahora a jóvenes que lo descubren por primera vez?
–A menudo vienen muchachotes de 17 a 20 años y, al terminar el espectáculo, comentan sorprendidos que pensaban que esto era solo para niños. ¡Pero que se lo han pasado genial!. Esos episodios me encantan. El circo no tiene edad y siempre consigue asombrar y divertir a todos.
¿Qué tiene de especial hacer reír a la gente?
–Reír es terapia, y hoy más que nunca. Cuando veo el telediario me entristece: guerras, injusticias, niños sufriendo… Si por unas horas consigo que alguien disfrute, ha merecido la pena.
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‘‘Viva el Circo’ visita Bergara durante dos fines de semana, hasta el 1 de marzo. ¿Cuál es su receta para seguir emocionando al espectador?
–Es un espectáculo para toda la familia, desde los peques hasta los abuelos. Hay una trapecista que, cuando alcanza lo más alto, arranca un “¡oh!” unánime del público; un malabarista italiano que dibuja números preciosos con sus sombreros; y hasta la bicicleta más pequeña del mundo, que parece imposible de montar, pero no lo es. A eso se suman equilibristas, baile, música y muchas más sorpresas. Y no cuento más; hay que ir a verlo.
¿Qué hay de cierto en el tópico de que el público vasco es más serio?
–Todo lo contrario. Yo pensaba que sería un público de aplauso final y nada de eso. Desde el primer minuto cantan y dan palmas. ¡Y se saben todas las canciones!. Los artistas extranjeros me miran fascinados y me preguntan cómo las conocen tan bien. Son años de televisión (sonríe).
Aprender algo nuevo
¿Qué le aporta trabajar con las nuevas generaciones de artistas?
Muchísimo. A veces les pido sus mazas o aros para hacer malabares, y ellos dicen: “mira al abuelo, todavía se acuerda”. Me hace reír un montón y me recuerda que siempre se puede aprender algo nuevo.
¿Qué hace los días sin función?
Me gusta pasear, descubrir los sitios más interesantes, comer en restaurantes y probar la gastronomía local. No me quedo encerrado en el circo.
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¿Cómo es ‘Fofito’ sin maquillaje?
–Soy una persona de lo más corriente. Cuando mi mujer y yo vamos al supermercado, no falta quien le diga que su marido es muy soso. "¡Pero es que no está trabajando!", les suele responder. Algunos parecen esperar que me ponga a hacer malabares con las mandarinas o a lanzar latas por el aire (bromea), pero yo me comporto con absoluta normalidad.
Identidad y alegría
¿Se siente afortunado de haber seguido su propia pasión?
–Sí, mucho. Mi padre no paraba de repetirme que estudiara para médico, abogado o arquitecto… pero que estudiara algo. Yo me empeñé en seguir la tradición familiar y hacer lo que él hacía, y así fue como acabé siendo payaso (suelta una carcajada).
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¿Y ser payaso qué significa?
–A algunos políticos les molesta que les llamen así; yo, en cambio, lo llevo con orgullo. Es mi identidad y mi alegría.
Para quien quiera dedicarse a este arte, ¿qué consejo le daría?
La música es fundamental. El payaso es un artista completo y debe saber tocar, no solo los instrumentos clásicos. Con mi hija Mónica tocaba cencerros afinados, cascabeles, concertinas… Antes se solía terminar con un pasodoble, pero hoy el público espera algo más. Cuando escucha música de verdad, siempre se queda encantado.
¿Hasta cuándo piensa seguir?
–Mis hijas quieren que me retire, pero no. ¡Mientras tenga fuerzas, seguiré al pie del cañón! No pienso colgar las botas todavía.