Cuando todavía no se había cerrado el capítulo que el Mundial de 2026 representa para la historia del fútbol, la FIFA admitió que ya estaba barajando introducir nuevos cambios para la Copa del Mundo de 2030 que acogerán de manera conjunta España, Portugal y Marruecos. Sin margen para el análisis de lo sucedido en Estados Unidos, México y Canadá, el máximo organismo ya debía de estar satisfecho con lo que estaba aconteciendo. Gianni Infantino confirmó que la ampliación hasta las 64 selecciones forma parte del debate interno. Las palabras encerraban una conclusión: el torneo de Norteamérica no ha sido un experimento puntual, sino probablemente el comienzo de una nueva era que pretende seguir expandiendo el negocio y cambiando el mapa del fútbol. La cuestión es hasta dónde puede seguir creciendo sin llegar a perder su esencia.
La idea de la FIFA es la consecuencia de un Mundial que no es un producto terminado, es un ente alterable, como lo ha sido a largo de su historia. Aunque durante casi treinta años, desde Francia 1998 hasta Catar 2022, el campeonato vivió instalado en una estabilidad casi absoluta, con 32 selecciones, 64 partidos y un formato que parecía intocable. La edición de 2026 ha roto esa dinámica. No solo porque ha congregado a 48 equipos o porque haya necesitado 104 encuentros para decidir un campeón, sino porque además ha alterado la manera de entender la mayor competición del fútbol.
España ejercerá de anfitriona y vigente campeona en 2030.
Un cambio a nivel geográfico
El Mundial de 2026 ha supuesto un cambio evidente a nivel geográfico. A lo largo de la historia, la Copa del Mundo ha sido entendida como una competición reservada a la élite, cerrada. Cierto que ocasionalmente aparecían nombres nuevos, pero el peso competitivo seguía concentrado en Europa y Sudamérica. La ampliación de participantes ha ampliado el centro de gravedad. Debutaron Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán. África tuvo nueve representantes en las eliminatorias, una cifra sin precedentes, mientras que selecciones como Cabo Verde, Egipto, Congo o Sudáfrica encontraron un espacio competitivo que antes parecía reservado a otros. Canadá, impulsada por el factor del localismo, también rebasó una frontera histórica.
Ejemplos de la competitividad vivida
Otra consecuencia de este nuevo modelo que parece dispuesto a ir a más es la competición en sí misma. Antes de que comenzara el torneo existía el temor de que el aumento de participantes redujera el nivel y multiplicara los partidos intrascendentes. Cierto es que España, Argentina, Inglaterra y Francia ejercieron como semifinalistas, pero por otra parte la sensación imperante que ha dejado el Mundial es que las selecciones con menor tradición han competido con dignidad, lejos de ser esos equipos de los que se esperaba que encajaran grandes goleadas. Por ejemplo, el único equipo que impidió una victoria de la selección que a la postre quedó campeona fue Cabo Verde (0-0). Otro caso es el empate entre Congo y Portugal (1-1). Ambos resultados proyectan el nuevo panorama.
En cuanto goleadas, las mayores fueron las de Alemania sobre Curazao (7-1) y Canadá ante Catar (6-0), resultados que no se pueden encuadrar entre las más grandes de la historia de los Mundiales, que son el 10-1 que Hungría logró ante El Salvador en 1982, el 9-0 de Hungría sobre Corea del Sur en 1954, el 9-0 de Yugoslavia a Zaire en 1974 y el 8-0 de Alemania a Arabia Saudí de 2002. Las distancias parecen haberse estrechado. Equipos considerados secundarios dejaron de acudir al Mundial para sobrevivir tres partidos y regresar a casa. El fútbol modesto se ha revalorizado.
Otro ejemplo de que el aumento de selecciones y partidos no ha rebajado el listón puede ser que, pese a que este Mundial ha batido el récord de goles totales (308), nadie ha logrado superar el récord histórico de goles en una misma edición, que sigue siendo de Just Fontaine, con 13 en 1958, y la cifra se ha quedado en los 10 de Kylian Mbappé. A nivel de selecciones, el récord de 27 de goles de la Hungría de 1954 permanece vigente mientras Francia e Inglaterra solo han alcanzado los 20.
Kylian Mbappé, ganador de la Bota de Oro como máximo goleador del Mundial.
Nueva realidad económica
Pero este cambio no solo se trata de resultados deportivos. Acceder a un Mundial implica una gestión económica: supone ingresos, inversiones en infraestructuras, patrocinadores y, quizás lo más relevante, un impulso para el desarrollo del fútbol base. Es decir, cada nueva plaza redistribuye recursos hacia países que hasta ahora apenas podían aspirar a participar. Por lo tanto, el mapa del fútbol ya no depende solo de los países tradicionales.
Y es que por supuesto, existe otra lectura sobre la idea de la FIFA de llevar a cabo una nueva ampliación: el negocio. Los números de este Mundial hablan por sí solos: ingresos superiores a los 13.000 millones de euros que son casi el doble de los registrados en Catar 2022, mientras que la asistencia pulverizó todos los precedentes con 6,8 millones de espectadores repartidos entre los dieciséis estadios que han acogido la competición.
En este sentido, más selecciones significa más partidos, y más partidos implican más derechos audiovisuales, más patrocinadores, más ciudades involucradas y una presencia comercial mucho más extensa. Desde la perspectiva económica, la lógica invita a un crecimiento continuo. Sería maximizar el negocio, como ha sucedido en 2026 con el precedente de las pausas de hidratación convertidas en fuentes de ingresos adicionales o el espectáculo en el descanso de la final. Pero, ¿hasta dónde puede crecer sin perder su esencia?
El presidente de LaLiga, Javier Tebas, ha ofrecido su opinión sobre el proceder de la FIFA en una entrevista concedida a La Gazzetta dello Sport. “Estamos gobernados por una institución que hace y decide lo que quiere, cuando quiere, persiguiendo únicamente sus propios intereses sin tener en cuenta –y mucho menos consultar– al resto del fútbol. Y en muchos casos, sus acciones perjudican al fútbol”, ha considerado, mostrando fisuras entre gobernantes.
Tensiones por el calendario
Por otro lado, esta expansión ha generado tensiones. Los 104 encuentros obligaron a prolongar la competición durante 39 días y las consecuencias se pudieron ver antes de comenzar LaLiga. El campeonato doméstico tuvo que retrasar algunos partidos de la jornada inaugural para poder respetar el periodo mínimo de descanso de los jugadores internacionales. El calendario vuelve a ser un escenario de batalla entre los diferentes organismos.
No es un debate nuevo, ya que Fifpro, el mayor sindicato de futbolistas, lleva tiempo alertando de la saturación del calendario. El propio Rodri, ganador del Balón de Oro, sentenció el pasado abril: “O paramos o no llego a los 32”. La posible ampliación a 64 selecciones podría elevar la tensión entre jugadores y patronal.
La política como argumento para seguir ampliando el Mundial
Otra causa de la ampliación del número de participantes puede ser política. La FIFA alberga a 211 federaciones y cada plaza adicional eleva las posibilidades de clasificación de países que apenas tenían opciones de acudir a un Mundial. África, Asia y Oceanía son las grandes beneficiadas, y a la vez representan el mayor porcentaje de votos.
La modificación del formato ha alterado el reparto económico, ha modificado los calendarios, ha acelerado el crecimiento de nuevos mercados y ha redistribuido el poder entre los continentes. La propuesta de un Mundial con 64 selecciones parece el siguiente paso de un proceso que ya está sobre la mesa de debate. La FIFA justificó esta idea de cara a 2030 afirmando que podría tratarse de algo excepcional con motivo del 100 aniversario de la Copa del Mundo. Pero si el negocio funciona, podría llegar para quedarse. Aunque en paralelo quedará por resolver si el torneo puede seguir creciendo sin dejar de ser la competición que convirtió al fútbol en un fenómeno universal.