Actualizado hace 8 minutos
Publicar fotos o vídeos familiares en las redes sociales se ha convertido en una práctica habitual para millones de padres en todo el mundo. Sin embargo, compartir de forma pública fragmentos de la vida de los menores de edad abre la puerta a una modalidad de fraude financiero que avanza de manera silenciosa y cuyos efectos destructivos tardan años en manifestarse. Los especialistas en ciberseguridad advierten de que las redes criminales están logrando una rentabilidad mayor al explotar la información de los niños en comparación con la de los adultos, aprovechando la vulnerabilidad de unos expedientes que nadie se encarga de monitorizar.
El proceso de recolección de información
El fraude comienza con una fase de rastreo en plataformas donde los propios familiares facilitan los primeros datos básicos del menor al subir fotografías de sus celebraciones, mencionar sus nombres o desvelar la escuela a la que van. Después, las organizaciones criminales complementan este perfil acudiendo al mercado negro de internet, donde adquieren bases de datos filtradas procedentes de brechas de seguridad reales que han sufrido centros escolares, consultas de pediatría o clínicas médicas privadas. Al acceder a estos registros institucionales, los atacantes consiguen el número de Documento Nacional de Identidad o de la seguridad social del menor de edad.
El fraude se consolida mediante una técnica avanzada denominada creación de identidad sintética. En lugar de suplantar a una persona real por completo, los ciberdelincuentes fusionan el número de identificación auténtico del niño con datos totalmente inventados, como direcciones de residencia falsas, números de teléfono prepago y correos electrónicos creados para la estafa. Al hacer esta mezcla, el sistema financiero detecta un número de identificación válido pero sin ningún historial previo, lo que permite a los delincuentes dar de alta cuentas bancarias falsas y solicitar préstamos de concesión rápida que se aprueban de forma casi automática sin levantar sospechas.
La invisibilidad del fraude
La gravedad de este ataque está en que el delito permanece completamente oculto durante años debido a la falta de mecanismos de control específicos para los menores. Mientras que un adulto detecta una suplantación de forma rápida al revisar sus extractos bancarios, recibir reclamaciones de impagos o consultar los ficheros de morosidad antes de contratar una hipoteca, nadie hace este tipo de auditorías financieras sobre los datos de un niño. Los bancos y las agencias asumen que los datos pertenecen a un solicitante legítimo, acumulando impagos y deudas de forma silenciosa sobre el historial del menor.
El impacto se produce cuando la víctima alcanza la mayoría de edad. Al acudir a una entidad bancaria para solicitar el primer crédito de estudios, intentar financiar un vehículo o alquilar una vivienda, el joven descubre que figura en los registros de morosos con deudas acumuladas desde hace tiempo. Demostrar ante los tribunales que esos movimientos se realizaron mediante una identidad sintética cuando el afectado era un niño es un proceso legal muy complejo, caro y burocrático que puede tardar años en resolverse.
Un niño pequeño entra por la puerta hacia el interior de las instalaciones de una guardería