Se presenta en la redacción ataviada con uno de sus inconfundibles sombreros y una sonrisa tatuada en el rostro. Regina Rodríguez Sirvent (Puigcerdà, 1983) transmite vitalidad y alegría; la urgencia por vivir de quien ha conocido tanto el fracaso más amargo como el éxito más dulce. Convertida en una de las escritoras más sólidas del panorama editorial, presenta su segunda novela, Palomitas de madrugada (Suma, 2026), en la que continúa la historia de Rita Racons, un personaje nacido de su propia experiencia que ya ha cautivado a más de 100.000 lectores.
Regresa a Rita, la joven que sueña con escribir una novela mientras encadena trabajos precarios. ¿De dónde surge este personaje?
Rita es cien por cien autoficción. De hecho, nació como mi alter ego cuando vivía en Atlanta. Allí empecé a escribir correos electrónicos sobre todo lo que me ocurría. Sentía esa necesidad. De repente, esos mails empezaron a viralizarse, cuando ni siquiera existía esa palabra. Aquello despertó en mí las ganas de expresarme, de escribir y de recrearme en las palabras. Además, me di cuenta de que había gente al otro lado, que tenía una audiencia. Esa fue la primera semilla.
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¿Y cuándo germina esa semilla?
Cuando volví a Barcelona, estudié guion de cine y escritura creativa, pero pensaba que mi voz no tenía peso de novela. Entonces, creía que para escribir una novela como Dios manda tenías que ser un Premio Nobel multiplicado por Cervantes.
¿Se sentía una impostora?
No exactamente. Siempre he tenido mucha seguridad, pero estaba muy desubicada a nivel vital y, por extensión, también en lo artístico y lo literario. Rita nace de esa necesidad vital y del camino que he recorrido hasta llegar aquí, encadenando trabajos que me alejaban de lo que realmente quería hacer. Pero incluso cuando entré a organizar historiales en un hospital seguía alimentando la web. Al final, todos mis trabajos acababan llevándome a las palabras.
¿Escribía robándole horas al tiempo y al descanso?
Y también a la ansiedad. Me veía como una manguera desbocada que había que conectar a algún sitio, aunque no supiera a cuál. Era una lucha constante contra un muro, contra una frontera, contra la sensación de llegar siempre tarde.
La novela aborda, además, el desconcierto de una generación que creció con la sensación de que todo era posible y que, sin embargo, se ha topado con una realidad más hostil. ¿Se puede leer como una historia generacional?
No creo que sea una novela generacional, aunque Rita sí pertenece a una generación que, como en mi caso, fue a Estados Unidos a estudiar inglés, tiene una carrera y un máster…, y se encuentra con una crisis de dimensiones colosales. Creo que es una novela que habla del camino de los soñadores. Es interesante cómo los millennials se definieron a partir de sus sueños, aunque creo que hay soñadores en todas las generaciones.
¿Y a qué tipo de lectores le gustaría interpelar?
Recuerdo que me preguntaban constantemente cuál era mi target y yo siempre respondía que creía que esta novela no tenía uno. Me insistían en que siempre existe un público objetivo, pero yo no lo veía así. Basta con acercarse a una de mis firmas: hay desde un bisabuelo con su bisnieta hasta lectores de todas las edades. No hay un perfil único.
¿En serio?
Creo que tanto esta novela como la anterior entran en una casa y acaban pasando por todas las mesillas de noche, porque hablan de problemas, inquietudes y sueños que, al final, son universales.
Fue la escritora más vendida tanto en castellano como en catalán en el último Sant Jordi. ¿Cómo recibió esa noticia?
Todavía me cuesta resumir cómo me siento respecto a esto. Ahora mismo, lloraría. Yo he soñado muchas cosas y me han pasado otras, muy malas. El éxito de Las bragas al sol me pilló en la UCI con mi bebé recién nacido. Entonces la vida hace estallar mi sueño justo cuando estoy en la UCI, en la oscuridad más profunda. Pero yo no dejo de ilusionarme. Aunque tampoco tiene mucho mérito, porque así soy.
Increíble.
Ahora que mencionas Sant Jordi, he recordado una historia bárbara con Zafón. Leí a Zafón cuando tenía veinte años y pensé: “Ojalá algún día sea capaz de escribir algo que conmueva a alguien, aunque sea un 10% de lo que este hombre acaba de conmoverme a mí”.
¿Siente que es escritora gracias a Carlos Ruiz Zafón?
No, pero aquel momento se me quedó grabado porque esta historia habla precisamente de los sueños, de las casualidades y de creer. Hace algunos años, me echaron de un trabajo. Al día siguiente, era Sant Jordi y salí a pasear por Barcelona. Vi una cola larguísima, de unas tres horas, y al final estaba Zafón firmando libros. Pensé: “Si alguien merece una cola así, es este hombre”. Me compré La sombra del viento por vigésima tercera vez y me acerqué a contarle mi historia. Le dije que quería escribir, pero que no me salía, que no encontraba mi voz y que acababan de despedirme. La conversación fue muy breve, pero él me respondió: “Yo creo que un día vas a estar al otro lado de la mesa, firmando libros”. Yo le contesté: “No tienes ni idea de mi vida. Estás loco”.
Pero no lo estaba...
Trece años después, tras todo el camino que cuento en Palomitas de madrugada, explotó Las bragas al sol. En una semana ya llevaba cuatro ediciones y me llamaron para ir a Madrid porque aquello se había convertido en un fenómeno. Entre entrevista y entrevista salí un momento a la Gran Vía y me quedé sola frente al escaparate de una librería. En el escaparate más grande de la ciudad solo había dos libros: La sombra del viento y Las bragas al sol.
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Una novela que está siendo adaptada al audiovisual. ¿Cómo está viviendo ese proceso? ¿Qué puede contarnos al respecto?
Creo que ha sucedido de manera natural. Una de las razones por las que la gente se engancha es porque mis novelas son bastante audiovisuales. Solo puedo decir que es una coproducción hispanoestadounidense y que la apuesta es muy grande, pero aún estamos en una fase incipiente.
Por último, ¿en qué momento creativo se encuentra ahora mismo? ¿Trabaja ya una tercera novela?
Hay una escena que llevo muchísimo tiempo queriendo escribir y todo apunta a que será el primer capítulo de mi tercera novela. Sí, ya está ahí.