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Desde hace unas semanas, pasar por la calle Fermín Calbetón de Irun es sinónimo de aroma a comida casera, a cocina hecha con cariño, y a que el hambre aparezca de forma inmediata, un problema de rápida solución previo paso por el número 6 de la mencionada vía. Un escaparate con una decena de bandejas de comida tras el ventanal llama la atención, aunque cada día que pasa se mimetiza más en el tejido comercial del entorno. Bajo el nombre de Sutegi, de lunes a sábado, se ofrece una solución gastronómica a los ritmos de vida actuales, cada vez más acelerados.
Los alma mater de este proyecto son el irundarra Diego Susperregi y el cocinero catalán Marc Gassó, que descubrió la localidad gracias a “varios amigos surferos que estudiaban en Barcelona, y nos conocimos en la playa”. Terminó afincándose en Irun después de recorrer Europa pasando por distintos fogones y de haber trabajado como comercial de Loreak Mendian.
"Siempre hemos dado valor a la comida local"
Entre fogones, explican qué les ha llevado a poner en marcha este proyecto, con una concepción sencilla: ofrecer comida de calidad. A principios de año, “empezamos a plasmar esta idea, porque nos sentimos de aquí y siempre hemos dado valor a la comida local”, cuenta Diego. Como en casa, pero sin tener que atarse uno mismo el delantal.
Una pregunta ronda la cabeza desde el desconocimiento: ¿por qué un local de comida para llevar y no otro establecimiento más habitual como un bar? La respuesta de Diego es clara: “Porque restaurantes hay en cualquier esquina”. Más allá de eso, suman un punto de análisis del ritmo de vida actual. “Juan Roig, el dueño de Mercadona, ha dicho que de aquí a 20 o 25 años las casas se van a construir sin cocina; la evolución es que cada vez la gente cocinamos menos en casa y salimos más”, argumenta Diego.
Ante esto, han decidido plantear la solución con este proyecto: “Si no quieres salir, y no quieres cocinar, damos la alternativa de venir y de llevarte una comida rica, hecha en casa”, comenta Diego. Dónde comerla ya es decisión de cada uno; por si acaso, ofrecen cubiertos desechables. De momento, lo que no tienen es microondas, “porque no somos muy amigos de él”, dice Marc. Pero posiblemente en un futuro tendrán que sucumbir para la gente que quiera degustar sus platos en la calle. El horno, por el momento, hace esa función.
Otro de los objetivos es formar parte del tejido social de la zona, erigiéndose como un establecimiento para los vecinos y trabajadores del entorno, con un trato cercano, porque “seguimos pensando que aún es posible, incluso hoy en día, hacer comercio de barrio”.
Variedad de platos
Respecto a los platos, otorgan una importancia mayúscula al producto de temporada y a una cocina sostenible, intentando “mayormente conseguir un producto de kilómetro cero”. Por ello, durante los meses estivales han ofrecido “sopas o cremas frías, como el salmorejo”, apunta Marc.
Para los meses de otoño, han adaptado la oferta a otras elaboraciones en las que predominan “los guisos, los hongos, el atún o el marmitako”, por citar varios ejemplos. Todo ello lejos de productos “procesados o semiprocesados; es todo muy saludable, comida hecha en casa”, sentencia. Cada día elaboran “entre unos 12 y 15 platos diferentes”. Es cierto que el mercado y la temporada mandan, pero hay elaboraciones intocables, “unos cuantos platos bandera que tenemos casi siempre”. Entre ellas destacan “la ensaladilla rusa, las vainas, las carrilleras o las albóndigas”. Respecto a los precios, Gassó indica que el menú oscila entre los 12 y los 16 euros, incluyendo el primer y el segundo plato, “con carne y con todo”.
Buena acogida del entorno
Tras dos meses de trabajo, Diego celebra la “buena acogida” que ha tenido Sutegi en el vecindario. Pero la mayor sorpresa se la ha llevado Marc. “Yo al principio no pensaba que vendría tanta gente mayor por el tipo de comida que hacíamos”, confiesa. Han descubierto que “hay mucha gente que está sola en casa, que no quiere cocinar cada día, y no vamos a descubrir ahora lo caro que está hacer la compra hoy en día”.
Por el momento, la clientela está siendo fiel, y eso significa que la oferta está gustando: “Hay gente de aquí, del barrio de toda la vida, que repite un montón”, asegura Marc; algunos incluso “vienen tres veces por semana”. Esto, evidentemente, le da “mucha tranquilidad”, porque es la prueba de que sus recetas convencen.
En definitiva, Sutegi ha llegado a Irun para demostrar que la falta de tiempo no tiene por qué estar reñida con el buen comer. Con los pies en el suelo, con calma y mirando al futuro, con el objetivo siempre de mantener la esencia. El proyecto, como en los fogones: con mimo y a fuego lento.