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Gloria Totoricagüena Egurrola nació en Boise, Idaho, sin embargo, siempre ha tenido clara su identidad vasca, lo que le ha llevado a ser un referente indiscutible en el estudio de la diáspora. Doctorada en Ciencias Políticas y muy crítica con la situación actual de EEUU, acaba de hacer historia al recibir el Premio Manuel Lekuona 2025 de Eusko Ikaskuntza en Gernika-Lumo, la localidad natal de su padre y de su madre. Y es que es la primera vez que este prestigioso galardón premia una obra centrada en la Euskadi exterior y, también, la primera vez que recae en alguien que reside fuera de los siete territorios.
Con motivo de este reconocimiento, que ha contado con un rotundo respaldo del voto popular, conversamos con esta "hija de Gernika", como se refiere así misma que, desde la distancia física pero con absoluta cercanía emocional, defiende la identidad vasca sin ambages: ya sea en las aulas de las universidades americanas o frente al mismísimo Capitolio de Idaho.
El Premio Manuel Lekuona reconoce a personalidades cuya obra deja una huella imborrable en la cultura vasca. ¿Qué significa para usted, este galardón a nivel personal y profesional, siendo alguien que ha estudiado la cultura vasca precisamente desde la distancia?
Mi primera reacción fue, y sigue siendo, pensar que cualquier logro que haya alcanzado ha sido posible gracias al respaldo de mi madre, mi padre y mis hermanos y hermanas. Ellos conocen bien que la trayectoria de sacrificio, sufrimiento y emigración de Mari Carmen Egurrola y Teodoro Totoricagüena ha marcado mi camino y me ha llevado a querer honrar y dar sentido a las decisiones que tomaron. Ser hija de Gernika-Lumo es algo muy especial; esa herencia incluye tanto el trauma como los triunfos personales.
Este reconocimiento pertenece también a las miles de personas que han participado en mis investigaciones, cursos, conferencias y proyectos durante más de cuatro décadas en Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Paraguay, Brasil, Estados Unidos, Canadá, Australia, Filipinas, la India, Armenia, Bélgica, Reino Unido, Francia, España y, por supuesto, todos los territorios vascos. Asimismo, quiero reconocer a los otros tres finalistas: Aurelia Arkotxa, Iñaki Gaminde y Jean-Claude Larronde. Son expertos extraordinarios que han abierto puertas para las generaciones venideras y han creado ventanas para conectar nuestro pueblo con el resto del mundo. Y, por supuesto, me honra y me gratifica que, por primera vez, Eusko Ikaskuntza premie a una persona que no vive en uno de los siete territorios geográficos.
Soy del “mundo vasco”, de esa “Euskadi Globala” que es un espacio tanto intelectual como emocional que refuerza el sentimiento de ser vasca. Que el voto popular haya elegido esta candidatura y este tema da un peso enorme a la valoración de la diáspora.
Discurso de agradecimiento tras recibir el Premio Manuel Lekuona
Recientemente la hemos visto también en primera línea defendiendo la presencia legal de la ikurriña en los edificios oficiales de Idaho. ¿Imaginó alguna vez que se cuestionaría un símbolo tan arraigado en la historia de ese Estado?. ¿Cómo vivió, desde lo emocional y lo político, ese pulso institucional?
Todo partió de una propuesta de ley por parte de un representante del Partido Republicano, enmarcada en un paquete de iniciativas de las llamadas "guerras culturales". Su objetivo inicial era prohibir la bandera multicolor del colectivo LGTBIQ+, en todas las estructuras públicas de Idaho: escuelas, carreteras, parques o puentes. Esto afectaba especialmente a la capital, Boise, donde los concejales y la alcaldesa habían votado para convertirla en una de las banderas oficiales de la ciudad. Desde la más absoluta ignorancia, este representante decidió que la mejor fórmula para lograrlo era prohibir todas las banderas de cualquier tipo en las estructuras públicas, salvando únicamente la estadounidense y las militares. Cuando en la Comisión de la legislatura le preguntaron específicamente por la ikurriña, su respuesta fue un discurso desatinado que quedó registrado en el registro oficial: llegó a decir que la ikurriña estaba prohibida en España y Francia, y que era una bandera de terroristas. Como hija de Gernika-Lumo, me pareció intolerable. Llamé de inmediato al presidente de la Comisión para apuntarme y testificar al día siguiente, dispuesta a corregir el registro oficial ante los legisladores y el público. Una bandera, al final, es un pedazo de tela; pero es una tela cargada de simbolismo e identidad. El problema surge cuando se intenta imponer una identidad eliminando otra. Tras varias versiones del texto, logramos que se modificara la ley para permitir las banderas oficiales de otros países o estados, y dado que la ikurriña es oficial en el Estado, siempre se podrá alzar en cualquier lugar de Idaho.
Aun así, para mí no es suficiente, porque yo defiendo que cualquier institución pública pueda alzar la enseña que desee, sea multicolor, unicolor, transparente o de flores. Como nota de color, la mañana siguiente a que el Gobernador firmara la prohibición, el Ayuntamiento de Boise amaneció con todas las astas de sus farolas envueltas en plástico multicolor. ¡Brillante nuestra Alkatea!. Cuando los medios preguntaron al representante republicano si prohibirá las astas multicolores el próximo año, respondió que no.
Desde Europa, la percepción de la polarización política en Estados Unidos y la gestión de la administración actual suele ser muy crítica. Como analista y ciudadana estadounidense, ¿cómo se vive realmente el día a día de esta etapa política en el interior del país?
En mi familia lo vivimos con mucha dificultad y preocupación. Mi madre es superviviente del bombardeo de Gernika y de la dictadura posterior, y mi difunto padre escapó de la Guerra Civil para emigrar a Idaho; ambos conocen muy bien, intelectual y emocionalmente, lo que significa la polarización política. Para mi madre, leer las noticias actuales de EE.UU. le evoca inevitablemente al régimen de Franco en los años cincuenta. Durante los últimos 40 años hemos visto cómo el dinero en las campañas electorales ha secuestrado la agenda política y determinado quiénes pueden ser candidatos. Con ello se ha logrado un enfoque desmedido en temas religiosos y las llamadas políticas de identidad (Identity politics), derivando en agendas antifeministas —como el ataque al derecho de autodeterminación del propio cuerpo y al aborto— y antiinmigrantes.
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Lo que quiero que se sepa en Euskadi es que no nos quedamos de brazos cruzados. Protestamos a diario frente a las oficinas de los republicanos que promueven la política de Donald Trump; nos movilizamos en redes sociales, conferencias, testimonios públicos en comisiones legislativas e iglesias. Personalmente, cada vez que coincido con alguien en una fiesta o en el supermercado, le pregunto si está registrado para votar. Si me dicen que no, saco de mi bolso una copia de la hoja de inscripción y se la entrego en mano.
Ya que habla de su madre, quien por cierto participó en el entrega del premio Manuel Lekuona a través de Zoom, usted ha visibilizado el rol de las mujeres en las Euskal Etxeak y en la transmisión de la cultura. ¿Ha sido la mujer el motor invisible que ha mantenido viva la identidad vasca en el exterior?
En las cerca de doscientas Euskal Etxeak registradas oficialmente ante el Gobierno Vasco, las mujeres siempre han tenido un papel significativo de enorme impacto. Desde las irakasleak de Caracas hasta las socias fundadoras en North Queensland (Australia), las mujeres han empuñado martillos, sartenes, han criado a los hijos y, al mismo tiempo, han tomado los micrófonos y los bolígrafos para firmar decisiones trascendentales. No diría que hayan sido invisibles, pero sí que hasta hace apenas veinte años no se les había otorgado el reconocimiento público que merecían sus tareas. En la mayoría de mis investigaciones intergeneracionales, se constata que ha sido la mujer vasca quien ha mantenido cohesionadas las comunicaciones entre la "madre tierra" y la familia emigrante.
Mi propia madre encarna a la perfección esa esencia: Mari Carmen ha escrito cartas, enviado fotos y, hoy en día, realiza llamadas por Zoom y WhatsApp a todos nuestros familiares durante sus siete décadas de idas y vueltas entre Gernika y Boise. Los sobres de Por Avión, con sus bordes azules y rojos, han sido comprados por mujeres vascas en todos los rincones de la diáspora. Mi madre, y como ella muchas mujeres, trabajaba en Boise para ganar un dinero que no iba destinado a cambiar las butacas de casa, sino a comprar el billete de regreso a Euskadi para abrazar a sus padres, hermanos y amigas. Ella misma se encargaba de que los periódicos que le enviaba la familia Egurrola estuvieran en la barra de la Euskal Etxea para que toda la comunidad se actualizara sobre la política y la cultura en la España de Franco y, más tarde, durante la Transición. De Gernika, la revista Aldaba nunca faltó en nuestro hogar ni en el centro vasco. Ocurre lo mismo en Argentina, Chile, Uruguay o Australia. Al haber sido las grandes comunicadoras, resultan ser también las auténticas historiadoras de nuestro pueblo. Esas cartas constituyen el verdadero archivo de la diáspora vasca.
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Su cordón umbilical con Gernika y Euskadi sigue muy vivo. ¿Cómo ve la evolución de la Euskadi actual desde su perspectiva de observadora exterior? ¿Qué es lo que más le sorprende positivamente y qué le preocupa cuando regresa?
Me sorprende muy positivamente la limpieza de las ciudades y pueblos vascos. Aunque crece la población, el turismo y la inmigración, la sostenibilidad, la baja contaminación y la gestión de la recogida de residuos municipales son un éxito rotundo que siempre comento fuera. Ya sea en una ciudad grande o en municipios como Gernika-Lumo, Gasteiz, Eibar, Tolosa o Pamplona, es una delicia ver el cuidado de los jardines, los nuevos árboles y las aceras limpias. Noto con admiración las flores en los balcones. Este mes estuve una semana en Madrid y me llamó la atención la ausencia de flores en las fachadas después de ver tanta belleza en las casas vascas. Algunos pensarán que es una tontería, pero el cuidado del hogar y del jardín —o del balcón— es el reflejo de una característica cultural de estima por el entorno compartido.
Por otro lado, la reducción de las desigualdades y los esfuerzos de inclusión sociolaboral en Euskadi me resultan admirables, sobre todo viendo cómo en Estados Unidos estos indicadores van a peor. Por el contrario, me preocupan las pintadas en las paredes de los edificios y los cierres de los negocios, el conocido como tagging. Más allá de los mensajes que transmitan, me duele esa falta de orgullo y de respeto hacia los bienes públicos. Es una demostración de egoísmo, del triunfo del "yo" sobre el "nosotros" y "lo nuestro".
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Para terminar, Gloria... Usted que vive a caballo entre ambas realidades y entiende sus luces y sus sombras: ¿Qué debería aprender la Euskadi actual de la sociedad estadounidense, y qué valor o fortaleza de la cultura vasca le urge aprender a los Estados Unidos de hoy?
En los territorios vascos existe una magnífica sinergia entre las instituciones educativas, el mundo empresarial y el sector público. Ese triángulo de colaboración es lo que le falta a la mayoría de los proyectos en los Estados Unidos; allá se podrían aplicar muy bien las buenas prácticas vascas de concertación social. Por su parte, Estados Unidos, que es geográficamente más grande que toda la Unión Europea y alberga a residentes de cientos de religiones, idiomas e identidades étnicas, debería aprender urgentemente de la ética y la moralidad vasca de cuidarse mutuamente, de no dejar a nadie atrás. Necesitamos retomar el enfoque del bienestar común y erradicar una desigualdad extrema donde los altos ejecutivos ganan mil veces más que sus empleados. El individualismo estadounidense ha creado brechas culturales y políticas devastadoras.
EE.UU. debería aprender y aplicar los valores de la democracia social que se viven en Euskadi. En cada entorno en el que participo, doy mi particular sermón: hay que construir una mesa más grande, no un muro más excluyente. Y en Euskadi se debería aprender y aceptar que se vive extraordinariamente bien. Muchas veces hay que salir de casa para poder ser testigo de ello. En Euskadi escucho quejas sobre Osakidetza y los detalles del servicio de sanidad pública. En EE.UU. casi no existe la sanidad pública, y enfermarse es la razón número uno de la quiebra financiera de familias enteras. En la CAV y en Nafarroa no es necesario pasar la vida ahorrando por miedo a caer enfermo, ni existe el estrés extremo por financiar la educación de los hijos.
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También hay una infraestructura excelente y una educación pública de alto nivel, con carreteras buenísimas y un transporte público seguro, barato y eficaz. Por otro lado, creo que Euskadi debería recuperar el espíritu del auzolan, el trabajo comunitario que en EE.UU. está muy arraigado para arreglar el jardín del vecino, limpiar la nieve o pintar la casa de un anciano sin recursos. Me gustaría verlo más en Euskadi como se hacía antes.
Pero, sobre todo, ambas sociedades deben aceptar que la ultraderecha seguirá avanzando si no se interviene con una educación continua, directa y ejemplar. Ahora que la sociedad estadounidense se encamina hacia el autoritarismo en tiempo real, con un porcentaje de voto muy bajo en los Estados, la ciudadanía vasca debería ser consciente de lo fácil que es votar y de lo peligroso que es abstenerse. Es un error inmenso pensar que nunca más sufriremos lo que se padeció durante el franquismo. Hay que intervenir de inmediato ante los discursos antifeministas y violentos, reforzando los valores de igualdad en los medios y, sobre todo, en el comportamiento cotidiano de los padres y madres de hoy.