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Por encima de la técnica, incluso de la imagen, hay una intuición: la de saber esperar a que la persona se olvide de la cámara y la luz sea la justa. Natxo Santos lleva décadas haciendo precisamente eso en Oñati: observar, escuchar y disparar en el instante en que todo encaja.
Su trayectoria se inició, como tantas historias, casi por casualidad. No fue la fotografía la que primero llamó a su puerta. “Yo empecé con vídeo”, recuerda. Corría finales de los años 80, cuando se compró “la mejor Sony que había para amateur” y comenzó a grabar. Le gustaba, pero había algo que no terminaba de cuadrar.
“Me di cuenta de que no era exactamente lo que buscaba”, explica. Lo suyo no era el movimiento, sino justo lo contrario: la quietud que invita a detenerse y mirar dos veces. “Quería imágenes con contenido, que sugirieran algo y llevaran a la reflexión”, señala este fotógrafo oñatiarra. Ahí el arte fue ganando peso a golpe de 'clic'. Primero como tanteo, luego como lenguaje propio. Y lo hizo, como no podía ser de otro modo, en analógico. “Me costó cambiar a la digital”, admite. En el carrete había algo único: el error y el misterio. “Salían 24 fotos y 20 eran malas, pero ibas aprendiendo así”, dice entre risas.
El aprendizaje tuvo también un componente físico, casi ritual: madrugones, frío y silencio. “Me acuerdo de cuando empecé a fotografiar amaneceres”, cuenta. Aquellos primeros intentos por atrapar luces y colores imposibles supusieron una auténtica revelación. “Ahí pensé: esto es lo mío”, rememora. Y así, a las cuatro de la mañana, emprendía camino hacia Belar o cualquier rincón cercano de Oñati, cámara en mano, con la intención de fijar en una imagen ese instante irrepetible.
De la afición a ser una actividad profesional
Con el tiempo, la fotografía dejó de ser solo una afición. Aunque su día a día ha seguido ligado a la industria -trabajo en Ulma Construcción-, la cámara pasó a ser una necesidad. “Era una vía de escape”, comenta. Durante años no salía sin ella: quizá no siempre hacía fotos, pero quería estar preparado por si aparecía el momento. En casa, además, lo tenían asumido. “Vamos los tres”, le decía su mujer.
El estudio llegó después, casi como una evolución natural. Al principio todo sucedía en su propio hogar: desmontar el salón, montar el 'set' y volver a recogerlo todo. “Era un jaleo”, reconoce. Hasta que decidió dar el salto. Lleva más de una década en su sede actual, en el bajo del número 7 de Olakua, un laboratorio creativo y punto de encuentro a la vez.
La mirada colectiva de un pueblo, preservada en cada imagen.
El Chester: seña de identidad
A lo largo de estos años, uno de los rasgos más reconocibles de su trabajo ha sido el Chester, el sofá que convirtió en escenario para retratar a vecinos y vecinas. La idea nació de una necesidad práctica: “Tenía que tener una referencia de algún sitio”, detalla. Aquel mueble aportaba un punto de anclaje reconocible, casi escénico, pero sin artificio. Por él han pasado hasta la fecha entre 2.500 y 3.000 personas, una cifra que impresiona tanto como la diversidad de rostros y trayectorias que reúne. “No todos de Oñati, pero sí gente vinculada al pueblo”, matiza.
Contacto con la gente
Su mirada, sin embargo, nunca se ha quedado dentro. Siempre ha estado fuera, en la calle, en ese ir y venir constante donde las personas se muestran sin guion. “Lo que más valoro es el contacto con la gente”, apunta. Prefiere las escenas que surgen sin avisar a los retratos impostados, cuando la naturalidad se impone.
Personas que han posado ante la cámara de Santos.
Ese mismo enfoque es ahora su marca personal. Hace del aire libre su espacio, guiado por la intuición. Mira, detecta, elige. “Normalmente ya sabes a quién le vas a hacer la foto”, asegura. A veces el acercamiento es directo, casi espontáneo; otras, requiere unos minutos de conversación que rompen la distancia y abren el encuadre. Por delante de su objetivo han pasado infinidad de personas: de forma individual, en familia, entre amigos y mayores, a las que dedica especial atención. Muchas de ellas pueden contemplarse en su perfil de Instagram, convertido en un álbum vivo de su recorrido a pie de asfalto, mientras otras permanecen fuera de ese escaparate digital, en un archivo más íntimo, igual de valioso, donde también se construye su memoria fotográfica.
Ese sello particular convive con su actividad profesional: comuniones, fotos de estudio, bodas, encargos de distinto tipo... Pero detrás de todo ello hay un origen que se remonta a mucho tiempo atrás, a las visitas de Natxo, siendo niño, al fotógrafo oñatiarra 'Patxitxo', y a aquellas instantáneas que se llevaba a casa casi como pequeños tesoros. Quizá ahí arrancó todo. Desde entonces, su relación con la fotografía conserva intacto su sentido: una forma de acercarse a la gente, de detenerse en lo cotidiano y de encontrar en cada persona algo que merece ser guardado.