Vida y estilo

Daniel Grao, actor: “Soy adicto al trabajo, a crear personajes”

Cerca de cumplir los 50, Daniel Grao interpreta en ‘A la deriva' (Antena 3 / Atresplayer) a Héctor, un marinero que vuelve a casa tras dos años desaparecido. Su regreso enfrenta al personaje con una vida que ha seguido adelante y con sus propios demonios
El actor Daniel Grao. / Romero Luque

Daniel Grao (Sabadell, 1976) reconoce en esta entrevista que acumula más cautela en lo personal y mayor solidez en su profesión. Repasamos su nuevo trabajo, su evolución en la profesión y los papeles que recuerda con cariño.

Poniéndonos en el lugar de Héctor, su personaje en A la deriva, ¿qué duele más: haber perdido esos dos años o comprobar que ya no ocupa el lugar que tenía antes?

Creo que la gran crisis de Héctor a su vuelta es darse cuenta de que las cosas no están como las dejó. Esos dos años le han servido para hacer un examen de conciencia. Se ha encontrado con compañeros llorando por sus familias, sus vidas han corrido peligro, han estado a punto de morir y muchos lo han hecho. De hecho, lo dice en alguna secuencia: “He visto cómo grandes marineros lloraban como niños por no ver a sus familias. Eso me ha hecho pensar que yo no siempre he cuidado a la mía”. Él vuelve con ese examen de conciencia hecho, dispuesto a hacer las cosas de otra manera y a intentar corregirse. Pero el contexto al que llega no es el mismo que dejó, y eso se lo va a poner complicado. Igual ya es tarde.

Usted mismo define a Héctor como “una mala bestia”, aunque también ha dicho que realmente cree que lo vivido durante esos dos años lo ha cambiado. ¿Hasta qué punto hay una transformación sincera en él?

Esa fue una de las conversaciones que más mantuve con dirección: si lo enfocábamos como una táctica y, en realidad, él no había cambiado un ápice, o si ese viaje, esa tormenta y esa desgracia le habían servido para mirarse al espejo. Y así lo enfocamos. Nos pareció interesante que tuviera una intención sincera de hacer las cosas bien. Pero es verdad que, cuando los problemas están tan arraigados en la psique de alguien, haría falta mucha terapia y, aun así, no sé si sería posible cambiar tanto. Yo lo he enfocado y trabajado así, como una lucha sincera contra sus propios demonios. Hay una ira que a veces lo posee y que va a intentar domar. Va a intentar hacer las cosas mejor, pero no siempre lo va a conseguir.

La serie está ambientada en los años 70, con una forma de entender el matrimonio y la familia muy diferente a la actual. ¿Cómo se construye un personaje así sin juzgarlo?

De base, intento no juzgar a los personajes, sino comprender qué los lleva a comportarse así para hacer ese recorrido interno de la forma más fiel posible. Luego hay mucho que ya está en el guion. Me vienen a la cabeza frases que el personaje de Adelfa Calvo, que interpreta a mi madre, le dice a ella: “Si no te trata bien, algo estarás haciendo” o “Lo tendrás descuidado”. Son ideas muy generacionales que entonces estaban normalizadas. Supongo que todavía lo están en algunas familias, aunque socialmente nos parezcan un escándalo. Ese contexto ya está en el propio material.

Ha comentado no hace mucho que, al llegar a los 50, sigue teniendo inseguridades e incluso menos certezas que antes. ¿La experiencia le da seguridad o simplemente consigue que aprenda a convivir mejor con sus inseguridades?

Me refiero sobre todo a la vida. Cuando eres chaval crees que de adulto sabrás cómo funciona todo y lo tendrás más claro. Sin embargo, me acerco a los 50 y cada vez soy menos vehemente al juzgar una situación o posicionarme. Socialmente se nos empuja a opinar de inmediato, cuando a veces nos falta información o ponernos en la piel de ambos lados. Soy cada vez más cauto y puedo decir: “Todavía no tengo una opinión formada”. En la profesión, en cambio, el tiempo te da mayor comodidad y solidez. Con cada personaje sigue apareciendo esa sensación de empezar de nuevo, pero creo que es bueno. Esas mariposas en el estómago, ese nerviosismo ante el salto que vas a dar, hacen que el trabajo siga estimulándote.

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Ha trabajado en la ficción sonora Umbra Dei y ha contado que mucha gente llega a reconocerle antes por la voz que por su cara. ¿Ha descubierto cosas nuevas al interpretar cuando le quitan la mirada, el gesto y el cuerpo?

Lo de la voz es muy curioso. A menudo me miran y dudan de si me conocen, pero, en cuanto me oyen, me reconocen y me ubican en algún trabajo. Ahora vamos a hacer la segunda parte de Umbra Dei, porque ha funcionado muy bien. 

¿Hay algún personaje que para el público haya sido simplemente un trabajo más, pero que a usted le haya cambiado especialmente?

A veces hay personajes muy aplaudidos que te han resultado más sencillos, mientras que otros, cuya dificultad tú conoces, pasan sin pena ni gloria. En audiovisual, estoy bastante orgulloso de mi trabajo en El año de la furia, una película pequeña que se vio muy poco. También le tengo mucho cariño a Rapún, mi personaje en La piedra oscura, de Alberto Conejero. Funcionó muy bien, aunque el teatro tiene una difusión menor. Tenía que emocionarme varias veces durante la función y muchos compañeros me preguntaban cómo lo conseguía cada noche. Para mí era muy sencillo: solo tenía que hacer ese viaje y decir las palabras de Conejero. Era una experiencia catártica, muy emocional, todas las noches.

¿Qué le da más vértigo: que deje de sonar el teléfono o que suene pero para personajes que ya no le apetecen? 

Que suene el teléfono para lo que sea, luego ya buscaremos la manera. No me gusta repetirme y a veces te ofrecen una película, algo que no pasa todos los días, pero el personaje o la historia no te convencen. Esa sensación no es agradable, aunque peor es que el teléfono no suene. Soy adicto al trabajo, a estar en movimiento y a crear personajes. Me guste más o menos la historia, prefiero estar trabajando que en mi casa. 

17/10/2026