Actualizado hace 7 minutos
El calabacín es uno de los grandes protagonistas de cualquier cocina gracias a su ligereza y su tremenda versatilidad en los menús cotidianos. Sin embargo, tal y como nos recuerdan los expertos, esta hortaliza cuenta con una piel extremadamente fina y un porcentaje de agua en su interior que ronda el noventa y cinco por ciento. Por eso, es un ingrediente muy vulnerable al deterioro. Si se deja olvidado en la encimera o se guarda de forma incorrecta, el calabacín se pone mustio, blando y acumula una humedad que hace que salga moho en pocos días. Aprender a controlar su conservación nos permite alargar su vida útil de forma espectacular.
La regla de oro
Cuando traes calabacines frescos y enteros del mercado, el peor error que puedes cometer es meterlos directamente bajo el grifo. El agua es el enemigo número uno de su piel. Lo correcto es usar un paño seco para retirar cualquier resto de polvo o tierra y guardarlos directamente en el frigorífico. El lugar ideal dentro del aparato es el cajón inferior destinado a las verduras, preferiblemente utilizando una almohadilla protectora especial que absorba la condensación del ambiente.
El cultivo del calabacín supera las 7.500 hectáreas en la provincia, lo que consolida a Almería como la reina indiscutible del mercado de exportación invernal de esta hortaliza.
Además, debes prestar atención a lo que se encuentra en el cajón. El calabacín es muy sensible al gas etileno, una hormona que liberan de forma natural frutas como los plátanos, las manzanas, las peras o los tomates. Si almacenas los calabacines en contacto directo con estos alimentos, el gas acelerará su maduración y su descomposición. Manteniéndolos aislados, secos y enteros en la zona fría, lograremos que los calabacines resistan en perfecto estado entre una y dos semanas.
Cortado o cocinado
Muchas veces solo necesitamos media pieza para una receta y guardamos el resto para el día siguiente. En el caso del calabacín cortado, debes saber que el tamaño del corte influye directamente en su caducidad: cuanto mayor sea el trozo, menos agua se libera y más lenta es su degradación. Si guardas rodajas o bastones, el truco está en secarlos con papel de cocina absorbente y colocarlos en un táper hermético. Este recipiente debe mantenerse cerrado en la nevera y consumirse en un plazo máximo de tres días, evitando abrirlo y cerrarlo de forma continua para que no entre aire.
Si lo que te ha sobrado es un plato de calabacín ya cocinado, debes dejar que se enfríe por completo a temperatura ambiente antes de meterlo en el frigorífico para evitar que el vapor genere gotas de agua en la tapa del recipiente. Las cremas, pistos, salsas o guisos que no contengan patata toleran perfectamente la congelación, lo que te permite conservar estas elaboraciones durante meses. En cambio, si vas a dejarlos en la nevera para la semana, asegúrate de consumirlos en un margen de tres o cuatro días.
Cómo congelarlo y envasarlo
Meterlos crudos al congelador no es una opción buena, ya que al descongelarse se convierten en una masa aguada y desagradable. El blanqueado previo es la clave. Corta el calabacín en rodajas gruesas o cubos, mételos a una olla con agua hirviendo por tres minutos y, seguido, pásalos a un recipiente con agua y cubitos de hielo para cortar la cocción. Este choque inactiva las enzimas que destruyen el vegetal. Después, sécalos, colócalos en bolsas de vacío o recipientes herméticos y mételos al congelador, donde aguantarán intactos hasta un año.
Tres recetas sencillas y rápidas con calabacín
Una opción refrescante para los días de calor es una crema fría de calabacín y menta que se elabora rehogando en una cazuela una cebolla picada y dos calabacines grandes troceados con su piel. Tras cubrir las verduras con caldo de ave o vegetal y dejarlas cocer durante quince minutos, añade un puñado de hojas de menta fresca y dos quesitos en porciones para aportar cremosidad, triturando todo de forma corrida hasta obtener una crema que debes dejar enfriar en la nevera antes de servir.