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Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se encaminan a un duelo definitivo por la presidencia de Brasil el próximo 25 de octubre. A falta de completarse el escrutinio, las proyecciones y sondeos apuntan a que ninguno de los candidatos logrará los votos necesarios para evitar la segunda vuelta y acceder de forma directa al Palacio del Planalto.
Los comicios, a los que estaban llamados a participar unos 158,7 millones de votantes -2 millones más que en 2022-, se desarrollaron en un escenario de extrema polarización. Y es que los modelos planteados por el líder del Partido de los Trabajadores y el del ultraderechista Partido Liberal son completamente opuestos.
En una jornada que transcurrió prácticamente sin incidentes, ambos candidatos coincidieron en que el futuro de Brasil está en juego. Lula votó en la escuela estatal João Firmino Correia de Araújo, escuela de la periferia de São Paulo, entre las arengas de una multitud de seguidores que esperaban desde temprano la llegada del presidente en funciones. Vestido con una camisa blanca y el característico sombrero Panamá que empezó a usar tras una cirugía en junio para tratar un cáncer de piel, llegó acompañado de su esposa, Rosângela 'Janja' Lula da Silva.
El veterano candidato del Partido de los Trabajadores advirtió que los brasileños debían elegir entre "fortalecer el régimen democrático o la barbarie". "Lo que está en juego es la definición de un proyecto de Brasil. El pueblo va a tener que elegir entre fortalecer el régimen democrático o la barbarie, entre desarrollo o atraso", señaló el que se ha convertido en la última esperanza de la izquierda frente a la ultraderechización de América Latina. "Son 500 años de atraso. No se resuelven 500 años en 10, 15 o 20 años. Necesitamos mucho tiempo para arreglar este país", añadió.
Flávio Bolsonaro, por su parte, votó en su bastión de Río de Janeiro, concretamente en la Escuela Municipal Barao Homem de Mello de Vila Isabel, acompañado de su esposa, Fernanda Bolsonaro, y bajo un fuerte dispositivo de seguridad. El hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de cárcel por intento de golpe de Estado, aseguró estar "preparado para liderar el país". Alertó de que Brasil "no aguanta otros cuatro años" con Lula en la presidencia y la única alternativa es él. Además, se comprometió respetar la libertad de prensa en caso de alcanzar el cargo de presidente. "Siempre valoraré la libertad de todos para expresarse como mejor les parezca. Podrán criticar al Gobierno cuanto quieran", afirmó.
Modelos antagónicos
Lula y Bolsonaro plantean dos visiones de país absolutamente antagónicas. El primero abandera un modelo de desarrollo basado en una fuerte presencia estatal, un sistema tributario de corte más progresivo y el fortalecimiento del mercado interno mediante subidas del salario mínimo. Su propuesta pivota sobre el refuerzo de programas sociales de alto impacto histórico como Bolsa Familia —un subsidio de ayuda directa creado en su primer mandato en 2003— o la iniciativa habitacional Minha Casa. En el plano internacional, Lula defiende de forma persistente un enfoque multilateralista en los foros globales.
En las antípodas se sitúa Flávio Bolsonaro, quien recoge el legado político de su padre. Este modelo se fundamenta en políticas de recortes del gasto, desregularizaciones económicas, bajadas de impuestos y la explotación de recursos naturales a gran escala. A nivel social y de seguridad, su programa aboga por el endurecimiento de las penas de cárcel y la restauración de los valores tradicionales. Esta corriente está fuertemente influenciada por los movimientos evangélicos neopentecostales, cuyo auge continental desde la década de 1960 comenzó en gran medida como una respuesta promovida desde Estados Unidos para contrarrestar la teología de la liberación católica.
La polarización también se traslada a la fe de los candidatos: Lula es católico confeso, mientras que Flávio es evangélico neopentecostal, un factor que define de manera nítida el comportamiento de sus respectivos electorados. La tensión religiosa escaló en la recta final de la campaña debido a la desinformación sobre una supuesta iniciativa de hace dos décadas atribuida a Flávio para retirar el estatus legal de la virgen de Aparecida como patrona de Brasil. El revuelo obligó a intervenir a los tribunales tras un choque de criterios entre el juez conservador del TSE, André Mendonça, y el magistrado progresista del Supremo, Flávio Dino. Finalmente, la justicia electoral no solo ordenó retirar dicha desinformación, sino que suspendió fondos de campaña destinados a ataques religiosos y prohibió a los líderes de los templos usar los púlpitos con fines electorales.