Actualizado hace 8 minutos
No proyecta la imagen tópica del escritor encerrado en una buhardilla. Benjamín Prado, más bien, parece una estrella de rock. No se quita las gafas de sol en los veinte minutos que dura la entrevista. Antes de empezar, ultima por teléfono con su amigo, el también escritor Galder Reguera, una comida con Iribar. Después, la conversación se adentra sin preámbulos en Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026), unas memorias atravesadas por la noticia que cambió el rumbo de su vida: el diagnóstico de párkinson.
¿Cuántas veces se ha preguntado en su vida qué estaba haciendo aquí o allá? Leyendo su libro, da la impresión de que sus memorias están atravesadas por una constante sensación de desconcierto.
-Las suficientes como para darme cuenta de que no merece la pena hacer nada que no te suscite la misma pregunta. Si sabes lo que estás haciendo allí, es que ya lo has hecho antes. Por lo tanto, menos divertido, menos arriesgado; va a tener, sobre todo, menos sorpresa, menos rincones. El día que no me lo pregunte, digo: “Esto no lo hago”. Le he dado la vuelta, ahora solo quiero hacer cosas que me hagan pensar lo raro que es lo que estoy haciendo. Tengo los suficientes años para tener un poco de prisa.
Desde que hizo público el diagnóstico de párkinson, todo el mundo le hace la misma pregunta. Permítame seguir con ella: ¿Qué tal se encuentra?
-De momento muy bien. Un poco asustado, porque soy un gallina integral, y cuando vas al médico y pronuncia la palabra incurable no es sencillo salir de la consulta con la misma cara con la que entraste.
El escritor y poeta Benjamín Prado en Bilbao.
¿Es esta nueva realidad lo que le impulsó a poner su vida por escrito, como en una carrera contra el tiempo?
-Llega un momento en el que ya no es que tengas buenos recuerdos -o muchos, que es lo que alimenta unas buenas memorias-, sino que empiezas a tener algunos olvidos: se te empiezan a pasar algunas cosas; empiezan a desaparecer otras… Y te das cuenta de que es mejor que lo hagas ya, porque después quizá no vas a poder. Eso sí ha estado ahí. Había un ahora o nunca.
No le quedaba otra.
-Y si no hay opciones, no hay dudas.
Por el libro desfilan personajes como Rafael Alberti, Sabina o Almudena Grandes, a quienes pudo llamar amigos.
-Es una suerte puramente biológica: estaba viva la Generación del 27; estaba en plena eclosión la escena latinoamericana; los de la Generación del 50 frescos como lechugas… Eso, hoy en día, es imposible. El trabajo más fácil de este país era ser miembro del jurado del Premio Cervantes: a Alberti o a Borges; a Alberti o a Gerardo Diego. Haber podido conocer a los personajes a los que admiras desde el ángulo de la persona es una maravilla. Yo nunca he dejado de admirar a Alberti ni se me ha olvidado quién era Ana González; pero, al mismo tiempo, eran personas a las que cuidabas de manera casi familiar.
En ese sentido, ¿eran casi como su familia elegida?
-La mejor familia de todas. De hecho, lo que he aprendido con la gente más grande es que son personas muy normales, cercanas y muy accesibles; personas muy humanas. Ángeles finalmente humanos, como diría Blas de Otero. Porque el poeta ya lo sabe todo el mundo. Que Ángel González es un gran poeta lo sabes tú exactamente igual que yo; ahí no te saco ninguna ventaja. Donde sí puedo hacerlo es en haberlo tratado de cerca, casi como a un padre. Ahí descubrí de dónde nace todo eso. Y suele nacer de la bondad, de la comprensión y de la ausencia de soberbia.
Habla mucho de Almudena Grandes, a la que conoció cuando publicó Malena es un nombre de tango. En un principio, le pareció un ladrillo.
-Me habían dicho que aquella novela iba a ser la gran apuesta editorial de la temporada. Cuando la vi pensé: “Joder, vaya ladrillo”, porque era enorme. Estaba en un congreso de poesía, creo que en Sitges, cuando alguien me dio un toque en la espalda y me dijo: “Con que un ladrillo, ¿eh?”. Era Almudena. Me pareció tan guapa, tan simpática y tan poco indulgente consigo misma que nos hicimos íntimos amigos en ese mismo instante. Bueno, ella se hizo todavía más íntima de Luis García Montero y me la quitó. Pero no siempre se puede ganar.
En esa época trabajaba como periodista en el ya extinto Diario 16, a las órdenes de Pedro J. Describe redacciones casi artesanales, donde los periódicos se dibujaban con escuadra y cartabón. ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido en el camino?
-Creo que hemos perdido casi todo. Cuando yo empecé en Diario 16, el departamento de Fotografía tenía veinte personas y el de Diseño, doce o catorce. Negociabas cada página: “Súbeme la foto, bájame este texto, ponme un sumario”. Había un trabajo muy artesanal. Ahora casi todo se construye sobre plantillas y eso deja menos espacio para la creatividad. Hemos perdido ese romanticismo y, en general, hemos perdido los periódicos tal y como los conocíamos.
Continúe…
-Lo digital ha arrasado con los medios de comunicación, con la música, con el cine y con la televisión. Sin embargo, ha sido incapaz de hacer lo mismo con la literatura. Las ventas de libros digitales siguen siendo muy inferiores a las del papel. Quizá sea porque los libros no solo se leen: también se huelen, se tocan, forman parte del paisaje de una casa y nos gusta que un autor nos los dedique. Y, claro, que te firme la carcasa de una tablet no es lo mismo.
Usted no sólo ha sido periodista. Su carrera ha transitado por los caminos de la poesía, la novela, el ensayo e incluso la composición musical. Ha escrito junto a Joaquín Sabina y Amaia Montero...
-Siempre he escrito con música y porque mis poemas tuvieran una gotita de rock and roll. Un día, Joaquín me llamó a su casa. Yo había escrito un poema: Viajero que abandona esta ciudad del norte, basado en Don’t think twice, it’s all right, de Bob Dylan, que a su vez es una albada medieval. Le gustó. Me llamó un día y me dijo: “Oye, pásate, que te quiero enseñar una cosa”. Fui y, allí, en la cocina de su casa, con su guitarra, me cantó esa maravilla que es Cuando aprieta el frío. Me encantó ver el poema convertido en canción. En realidad, ya era un poema muy cancionable, casi una canción por sí mismo, pero verlo musicado me fascinó.
¿Qué diría que le ha aportado la música que no le haya dado todo lo demás?
-He aprendido a escribir a cuatro manos y también a renunciar a ciertas cosas. Cuando escribes con otra persona, el otro opina y hay cosas que no le gustan, igual que a ti no te gustan algunas de las suyas. Hay que conseguir que el resultado sea una tercera obra, que no sea ni lo que tú harías solo ni lo que haría el otro por su cuenta, sino la suma de los dos. Eso es muy bonito. Y, además, te baja un poco los humos.