Actualizado hace 8 minutos
Se encaminó el Giro –con la memoria reciente haciéndose eco de la gesta de Igor Arrieta, y el futuro próximo tamborileando los dedos esperando las fauces del temible Blockhaus, donde se espera el despegue de Vingegaard– hacia Nápoles.
Allí desembarcó el esprint, la lucha de los velocistas, el ring de los conductores suicidas que rayan con la locura. Temerarios que ruedan como si la vida se les escapara en cada pulgada.
En realidad, en el esprint la vida transcurre a alta velocidad, entre la adrenalina, el frenesí y los nervios. Se concentraron todos esos factores sobre el suelo viejo y adoquinado de Nápoles.
Sobre ese piso irregular, añejo, gastado, agrietado y resbaladizo, chispeaba el cielo, se deslizaron los velocistas como en una pista de patinaje sobre hielo. Patinaron en una curva.
La caída atrapó a Groenewegen, Milan, Aular, entre otros, y descompensó a Paul Magnier, el mejor velocista del Giro, solo derrotado por el infortunio.
De esa trampa, del derrape, salieron indemnes Davide Ballerini y Jasper Stuyven. La victoria fue un juego de espejos entre ambos. El italiano, convencido y consistente en el traqueteo, resistió sobre el empedrado el empuje de Stuyven, que tuvo que claudicar ante Ballerini, sin poros.
Se descorchó el italiano en el Giro por primera vez. Por eso se agarró la cabeza. Emocionado. Dichoso. Lo hizo, además, con la postal de fondo del mar, que le llevó hasta la orilla de la victoria.
Tierra conquistada. Le meció en la felicidad. Ballerini tendrá un póster sensacional para recordar Nápoles. Oh, sole mio!!!
"Estaba esperando ganar una etapa en el Giro, pero hoy no estaba en los planes. Estaba intentando hacer lo máximo por el equipo. He visto la caída, he salido de la curva y me han dicho que siguiera hacia delante. Hasta la meta hemos abierto ese espacio y estoy muy contento", radiografió el italiano. Feliz.
Del día disfrutó Afonso Eulálio, maglia rosa. Vestido de líder encarará el primer test de montaña. Sobresale el remate del histórico Blockhaus (13,6 kilómetros al 8,4 %), donde ganó por primera vez en el Giro Eddy Merckx.
El escenario para la general y Vingegaard, que transitó plácido la jornada, de recuperación y asueto. La calma antes de encarar la senda que conduce a las cúpulas de Roma comienza en la azotea del Blockhaus.
En cada napolitano, también en Paolo Sorrentino, el gran cineasta italiano, crece la mano de Dios, una mutación única, que lo mismo sirve para beatificar a Santa Maradona, esculpir belleza con una cámara de cine, dar el cambiazo o tocar a los ciclistas en una rotonda.
Impresentable comportamiento
Todo es posible en esa ruta a Nápoles. Un impresentable lo demostró. Alargó el brazo, amagó, y después tocó a varios ciclistas en una rotonda mientras sonreía. La estupidez puede posar sonriente, sin rubor.
Un impresentable con aspecto camorrista que puso en riesgo la salud y la integridad física de los corredores, siempre vulnerables y frágiles.
Más si cabe a altas velocidades. Las cámaras captaron al individuo, un idiota con crecederas, feliz por su hazaña. Sus amigos, otros iluminados, le reían la gracia mientras le filmaban.
Nápoles se agrieta y palpita con el pulso del Vesubio. El volcán llena de energía una ciudad desbordante, exagerada, hiperbólica e histriónica. Una celebración de la vida en el caos. Un pandemónium. Así fue el final del duelo de velocistas.
Fuga sin futuro
Descreídos, pillos y beatos conforman el magma que venera a San Genaro, a su sangre, esa que cobra vida si quiere ante el fervor de los creyentes.
Hombres de fe como Marcellusi, Vergallito, Tarozzi y Bais, fugados ante la parsimonia del pelotón, que siempre los tuvo a una brazada. Los capturó cuando quiso, sin apenas esfuerzo, como si dejara caer el brazo al aire en una siesta.
El desorden y Nápoles comparten algarabía, el pueblo echado a la calle, animoso al paso de la caravana. No se entiende el uno sin el otro.
El Giro como Nápoles, desconchado, decadente, vitalista hay que creérselo porque es una fantasía, fascinante y caótica, una travesía hacia las contradicciones del ser humano.
Lo sagrado y lo mundano convergen en Nápoles. Ser un caradura es una profesión respetable al sur del sur, bien lo sabe Sorrentino, capaz de hipnotizar el alma a través de la luz y la belleza.
El Cinema Paradiso de la vida tal vez sea contemplar el ocaso desde una terraza que se acoda al mar. Quién sabe si es mejor tomar un Aperol en una plaza abarrotada de gente, con el ruido de las motos chillonas pero desbordantes de chulería mientras una charanga anuncia un final, feliz o triste, pero ruidoso. Es importante saber irse.
Las curvas, bamboleantes, pura sensualidad, que recorren los bordes y los recovecos de Nápoles, se anuncian al mar, a la belleza que baña la carrera, maillots de colores que recorren en bici y colorean los paisajes entre el entusiasmo de los tifosi, encendidos como las bengalas del San Paolo, el estadio donde Maradona se hizo dios pagano.
Los fieles recuerdan su mano de Dios, un gol divino. Ballerini tendrá para siempre Nápoles en su memoria. Bajo el volcán, su bautismo en el Giro.