Actualizado hace 2 minutos
Son los campos yermos, un secarral, como si el amarillo de pinta el Tour, su color, se extendiera por el paisaje y lo quemara todo. Arde la carrera en un pira encendida por la antorcha del cambio climático.
La ola de calor, dragón que escupe fuego, convierte el hexágono en un horno crematorio, a 40 grados en la sartén de Francia, que fríe a los ciclistas, abrasados en los rincones del Macizo Central, donde el calor se concentra, sol blanco, asesino, reflejado en una lupa de varios aumentos que quema las espaldas, que descarna las pieles, ajadas, apergaminadas el noveno día de competición sobre un parrilla. No hay paz para los ciclistas. Danzad malditos.
Atraviesa un infierno el Tour en un territorio hostil, donde canta la chicharra, entre cotas que retuercen los cuerpos, que padecen en un paisaje cada vez más árido, aplastado por la alerta roja decretada por las autoridades. La organización del Tour recortó la jornada un treintena de kilómetros para tratar de aliviar el fuego. Un lanzallamas escupe sobre la Grande Boucle.
No dejaba de ser un brindis al sol. Competir no tenía sentido, pero nadie discute al gigantesco Tour, por encima de la salud de los ciclistas, que en las carreteras secundarias, vías vecinales, estrechas, arrastraban su cruz con las jorobas de hielo, el equipaje que no falta en una carrera atenazada por los puños de fuego, incapaz de reaccionar de otro modo que no se correr más rápido. Huir del fuego, como los animales asustados.
Categórico Van der Poel
Bisonte en estampida, bestia salvaje, Mathieu van der Poel se golpeó el pecho para anunciar su victoria en Ussel tras una jornada animal sin paliativos. Deshumanizante.
En ese escenario, el neerlandés, un ciclista que ama las victorias por derribo, conquistó su tercer laurel en su biografía en el Tour, tras deshojar a Johannessen, Pidcock y Baudin en una llegada a cuatro perfecta para la potencia de Van der Poel.
El noruego le sostuvo la mirada hasta que el neerlandés, que tenía el día señalado, anillado, le fundió en un llegada de cuellos almidonados y elevado mentón. Van der Poel abrió los brazos, a modo de un albatros, para avanzar un triunfo arrancado a las entrañas de la tierra.
Supuraba lava en la carretera. Ave fénix, recuperado de la tunda de los días precedentes, el neerlandés, paciente en las jornada precedentes, no dejó escapar la oportunidad de una etapa perfilada con el latido de la clásicas. Su ecosistema preferido. Excelso clasicómano, Van der Poel festejó el laurel con un beso cálido a su pareja.
Descomunal una vez más, el neerlandés es un coloso capaz de levantar un piano de cola y después tener la sutileza, el conocimiento y la técnica para interpretar a Bach en un terreno despiadado.
En esa ruta de fuego y agonía empujaba como un Minotauro el corpachón de estibador de Van der Poel. En el neerlandés hierve el ciclismo salvaje, sin doma. Un forzudo. Rompe y rasga. Hermético, blindado, arrancó otra trozo de gloria desde las entrañas de la tierra que humea.
El neerlandés propició la fuga originaria con una de esas arrancadas suyas que emparentan con lo más primario. Orgullo y pasión.
Sostenido el pulso de la fuga con los deseos de Pogacar, que jugó a ser Dios, Van der Poel dio un segundo aliento a la escapada en la subida que determinó el destino.
A su grupa se subieron Johannessen, Picock y Baudin, a los que zarandeó en el esprint final en cuesta. Toro mecánico escupiendo rivales.
Media docena de segundos después del festejo que le dio su 61ª victoria en el palmarés, la tercera en el Tour, asomó Pogacar, sonriente, de resplandeciente amarillo, a la espera del día de descanso.
El esloveno se hamacará con casi tres minutos de renta sobre Jonas Vingegaard, al más sobre su compañero Isaac del Toro y con más ventaja aún sobre Evenepoel, Ayuso, Paul Seixas y Lipowitz.
En ese incendio, entre antorcheros, se formó, piedra contra piedra, hasta dar con la chispa adecuada, una fuga incendiaria con Van der Poel, Pidcock, Gee, Castrillo, Baudin, Simmons, Johannessen, Van Eetvelt… Ion Izagirre interpretó de fábula el movimiento, pero no le alcanzó para sostenerse en ese ritmo loco de la escapada.
Configurado el trazado, repleto de toboganes, de subes y bajas, a modo de una clásica, exigentes al extremo las cotas (Côte de Naves, Suc au May, Côte de la Croix du Pey y Mont Bessou) por la fatiga y el bochorno, presionaba el UAE con el paso marcial que ordenó Pogacar, atosigando a los hombres libres.
El esloveno, autócrata del Tour, no daba respiro. Quería dejar muy claro su poder omnívoro. Todopoderoso. Agresiva cada pedalada de los coraceros del esloveno. Despiadado. "Pensábamos que podíamos ir a por la etapa con Pogacar, pero luego vimos que no era la mejor opción", desveló Adam Yates.
Ni la calidad que se amontaba entre los amotinados descomponía el gesto de la muchachada del esloveno mágico, que arañaba la desventaja sobre brea recalentada, chiclosa, espesa en la tercera ascensión señalada. La compactaron con polvo en el camino.
Mensaje de poder de Pogacar
Desempolvada la ambición del campeón del Mundo, que antes del día de descanso, continuaba con su pose intimidante. Siempre alerta.
Lo quiere todo. Alimentando su jerarquía, dirigiendo la vida de los demás. De algún modo él determinó la victoria de Van der Poel, un amigo.
Los tics autoritarios de Pogacar son cada vez más evidentes. La exhibición de poderío del UAE fue una advertencia, un mensaje de que todo lo pueden. Que la carrera depende de los caprichos de su líder.
Pogacar, otra vez dominante.
Serenado un par de dedos el trazado, con cierto resuello, tomó la fuga una veintena de segundos que en esa situación era pura vida.
El balón de oxígeno se fue desinflando. El Ineos relevó a los jinetes del esloveno con la idea de impulsar a Ganna. El pulso entre la escapada y el pelotón era un ejercicio de resistencia y determinación.
La ventaja se deshilachaba, cada vez más exigua, al encuentro de la última cota, camuflada en un senda entre pinos. Van der Poel se encendió con esa pose tan suya de boxeador de espalda anchas, festoneada la musculatura por la sal que escupía el cuerpo. Un púgil a pedales. Johannessen, un tipo duro, no se fundió. Se sujetó tras el electroshock del neerlandés.
Al humo acudieron Baudin y Pidcock, que resolvió a tiempo el problema en el cambio tras un descenso angustioso. El cuarteto se entendió de maravilla. Con la mirada. Con prismáticos les avistaban desde el pelotón.
Simmons, que fue parte de la fuga, se dejó caer para acelerar el paso. El Lidl encendió la caldera para alimentar la hoguera de Pedersen, superviviente en ese cadalso.
En el cuarteto no se aceptaban distracciones. Una bajada de tensión les sentenciaba. Sumaron vatios con descaro, hermanado en un misión. Cualquier duda era una certeza de la derrota. Nada de diván, reflexiones o preguntas filosóficas.
Todo era acción-reacción. Aquí y ahora. Así se personaron los cuatro jinetes del Apocalipsis. Crepitaba el final, flamígero, una pira. Un volcán en erupción. A fuego en el infierno. Arde Van der Poel.