Actualizado hace 2 minutos
El Tour, al fin serenado, hamacado, hace la digestión tras el desfase fantasioso y glorioso de Pogacar, un cohete que prendió en el Tourmalet y se dirige hacia París dibujando un arco del triunfo perfecto por el cielo de Francia.
Camino de Burdeos, hacia la algarada del esprint, se meció el pelotón, al fin quedo, en duermevela, sometido por la fatiga de los días ardientes y exigentes que se acumulan al modo de un milhojas seco.
El sol, musculoso, malencarado, continuó con su molesta sequedad, disparando rayos que queman, con el termómetro latiendo por encima de los 30 grados, próximo a los 40 en el quemazón del esprint en Burdeos, barrica de Francia, su afamada bodega, el mejor lugar para catar la victoria en el paladar.
Sucede que a altas velocidades, no hay demasiado tiempo para sentarse en una terraza, observar la vida, decantar y oxigenar el caldo de los dioses y degustarlo. Los esprints exigen un trago rápido, sin distracciones.
Superioridad de Merlier
En Burdeos, una ciudad que venera a Baco, deidad romana del vino, la agricultura, la fiesta y el éxtasis, el sabor de la victoria inundó el paladar de Tim Merlier. Lo celebró el belga con el brindis de la victoria, regado de alegría, euforia y cierto toque sobrado.
Esperó al momento exacto Merlier para alzar la copa, mostrarla al aire y al gentío y bebérsela de trago frente al resto. Merlier festejó su cuarta victoria en el Tour emulando que se quitaba el polvo de los hombros, como si no le hubiera costado, un gesto condescendiente, para determinar la claridad con la que se impuso.
En 2021 se descorchó en el Tour, en 2025 logró dos laurles y en Burdeos contó su cuarto éxito. Søren Wærenskjold lideró el debate antes de que Merlier remontara, desplegando su velocidad con determinación para lograr un triunfo cómodo.
La tercera plaza fue para Biniam Girmay. Max Kanter, de nuevo cerca, fue cuarto. Jasper Philipsen, enredado en las vallas, se quedó sin foco. Lejos otra vez, quinto.
Ajeno a las peleas a quemarropa de la velocidad, Pogacar y el resto de favoritos atravesaron el día chapoteando sobre el resuello. Los días veloces son lentos para los más rápidos de la general. Un bendición.
A diferencia de calvario pirenaico, el asfalto se lanzó en plancha. No había relieve. Acaso rostros que se recuperan de los excesos, de la mímica de gárgolas que les esculpieron las montañas, siempre dolientes.
Otruba y Veistroffer, durante la fuga.
Fuga de dos
Solo Baptiste Veistroffer, el hombre que venció en el desierto de Omán meses atrás, después de una fuga de 193 kilómetros, desde prólogo hasta el epílogo, y Jakub Otruba rompieron el tedio con una fuga de largo aliento y escaso recorrido en el pasillo de la esperanza.
El francés, un aventurero, repitió pose por eso de que tiende a aburrirse y que le gusta emprenderla a pedradas de orgullo y libertad.
Tras su quijosteca aparición en busca de Foix, esta vez contó con un escudero, con un Sancho Panza, uno de los ciclistas del Caja Rural.
El equipo navarro que continúa mostrando el coraje de los humildes en el escaparate de alta joyería del Tour, que muerde, siempre cruel, insensible. Traeen, que fue líder, no partió, molido por la caída en el descenso del Tourmalet. Un dorsal que vuela. Una historia menos.
Otruba, que en el Caja Rural consideran parte de la imaginación de Julio Verne porque “está siempre dispuestos a aventurarse más allá de los límites conocidos” y Veistroffer, un personaje shakespereano, de ser o no ser en la carretera, se hicieron amigos en la ruta de tanto compartir asfalto, rectas y paisaje.
Las quejas de Evenepoel
Relevo a relevo, pulgada a pulgada. Bien avenidos. Nada que ver con el gobierno de cohabitación del Red Bull, donde Evenepoel y Lipowitz no mezclan bien. El belga, al que la contención le incomoda, criticó al alemán porque según su criterio debía haber tirado en su favor.
Lipowitz, tercero en la pasada edición de la carrera francesa, elevó una ceja. Desde el equipo trasladan la idea de una tregua, pero la ley de la carretera, el juez del Tour, jerarquizará a ambos ciclistas. Los asuntos menores, las discusiones de extrarradio sirven para rellenar el folletín del Tour.
Otruba y Veistroffer eran el señuelo, la zanahoria que perseguían los equipos de los velocistas. El Soudal de Merlier y el Alpecin de Philipsen, derrotados ambos por Kooij en Foix, determinaron el sedal de vida del francés y el checo.
Se despidieron chocando con los puños. Saludándose con respeto, apagados en los márgenes de Burdeos, una ciudad que mide a los velocistas. El otro gran esprint del Tour tras el de los Campos Elíseos de París.
Gesto de Merlier tras la victoria.
Los equipos abrieron el fuelle del colorido acordeón a lo ancho para ocupar la calzada, mimetizándose con el Garona, el río más caudaloso de Francia, que corría en paralelo.
Una parada de maniquíes. Las isletas, las rotondas y demás obstáculos urbanos elevaron la tensión, el nerviosismo y le estrés.
Una llamada al caos y al desorden, a romper el status quo que rigen las aproximaciones en el pleito de la velocidad. Restaban una decena de kilómetros y se inició el juego de la colocación, el cuerpeo, el toque con los hombros, el cabeceo.
La fisionomía de la serpiente multicolor era el baile de un banco de peces. La coreografía previa al estallido, a la agitación, a la espuma. Al brindis. Por mí y por todos mis compañeros. Merlier brinda en Burdeos.