El nuevo líder laborista, Andy Burnham, se ha convertido este lunes en el nuevo primer ministro del Reino Unido tras ser recibido en audiencia privada en el palacio de Buckingham por el rey Carlos III, quien le encargó formalmente la formación de un nuevo Gobierno. La transmisión del poder se ejecutó minutos después de que Keir Starmer presentara su dimisión al monarca, cerrando un mandato de dos años lastrado por el desgaste electoral de las municipales y autonómicas del pasado mayo.
"Su Majestad ha recibido en audiencia al diputado Andrew Burnham y le ha pedido que formara una nueva Administración. Andrew Burnham ha aceptado la oferta del Rey y han estrechado las manos con motivo de su nombramiento como primer ministro", informó el Palacio de Buckingham en un mensaje en redes sociales.
Tras salir del palacio, Burnham ha llegado a Downing Street entre los vítores y aplausos del personal. En sus primeras declaraciones, el premier ha asumido la inestabilidad institucional de la última década: "Al hacerlo, soy plenamente consciente de que soy la séptima persona en los últimos diez años en recorrer esta calle. El séptimo primer ministro desde 2016". Ha subrayado que es "un momento para la reflexión y para renovar los propósitos", añadiendo que la situación "exige que mi generación de políticos dé un paso adelante y esté a la altura del nuevo reto: hacer que la política funcione, que funcione mejor".
Líder laborista sin necesidad de primarias
Burnham llega al cargo tras obtener un escaño en las elecciones parciales de Makerfield y ser proclamado el pasado viernes líder laborista con el apoyo de 349 diputados, sin necesidad de primarias. En su intervención, prometió "los mayores cambios en los últimos 40 años" mediante "un nuevo modelo político y un nuevo modelo económico" que corrija el rumbo iniciado en los años 80, cuando "la política se centralizó, la economía se privatizó y amplias partes del país se desindustrializaron".
El jefe del Ejecutivo reconoce fallos en la gestión saliente —"No hemos sido lo bastante buenos, y tenemos que hacerlo mejor", ha dicho— y ha anunciado un plan de acción a diez años centrado en "dar a la gente algún respiro y alguna ayuda con el coste de la vida". Entre sus prioridades citó la reforma educativa, la salud mental, el acceso a la vivienda subsidiada, medidas para jóvenes y "acabar con el fenómeno de las personas sin hogar", garantizando que operará "respetando la disciplina fiscal y nuestros compromisos en defensa".
El legado que deja Starmer
Antes del traspaso, Keir Starmer se despidió de su equipo destacando que servir al país fue "el privilegio" de su vida. Defendió que deja una economía más fuerte, servicios públicos mejorados, reducción de la pobreza infantil y de la migración neta, y una reputación internacional enormemente reforzada. Sin embargo, Burnham hereda un panorama complejo, con una deuda pública que en mayo alcanzó el 94,2% del PIB y decisiones pendientes sobre si levantar la moratoria petrolera en el mar del Norte para autorizar yacimientos en Rosebank y Jackdaw. Asimismo, deberá gestionar el déficit de 5.500 millones de euros en defensa que motivó la dimisión del ministro John Healey el pasado 11 de junio, decidir si mantiene la línea dura migratoria que redujo la cifra neta a 171.000 personas en 2025 y redefinir las relaciones exteriores.
Respecto a Donald Trump, quien calificó a Burnham de "extremadamente progresista", el nuevo mandatario ha asegurado que será "muy franco", mientras que en materia de Oriente Medio ha evitado el término “genocidio” en Gaza para hablar de "evidencia creciente de que parecen haberse cometido crímenes de guerra".
La líder de la oposición conservadora, Kemi Badenoch, felicitó a Burnham pero criticó que asuma el poder "sin haber presentado un plan claro para afrontar ninguno de los problemas a los que se enfrenta el país", echándole en cara haber rechazado comparecer ante el Parlamento. Badenoch advirtió sobre el aumento del endeudamiento, la inflación y el desempleo, e instó al premier a no repetir los errores de Starmer: "No debe repetir los errores del gobierno de Keir Starmer, que fracasó porque se negó a plantar cara a los diputados laboristas de su ala izquierda y a sus constantes exigencias de subir los impuestos".