Polideportivo

Alemania entrega las llaves a Klopp

La Federación Alemana apuesta por el técnico que reconstruyó al Borussia Dortmund y devolvió al Liverpool a la cima para sacar a la Mannschaft de la mayor crisis de identidad de su historia reciente
Jürgen Klopp, en su presentación como nuevo seleccionador de Alemania. / EFE

La primera gran decisión de Jürgen Klopp como nuevo seleccionador de Alemania no ha tenido que ver con ningún planteamiento táctico, promesa deportiva o elección de jugadores. Antes de comenzar a hablar de fútbol, uno de los técnicos más demandados de la actualidad fue contundente en su nuevo puesto de trabajo: “Si vais contra mi familia, me marcho”. Claro y sencillo. En esa frase se encierra la voluntad de proteger a su entorno a la vez que afronta el que puede catalogarse como el mayor desafío de su carrera.

“No hago este trabajo por mí mismo. Lo hago por vosotros. Acepto este cargo aunque he visto cómo habéis tratado a Julian Nagelsmann. Lo acepto aunque he visto cómo habéis tratado a Thomas Tuchel. Si vais contra mi familia, me marcho. Si pensáis que soy un desastre, decídmelo a la cara y me iré inmediatamente, sin pedir ni un euro de indemnización. Si la Federación Alemana dice que soy un desastre, me iré. Si os comportáis mal y no dejáis en paz a mi familia, también me iré. Criticadme cuando algo no funcione; estaré encantado de trabajar para mejorarlo. Todo gira en torno al trabajo”, advirtió. Fue su premisa. Su única condición para centrar su mirada en cuestiones futbolísticas, ajenas al ruido.

El reto es extraordinario por la situación de una selección que durante décadas representó la clase privilegiada del fútbol europeo y ahora busca desesperadamente a un hombre capaz de devolver a la Mannschaft a la élite. La Federación Alemana ha puesto el futuro de la selección en manos del técnico que ha demostrado saber levantar proyectos cuando parecen condenados al fracaso.

De decepción en decepción

No es casualidad que se haya recurrido precisamente ahora a Klopp, a quien parecía impensable sacarle de su zona de confort para regresar a la primera plana de la crítica internacional. Alemania está herida. El Mundial ha vuelto a dejar una fotografía impensable hace apenas una década: eliminación en dieciseisavos de final tras caer en los penaltis frente a Paraguay y dimisión inmediata de Julian Nagelsmann. El golpe prolonga una decadencia que no admite interpretaciones contextuales. Desde que levantó la Copa del Mundo en Brasil en 2014, Alemania no ha vuelto a parecerse a sí misma. Encadenó las eliminaciones en la fase de grupos de los Mundiales de Rusia 2018 y Catar 2022 y ahora ni siquiera fue capaz de superar la primera ronda de las eliminatorias, y ante un rival a priori muy asequible. Tres Copas del Mundo consecutivas sin alcanzar los octavos de final escenifican una anomalía histórica para una de las grandes potencias del fútbol. Porque Alemania es junto a Italia la segunda potencia con más títulos mundiales, con cuatro, solo por detrás de la pentacampeona Brasil.

La Federación Alemana ha interpretado que el problema va mucho más allá del banquillo. Por eso el nombramiento de Klopp atiende a una necesidad estructural. El técnico de Stuttgart llega con libertad para configurar su cuerpo técnico, influir en la planificación deportiva y participar en el desarrollo del fútbol alemán. Es un nivel de autonomía reservado a muy pocos entrenadores en la historia reciente. De algún modo, se le entregan las llaves de Alemania.

Fin a su etapa en Red Bull

Su incorporación tampoco ha resultado sencilla, ya que Klopp, que había sonado para el banquillo del Real Madrid, mantenía desde finales de 2024 un contrato con Red Bull hasta 2029 como máximo responsable de fútbol del grupo empresarial. La operación se desbloqueó después del acuerdo alcanzado entre ambas partes, que incluye una aportación económica de la Federación Alemana a la fundación Wings for Life. Para Klopp, dirigir a Alemania era el único destino capaz de hacerle abandonar un proyecto que requería de plazos largos.

Su discurso explica también por qué Alemania ha depositado tanta confianza en él. “La selección puede unirnos a los alemanes como casi ninguna otra cosa”, afirmó durante su presentación. No habló de títulos. Tampoco de plazos. Habló de reconstruir un equipo “que luche el uno por el otro, que disfrute del fútbol y detrás del cual las personas de nuestro país puedan unirse con plena convicción”. Es una declaración mucho más profunda que un simple programa futbolístico. Hablaba de identidad, de sentimiento de pertenencia, porque Alemania no busca únicamente ganar partidos. Necesita recuperar el vínculo emocional con una selección que ha ido perdiendo prestigio internacional y complicidad con su propia afición, cansada del desprestigio al que asiste.

Klopp, durante su comparecencia ante los medios. EFE

Experto en reconstrucciones

Y es que Klopp nunca ha sido solo un estratega. Su mayor virtud siempre ha consistido en transformar grupos. Lo hizo en el Mainz, al que llevó por primera vez a la Bundesliga. Lo consiguió después en el Borussia Dortmund, donde rompió la hegemonía del Bayern Múnich con dos Bundesligas consecutivas y una presencia en la final de la Champions League. Y volvió a demostrarlo en Liverpool. Cuando aterrizó en Anfield en 2015 encontró un gigante dormido, en horas bajas. Nueve años después se marchó dejando una Champions, una Premier –la primera del club en treinta años–, una FA Cup, dos Copas de la Liga, un Mundial de Clubes y una comunidad que actualmente sigue considerando a Klopp como uno de los grandes referentes del panorama.

Su propuesta futbolística tampoco debería suponer una ruptura con el pasado reciente, aunque sí introducirá matices importantes. Klopp confirmó que la presión tras pérdida volverá a ser una de las señas de identidad de Alemania, pero descartó un marcaje individual permanente y apostó por una estructura reconocible con defensa de cuatro y extremos abiertos. “Los organizadores de juego de la generación actual están en las bandas”, señaló. Los años en Liverpool le llevaron a adaptar su modelo hacia un fútbol más flexible y menos dependiente del vértigo permanente que caracterizó a su Borussia Dortmund.

Un mensaje realista

El mensaje, desde luego, fue de confianza, con una rotunda afirmación que pretendió despertar ilusión indicando un punto de partida esperanzador, aunque realista. “¿Somos tan buenos como Francia? La respuesta es no; si dijéramos lo contrario, no estaríamos siendo sinceros. Pero aun así se les puede ganar”. En tiempos dominados por discursos grandilocuentes, Klopp optó por la honestidad como primera piedra para reconstruir la confianza.

Uno de los momentos más reveladores llegó con esta afirmación: “Jürgen Klopp no tiene una carrera después de la selección nacional”. Es decir, a sus 59 años entiende que este representa el último gran desafío de una trayectoria que le ha convertido en uno de los entrenadores más influyentes del siglo XXI. El Mundial de 2030 aparece como el horizonte definitivo, quizás su último servicio en el fútbol.

Alemania llevaba tiempo buscando soluciones sin éxito. Sobre el papel, Klopp propone construir otra vez desde los cimientos con perspectiva de cuatro años. Es un proceso lento y probablemente incómodo, pero también es el único compatible con la historia de un país que siempre entendió el éxito como consecuencia del trabajo y no de la improvisación. Por eso Alemania no ha fichado solo al entrenador que ganó la Champions con el Liverpool o desafió al Bayern desde Dortmund. Ha elegido a un gestor de reconstrucciones insospechadas que habrá adquirido energías alejado del foco mediático. Al hombre que convirtió la palabra creer en un método de trabajo. Alemania comienza a creer.

24/07/2026