Cuando las temperaturas se disparan, entrar en una vivienda, una oficina o un comercio con aire acondicionado puede sentirse como cruzar una frontera: fuera, el calor aprieta; dentro, el ambiente parece de otra estación. El alivio es inmediato, pero no siempre resulta inocuo. Una climatización demasiado intensa o mal utilizada puede provocar molestias y dificultar la adaptación del organismo a los continuos cambios de temperatura.
La cuestión no es renunciar al aire acondicionado durante los episodios de calor, sino utilizarlo con criterio. En un contexto en el que las olas de calor son cada vez más frecuentes y constituyen uno de los principales riesgos ambientales para la salud, mantener unas condiciones térmicas adecuadas en los espacios interiores puede ser una herramienta de prevención. La Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) recuerda, sin embargo, que refrigerar una estancia no debe convertirse en una carrera por alcanzar temperaturas excesivamente bajas.
El calor intenso no es solo una cuestión de incomodidad. Una exposición prolongada a temperaturas elevadas puede favorecer la deshidratación, el agotamiento y los golpes de calor, además de empeorar enfermedades crónicas, especialmente las cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas. También se relaciona con un incremento de las hospitalizaciones y de la mortalidad. Las personas mayores, los niños, las mujeres embarazadas y quienes padecen enfermedades crónicas requieren especial vigilancia.
Ni demasiado calor ni un congelador
Durante los episodios de calor intenso, la temperatura confortable en interiores se sitúa aproximadamente entre los 24 y los 27 grados. No es una cifra idéntica para todo el mundo, pero sí un margen que permite reducir la carga térmica sin recurrir a un enfriamiento excesivo.
El problema aparece cuando se intenta combatir el calor de forma brusca. Pasar en pocos minutos de una calle sometida a temperaturas muy elevadas a una estancia excesivamente fría obliga al organismo a realizar un ajuste rápido. Estos cambios pueden acompañarse de mareos, dolor de cabeza, fatiga, alteraciones de la presión arterial o molestias respiratorias, especialmente en personas con problemas cardiovasculares o respiratorios.
Una exposición prolongada a ambientes demasiado fríos también puede favorecer la sequedad de las mucosas, la irritación de garganta y una sensación general de malestar. El objetivo de la climatización no debería ser recrear un invierno artificial en pleno verano, sino rebajar el impacto del calor hasta alcanzar un ambiente confortable.
Por la noche, mantener una temperatura adecuada puede ayudar a reducir la carga térmica acumulada durante el día y favorecer el descanso, especialmente cuando las noches son muy cálidas. Tampoco en este caso la solución pasa por bajar al máximo el termostato: una refrigeración moderada y adaptada a quienes ocupan la habitación resulta más apropiada.
La limpieza y la sustitución de los filtros ayuda a tener un aire más limpio.
El aire que respiramos también cuenta
No solo importa la temperatura. Un equipo mal mantenido puede acumular polvo, alérgenos y otros contaminantes en sus filtros. Al volver a circular por la estancia, pueden empeorar la calidad del aire y agravar síntomas en personas con asma, alergias o enfermedades respiratorias crónicas.
La limpieza y la sustitución periódica de los filtros, siguiendo las indicaciones del fabricante, forman parte de una climatización saludable. Mantener los equipos en buenas condiciones ayuda a respirar un aire más limpio y mejora su funcionamiento y eficiencia.
También conviene desmontar un mito: el aire acondicionado, por sí mismo, no provoca resfriados ni infecciones respiratorias en personas sanas. Los problemas pueden estar relacionados con condiciones asociadas a su uso, como temperaturas demasiado bajas, aire directo sobre el cuerpo, ambientes muy secos o un equipo cuyo mantenimiento sea deficiente.
Otras medidas
La climatización tampoco debería ser la única estrategia frente al calor. Beber líquidos de forma adecuada, evitar la exposición directa al sol durante las horas centrales, adaptar la actividad física a las temperaturas y prestar especial atención a las personas vulnerables siguen siendo medidas esenciales.
En casa, cerrar persianas o utilizar sistemas de sombreado durante las horas de mayor radiación ayuda a limitar la entrada de calor. Cuando las condiciones exteriores lo permiten, la ventilación natural es otra herramienta útil. Los ventiladores de techo pueden mejorar la sensación térmica, reduciendo la temperatura percibida sin necesidad de enfriar tanto el ambiente.
Además, la prevención va más allá del aparato. La eficiencia energética y el aislamiento de las viviendas, la disponibilidad de sombra y el diseño de las ciudades también condicionan la capacidad para protegerse frente a temperaturas extremas. Una vivienda preparada para el calor puede reducir la entrada de temperatura exterior y la necesidad de utilizar continuamente sistemas de refrigeración. Los espacios urbanos con más sombra y vegetación también contribuyen a disminuir la exposición.
Frente a una ola de calor, el objetivo no es convertir el interior en una nevera, sino crear un refugio térmico seguro. Utilizar la climatización con moderación, mantener los equipos limpios, evitar los cambios extremos de temperatura y combinar estas medidas con una buena hidratación y protección frente al calor permite aprovechar sus beneficios sin añadir nuevas molestias. A medida que los episodios de calor extremo ganan protagonismo, adaptar viviendas y ciudades se convierte, además, en una cuestión cada vez más importante para proteger la salud.