Polideportivo

Widar se estrena a lo grande

El escueto belga, fantástico, sorprende y obtiene su primera victoria ante Pidcock y Jorgenson en Tre Valli Varesine, con Pello Bilbao sexto
Widar, emocionado, festeja su primera victoria profesional. / Lotto-Intermarché.

A Varese se le conoce como Città Giardino (la Ciudad Jardín) por sus numerosas villas, jardines y la naturaleza exuberante que la envuelve en una región que se baña entre numerosos lagos, que respira belleza bajo los Alpes y alcanza el paladar del cielo en el Sacro Monte. A ese punto llegó Jarno Widar, un colibrí floreciente convertido en rapaz.

El belga, apenas 20 años, el futuro brillante resoplando, se estrenó con una victoria espumosa, burbujeante y fresca. Widar, desbordante, derrotó la heráldica de Tom Pidcock y Matteo Jorgenson, que menospreciaron el impulso y el hambre de ganar del belga, excepcional su manejo del tiempo y la distancia en un esprint en el que actuó como el mejor veterano.

Dejó que Pidcock, demasiado convencido de su velocidad, y Jorgenson tomaran la delantera en el juego de miradas. Desgastaron los ojos al modo de los pistards, bizqueando, y pausaron el tiempo para una arrancada casi en parado, en suspenso.

Widar, que dejó unos metros para acelerar, se lanzó con saña, como escapando de un incendio, para quemar a Pidcock y Jorgenson, incapaces de rastrearle, de tomarle el rebufo. EL belga era un rayo y un trueno.

Cuando abrieron los ojos, incrédulos, Widar gritaba su alegría, enorme. Bramaba su excepcional conquista. La primera siempre es la mejor. Una llamada para el futuro desde Varese, donde Pello Bilbao, que descuenta los días para su retirada el sábado en Il Lombardia, fue sexto. El gernikarra es una garantía.

En el siglo XVII se construyeron en el Sacro Monte catorce capillas de estilo manierista, también fuentes y arcos. Todas las capillas son distintas y contienen imágenes de terracota y frescos con escenas de los misterios del Rosario. El recorrido por las capillas fue diseñado por Giuseppe Bernascone con la intención de que los peregrinos y creyentes se detuvieran y rezaran ante cada capilla.

En ese lugar para orar a los dioses, los humanos, ciclistas en bicicleta, rodaban por el otoño que mantiene todavía el deje de los rescoldos del verano en pleno proceso de mutación. Caducan las hojas y los árboles de piel verde comienzan su mudanza hacia los tonos ocres.

Simmons, muy activo

En los Tre Valli Varesine no había tiempo para plantarse ante los altares, para la introspección y tampoco para la contemplación a pesar de lo hipnótico de los paisajes. Un lugar para pasear convertido en prisa y urgencia.

Hasta una señora que paseaba ajena al ajetreo se asustó al paso de Quinn Simmons, Davide Piganzoli, vencedor en el Giro dell'Emilia, y Honoré. El capitán Ámerica, bigotudo, espíritu de Easy ryder buscó una grieta.

Colaborador necesario para el arcoíris de Brandon McNulty, el campeón del Mundo no se apiadó de Simmons después. Asomaron en ese movimiento Pidcock o Healy. La clásica se adentraba, entre repechos, en la zona caliente entre descargas eléctricas. Pidcock, Widar y Jorgenson, remolón, se unieron en el asalto definitvo. Manejaban una quincena de segundos en favor de su causa.

El inglés y el belga, chisposos, ligeros, escaladores, apremiaban a Jorgenson, más diésel para el baile a tres. McNulty trató de esquilarles, pero no disponía del filo necesario. El arcoíris no podía empañar al trío, que inicio el baile de la desconfianza.

Pidcock se creía el más rápido; Jorgenson, el más sólido. A los dos les devoró la juventud insolente y la ambición del belga, que se agigantó en Varese. Widar se estrena a lo grande.

06/10/2026