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El estallido de indignación en torno a la situación de la vivienda prendido por el desahucio y la posterior muerte de Maricarmen Abascal ha llevado a la denominada izquierda confederal a un callejón sin salida en el que ha quedado atrapada por su proverbial incapacidad para dejar a un lado sus diferencias y aunar fuerzas ante un enemigo común. Paradójicamente, cuando se presentaba como el mejor posicionado para galvanizar ese enfado y transformarlo en un respaldo electoral relevante, la presión de tener que aprovechar la ocasión, agudizada por la premura de los plazos —ya agotados— para articular una fórmula capaz de impedir que Vox doble su presencia parlamentaria y acceda al Gobierno español de la mano del PP, no ha conducido más que a una nueva y profunda decepción entre quienes no dejan de soñar con ese mirlo blanco que es la confluencia de las izquierdas. Una decepción que puede condenar por un largo tiempo a la insignificancia a este segmento político, que se ve en una encrucijada. Y también corre peligro de verse dañada la imagen y la proyección política de la figura sobre la que han pivotado buena parte de los intentos de construir una alternativa sólida a la izquierda del PSOE: Gabriel Rufián. El portavoz de ERC, que a principios de este año abrió el debate sobre la necesidad de una alianza para frenar a la ultraderecha, ha pasado de erigirse como la gran esperanza de un sector político alicaído a ser una víctima más de su tendencia cainita, viéndose criticado desde el espacio de Sumar por el acuerdo bilateral que cerró con Podemos y acusado de buscar lo contrario que proclama: dividir en lugar de unir.
Aunque ya había agitado la idea con anterioridad en alguna ocasión, Rufián abrió la caja de Pandora de la imprescindible confluencia de izquierdas al día siguiente de que, en las elecciones en Aragón del 8 de febrero, la suma de PP y Vox aglutinara el 52,2% de los votos y 40 de los 67 escaños. Por la izquierda solo se salvó la Chunta Aragonesista, que creció de 3 a 6 diputados, e IU-Sumar, que mantuvo por los pelos su único asiento. Ello no compensó el batacazo del PSOE —perdió cinco representantes— y de Podemos, que se quedó fuera de las Cortes. Era la segunda vez en mes y medio que el bloque de derechas sellaba una mayoría absoluta en unos comicios autonómicos, tras la lograda en Extremadura en diciembre de 2025. Y el diputado republicano explotó: "Quien no vea que hay que hacer algo, o no ve bien o ya le va bien que no lo haya", advertía en su cuenta de X ante la amenaza de que PP y Vox pudieran sumar hasta 200 diputados en unas futuras elecciones generales. "Creer que el fascismo se va a parar en la frontera de tu sede o de tu nación porque vota diferente es magia negligente", añadía, abogando por "intentar hacer algo diferente" para evitar ver a Santiago Abascal como ministro del Interior y asistir a ilegalizaciones de formaciones independentistas. "Más cabeza y menos pureza", reclamaba.
ERC se desmarca
Aquella propuesta oficiosa, que no oficial, le acarreó no pocas críticas y una buena ración de calabazas, incluidas las de su propio partido, ERC, que se desmarcó inmediatamente de esa iniciativa, al igual que hicieron otras fuerzas nacionalistas de izquierda como EH Bildu y el BNG. También Podemos mostró de partida su oposición a ese planteamiento que apenas encontró algunas buenas palabras en el ámbito de Sumar. A él pertenece Emilio Delgado, cabeza de lista de Frente Amplio por Madrid. El dirigente de Más Madrid, a título individual, sí se sumó con entusiasmo al carro de Rufián, con el que protagonizó el 18 de febrero un acto en la sala Galileo Galilei de Madrid, llena a rebosar, en el que expusieron la imperiosa necesidad de alcanzar una entente plurinacional que optimizara al máximo el sustrato electoral existente allá donde el PSOE no colma ciertas aspiraciones.
En ese evento, Rufián planteó que en cada circunscripción electoral se priorizara la lista de izquierdas que más voto captara, evitando la concurrencia de varias papeletas de corte similar que lo fragmentaran hasta el punto de dejarlo sin valor, con el objetivo de "ganar provincia a provincia escaños a Vox". "Orden, ciencia y método", reclamó, insistiendo en que eso no suponía "pedir a nadie que renuncie a sus siglas". Pese a la ilusión que despertó ese mínimo rayo de esperanza entre el electorado izquierdista de a pie, acostumbrado a agarrarse a un clavo ardiendo, la idea no gustó demasiado a los partidos implicados por la cesión que conllevaba y no faltó quien reprochó al portavoz de ERC poner el foco en el tacticismo por encima de los proyectos.
Pero Rufián no se amilanó y siguió en sus trece. No en vano, algunas proyecciones calculaban que una confluencia de partidos izquierdistas les aportaría 20 escaños más que los que alcanzarían disgregados, un jugoso botín del que además privaban casi en su totalidad a la derecha y, en especial, a Vox. La frialdad con la que desde Podemos acogieron inicialmente la propuesta del político catalán se fue atemperando y el 9 de abril, en plena Semana Santa, se escenificó esa sintonía en el coloquio que protagonizaron en Barcelona el propio Rufián e Irene Montero. Ante la presencia como moderador del exlíder de Catalunya en Comú-Podem —la extinta alianza de Podemos y los Comunes—, Xavier Domènech, Montero admitió que tenía muchas ganas de hacer "equipo" con Rufián porque intuía que "puede funcionar". Además, ella y el de Santa Coloma de Gramenet defendieron el papel de Podemos y ERC como "fuerzas motrices" del proceso amalgamador de las izquierdas confederales y plurinacionales, avanzando de este modo el acuerdo anunciado esta misma semana, ya con las elecciones generales a la vista.
Irene Montero y Gabriel Rufián, durante su encuentro en Barcelona
Rufián seguía manteniendo viva la llama de la unidad, aunque para ello tuvo que afanarse en apagar algunos fuegos, como los reproches que desde otras fuerzas de izquierda dirigieron a Sumar a raíz de la denuncia interpuesta contra su ya exdirigente Lara Hernández por acoso laboral. "Yo de lo de Sumar y compañía solo voy a decir que la mejor manera de 'reventar a la derecha' es no reventar a otras izquierdas. Por muchas facturas y ganas de rajar que tengas", comentó en X, utilizando un argumento que, más recientemente, a mediados de septiembre repitió casi de forma literal para 'reprender' a Pablo Iglesias por menospreciar las aspiraciones electorales del actual ministro de Cultura, Ernest Urtasun, —nombrado posteriormente 'número dos' del Frente Amplio en Barcelona—, al decir que este "bien podría formar parte de una lista del PSC". El diputado de ERC añadía un aviso para navegantes: "Quien pueda unir, que una. Y quien no, que se aparte".
El protagonismo que iba ganando como referencia a nivel estatal de la anhelada alianza de la izquierda alternativa empezó a generarle un desgaste dentro de su propia formación. Uno de sus compañeros del grupo parlamentario de ERC en el Congreso, Jordi Salvador, estalló en redes sociales criticando las supuestas condiciones planteadas por Rufián para repetir como cabeza de lista de la formación soberanista: "ERC no es una plataforma personal ni un espacio de ultimátum. Si hace falta, algunos hablaremos en público, al menos yo, y se acabará la tontería. La paciencia tiene un límite", aseveró. El portavoz republicano evitó entrar al trapo: "No entro a telegrafiar cuestiones internas. Yo nunca he sido fuente de un periodista para criticar a ningún compañero o compañera; no lo voy a hacer, jamás", se limitó a replicar.
Salvador anunció el pasado 6 de octubre su abandono de la política, afirmando que "no estaba destinado a ocupar un cargo de tanta responsabilidad". Lo hacía solo cinco días antes de que ERC confirmara que Rufián repetiría como cabeza de cartel para el Congreso en las elecciones del 29-N. Se despejaban así las dudas que se habían disparado al contemplarse la posibilidad de que optara por liderar una hipotética confluencia de izquierdas, como reclamaban muchas voces. Rufián ya había expresado su voluntad de ser candidato de ERC, pero quería hacerlo "acompañado de otras fuerzas de izquierdas y antifascistas", porque "esto solos no se gana". En su partido, por si acaso, se habían guardado un as en la manga en la figura de Jordi Albert. El portavoz adjunto de ERC en el Parlament, persona de confianza de Junqueras, había comenzado a recoger avales para formar parte de la candidatura para el Congreso. Finalmente, no hizo falta activar esa opción porque las negociaciones entre Rufián y la dirección republicana llegaron a buen puerto. Buena muestra de ello fue el anuncio realizado el pasado 12 de octubre del pacto electoral alcanzado por Podemos y ERC, por el cual los primeros se integrarán en las listas de Esquerra en las circunscripciones catalanas, mientras que Rufián hará tándem con Irene Montero en los actos de campaña de la formación morada.
Agua pasada
Este movimiento, desvelado a cuatro días de que expirara el plazo para la inscripción de coaliciones electorales de cara a los comicios de noviembre, volvió a abrir las viejas grietas entre las dos principales corrientes de la izquierda confederal española, como son la de Podemos y la de Sumar. En el seno de este último espacio no tardaron en saltar los reproches a Rufián por "la profunda decepción" provocada por lo que entienden como un "cambio de decisión" del diputado de ERC. "Gabriel Rufián venía a unificar las izquierdas y está haciendo todo lo posible para dividirlas", denunciaban los Comuns, uno de los partidos que concurrirá a las elecciones en ese Frente Amplio que únicamente reunirá a las fuerzas ya integradas bajo el paraguas de Sumar. Otra de ellas es Izquierda Unida, cuyo coordinador general, Antonio Maíllo, apuntaba que "lo de Gabriel Rufián es agua pasada". Afirmaba, asimismo, que su decisión no les ha causado "sorpresa", aunque lamentaba que haya "generado una expectativa en gente que creía que podía dar el salto" y que, tras no hacerlo, "se siente decepcionada".
Tras la confirmación del pacto entre ERC y Podemos, y con el segundero del reloj apremiando, se intensificó el cruce de llamamientos a la unidad por unos y otros, pero sin mostrar ninguna intención de ceder un palmo de terreno en su afán por llevar la voz cantante.
Sumar invitaba a Podemos a integrarse en su Frente Amplio, para el que ya había designado como candidata a la presidencia a Ada Colau. Pero Podemos, que antes de sellar su acuerdo con ERC ya había puesto como condición para unirse al Frente Amplio la celebración de unas primarias para establecer un cabeza de lista, no solo declinó amablemente la invitación, sino que devolvió la pelota al tejado de Sumar al ofrecerles la "mano tendida" para que fueran las formaciones de este último espacio las que reforzaran el proyecto diseñado en torno al dúo Montero-Rufián.
Ante este bloqueo, Colau dijo que podía quitarse de en medio o cambiar de marca, justo minutos antes de que Frente Amplio sacara el logo. Rufián también seguía empeñado en que ERC acordara con Comuns, aunque la dirección se negó a que se diluyeran sus siglas.
Y también abogó por lograr una entente a nivel estatal entre Podemos y Sumar, pero las endebles costuras que daban forma a la esperanza se habían roto ya. El propio Rufián dijo que esto no va de cambiar de nombre a algo que ya existe, lanzando un dardo al Frente Amplio de Sumar.
El viernes, a pocas horas de que acabara el plazo para presentar coaliciones y cuando todo apuntaba a que no habría acuerdo entre Frente Amplio y Sumar para un pacto estatal, Rufián admitía su fracaso. "Pensé que a base de repetir lo que decía la calle y que si tenía la suficiente fuerza, podría arrastrar a los aparatos de los partidos. Y probablemente no pueda. Es un fracaso. He fracasado. Hemos fracasado", señaló. Pese a los intentos in extremis y las ofertas de una y otra parte, la división en las izquierdas era un hecho. Solo en Canarias y la Comunitat Valenciana ambas formaciones concurrirán juntas.
Tras esta aventura malograda, parece difícil que Rufián vuelva a ser visto como un posible pegamento para una izquierda alternativa abocada a tiempos oscuros, tras el varapalo moral de ver cómo se desmorona en el último instante el castillo de naipes que habían creído posible levantar y, sobre todo, con la amenaza más que real de que la ultraderecha llegue al poder.