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La derrota en penaltis frente a Bosnia de la selección italiana, que dejaba a la azzurra sin Mundial por tercera vez consecutiva, ha sacudido los cimientos de su estructura: dimisiones, sustituciones y toda una serie de movimientos para volver a alcanzar lo que un día fue. El desastre consumado en el estadio Bilino Polje de Zenica hace una semana fue la culminación de una profunda crisis sistémica que ha llevado al fútbol transalpino a tocar fondo.
Con este revés, Italia ha firmado un tenebroso triplete de ausencias mundialistas. La cuádruple campeona del mundo, que levantó su última Copa en 2006, faltó a la cita de Rusia 2018 tras caer ante Suecia en la repesca. Cuatro años después, el verdugo fue Macedonia del Norte, privando a los italianos del Mundial de Qatar 2022. Ahora, el desastre frente a Bosnia de cara a la cita norteamericana de 2026 confirma que levantar el trofeo de la Eurocopa en 2021 fue todo un espejismo.
Las consecuencias de esta debacle no se han hecho esperar y ha provocado un efecto dominó que ha descabezado por completo la parcela deportiva e institucional del combinado nacional. El primero en dar un paso al lado fue el seleccionador, Gennaro Gattuso. Nombrado hace tan solo un año para enderezar el rumbo tras el cese de Luciano Spalletti, el técnico calabrés apenas duró nueve meses en el cargo. El 3 de abril, la Federación Italiana de Fútbol (FIGC) anunciaba la rescisión de su contrato de mutuo acuerdo.
Las palabras de despedida del exseleccionador reflejaron una gran tristeza en él: "Con gran dolor, al no haber alcanzado el objetivo que nos habíamos fijado, considero terminada mi experiencia en el banquillo de la selección nacional", declaró el excentrocampista. Haciendo gala de su habitual sinceridad y respeto por la institución, añadió: "La camiseta azzurra es el bien más preciado que existe en el fútbol, por lo que es justo facilitar inmediatamente las futuras decisiones del cuerpo técnico. Ha sido un honor poder dirigir a la selección y hacerlo además con un grupo de chicos que han demostrado compromiso y apego a la camiseta".
Oleada de dimisiones
Pero la caída de Gattuso fue solo la punta del iceberg. La presión social y política se tornó insoportable para la cúpula de la FIGC. Gabriele Gravina, presidente de la Federación desde 2018 y reelegido en 2025, intentó aferrarse al cargo inicialmente amparándose en los estatutos federativos. Sin embargo, el clamor popular y las exigencias del Gobierno precipitaron su renuncia oficial y la convocatoria de elecciones extraordinarias para el próximo 22 de junio.
La oleada de dimisiones siguió con la de Gianluigi Buffon, leyenda indiscutible del fútbol mundial, y del fútbol italiano en particular, que ejercía como jefe de delegación de la selección. El vacío de poder dejaba a la Azzurra completamente huérfana.
Es tal la onda expansiva del fracaso que ha trascendido el ámbito meramente deportivo para convertirse en un asunto de Estado. El ministro de Deportes y Juventud del Gobierno italiano, Andrea Abodi, fue categórico a la hora de exigir dimisiones y trazar la hoja de ruta para la reconstrucción. "Agradezco al equipo y al entrenador el compromiso que demostraron anoche, pero es evidente que el fútbol italiano debe ser reconstruido, y este proceso debe comenzar con una renovación de la cúpula de la FIGC", sentenció el ministro en un comunicado oficial que supuso la estocada final para Gravina.
Abodi, además, habló del drama social para las generaciones de italianos e italianas, que supone estar tres años consecutivos sin Mundial: "Me entristece pensar que hay toda una generación de niños y jóvenes que aún no han experimentado la emoción de ver a la selección jugar un Mundial". Esta especie de 'generación perdida' a la que hace referencia el ministro engloba a cualquier italiano menor de 15 años, que no tiene recuerdos de su país compitiendo en la fase final de una Copa del Mundo, siendo la última imagen en sus retinas la de la eliminación en la edición del 2014 con el mítico mordisco de Luis Suárez a Chiellini.
El sentir del vestuario también quedó retratado en las desgarradoras declaraciones del defensa Leonardo Spinazzola tras el choque en Zenica: "Todavía no nos lo creemos, que estemos fuera y que haya sucedido de esta manera... Es doloroso para todos. Para nosotros, para nuestras familias y para todos los niños que nunca han visto a Italia en un Mundial". Las palabras del lateral evidenciaban el colapso mental de unos jugadores superados por la presión histórica y por el peso de un escudo que, hoy por hoy, parece lastrar más que impulsar.
Volver a empezar
El primer paso para este renacimiento exige acometer una reforma estructural y atajar el problema de estancamiento de talento local que tienen. Las esferas deportivas y políticas coinciden en que la Serie A, priorizando la inmediatez, ha dado la espalda al jugador nacional.
Para revertir esta tendencia, la medida que el Gobierno pretende impulsar es la imposición de una cuota mínima de futbolistas italianos. La propuesta que más fuerza cobra en los despachos de Roma plantea alinear al menos a cuatro jugadores en su once, que puedan ser seleccionados con Italia. Sin embargo, esta normativa choca de bruces con la legislación laboral de la Unión Europea y el libre mercado. Sin embargo, el Ejecutivo parece dispuesto ir incluso a Bruselas a librar una batalla legal, si con ello consigue blindar la cantera y frenar la llegada masiva de foráneos que taponan la progresión de los jóvenes.
Por otro lado, la selección debe encontrar urgentemente un nombre en el banquillo que dirija toda esta revolución. Nombres de peso como Massimiliano Allegri, Roberto De Zerbi o el de un viejo conocido como Antonio Conte suenan con fuerza en las quinielas para liderar el nuevo proyecto.
Quien asuma el cargo tendrá un gran trabajo por delante, y la Liga de las Naciones, como el primer banco de pruebas. Una competición sin gran nombre, pero necesaria para ver en qué punto está la selección italiana.