Política

Puente dimite por la presión agobiante sobre su responsabilidad

El ministro sorprendió al término de su comparecencia con una decisión que “tenía tomada” desde que se produjo la tragedia de Urda
Óscar Puente comparece en la Diputación Permanente del Congreso
Óscar Puente comparece en la Diputación Permanente del Congreso

Actualizado hace 3 minutos

Óscar Puente sorprendió a todos, incluso a la inmensa mayoría de sus compañeros del Consejo de Ministros, de su departamento y del propio partido, al anunciar una dimisión irrevocable que, según admitió, tenía tomada desde el mismo día en que se produjo la tragedia de Urda. Ni siquiera el desarrollo de su tensa comparecencia hizo presagiar este desenlace que viene a atender la presión agobiante que se había cernido sobre el titular de Transportes por su responsabilidad en el luctuoso accidente ferroviario. El polémico político vallisoletano abandona también sus cargos orgánicos en el PSOE y su condición de cabeza de lista para las elecciones del 29-N en la ciudad de la que fue alcalde.

Antes de sentarse en el juicio sumarísimo de la Diputación Permanente, en el entorno de Puente había una creencia generalizada de que habría oídos sordos al clamor que reclamaba su dimisión como cabeza visible de tan luctuoso siniestro. Incluso, sus cargos más inmediatos negaban esta posibilidad. Parece ser que no conocían a su jefe, ya que éste admitió que “ya tenía pensada su decisión” de irse desde que se conoció la magnitud de la tragedia.

Todo hacía indicar que Puente venía pertrechado al Congreso, donde la oposición le esperaba de uñas reclamando que pagara con su cargo las elevadas cifras de muertos y heridos en las vías de Adamuz, primero, y Urda, nueve meses después. Traía el respaldo de sus compañeros de gabinete, incluidos los ministros de Sumar a pesar de que puertas afuera Ada Colau había insistido en cobrarse esta pieza política. Además, se le habían respaldado las nuevas medidas de seguridad. Eas decir, salvo Pedro Sánchez, su protector hasta el último momento, se daba por segura su continuidad.

Jugando al despiste antes de que llegara la traca del final inesperado, para contrarrestar la ofensiva implacable, sobre todo del PP y Vox, se puso la coraza sin esfuerzo alguno, dada su personalidad, y sabedor de que tiene el apoyo determinante de su máximo protector, el presidente Sánchez, optó por desgranar nuevas medidas de seguridad ferroviaria.

Puente se venía suelto en la exposición de los hechos, en la justificación de su actuación y, sobre todo, en la réplica a las incontables críticas recibidas. Había ensayado con minuciosidad frente al espejo su expectante comparecencia. Lo había hecho durante varias horas asistido de innumerables datos técnicos, múltiples informes y un incondicional respaldo y asistencia abnegada de su fiel entorno político, sin olvidarse de sus innatos y combativos zascas siempre hirientes contra el rival y adheridos de intencionado mensaje cuando se tercie, y lo hubo en muchos momentos. Siempre con la idea fija de mirar hacia el futuro y con un mensaje claro. “La seguridad es lo primero”, remachó varias veces.

Al aguerrido ministro le asistía, sin embargo, el lógico miedo escénico de encarar un examen de decibelios desbordantes, rodeado de un abrasivo clima mediático prácticamente unánime en reclamar a los cuatro vientos su dimisión, con la tragedia como bandera de luto. No valió de nada que hubiera superado la agobiante prueba unas horas antes de asistir al Congreso. Fue en el Consejo de Ministros, donde llenó el depósito de gasolina de la confianza al avalarse sus nuevas medidas correctoras. Nadie se atrevió a recriminarle ni los errores técnicos ni su maniobra disuasoria en favor del fallo humano que tantas críticas le ha supuesto. La sorpresa de su marcha es evidente.

Este apoyo solidario, que resultó luego un espejismo, fue toda una bomba de oxígeno para el titular de Transportes y, por deriva, a sus principales colaboradores, que asumen el degaste profesional y humano que encaran. Con esa inyección de moral se desplazó pocas horas después a la Cámara, donde se le recibió en medio de una desbordada asistencia de periodistas, ávidos de asistir a la gran cita del final de una legislatura tan convulsa y bajo la recomendación de su presidenta, Francina Armengol, de procurar, y se consiguió, un clima de respeto en consonancia con la conmoción social a la que se asiste. Era pura fachada porque la procesión iba por dentro. Lo disimuló con buen actor de teatro que ha sido en sus años mozos.

Bastaba hablar con gargantas autorizadas para aventurar que hay Puente para rato por encima del desprestigio de gestión que le suponen las tragedias de Adamuz y de Urda. Ni por esas. La oposición mayoritaria parecía clamar en el desierto, pero al final se cobró la pieza cuando ni siquiera se lo imaginaba viendo cómo respondía firmemente sin aparentar abatimiento.

Puente se había refugiado en una disertación expositiva, con un tono muy sereno, y con una visión de futuro a modo de su confirmación en el cargo. Lo hizo salpicando de puntuales puyas para criticar interpretaciones erróneas de periodistas y de partidos, pero siempre en un tono moderado, cuando no optó por la desconsideración. Mientras se sucedían ácidas críticas de Ester Muñoz (PP) y de Pepa Millán (Vox), prefirió refugiarse en el móvil sin ni siquiera mirarles a la cara. En ese contexto de reafirmación personal había ido detallando toda una catarata de ocho nuevas medidas de seguridad ferroviaria, enfocadas a procurar la recuperación de la confianza en este mayoritario sistema de transporte y que se ha convertido en una honda preocupación de Estado por sus derivadas nada halagüeñas. Entre ellas, la reducción de frecuencias en la línea entre Madrid y Sevilla, convertida en una obsesión para los viajeros desde hace meses y ahora de manera más agudizada.

Para el PP, “todo lo que ha podido fallar, ha fallado”, aunque su principal daga dialéctica fue para criticar a Puente “por su deshumanización nauseabunda en el uso de audios atribuyendo un error humano para desviar su responsabilidad”. Su portavoz no se olvidó de ninguna crítica posible hacia el compareciente, desde su dedicación a los tuits hasta la falta de inversiones o la falta de empatía con las víctimas “porque ni siquiera ha sido pedir perdón”.

En el caso de Vox, en el tráfico ferroviario “se asiste a una ruleta rusa” donde “nunca se sabe cuándo ocurrirá una tragedia”. Como era de prever, su perorata antes de irse de la sala incluyó desde las alusiones a las prostitutas en la época de Ábalos hasta sus gags en televisión o a la responsabilidad directa de Pedro Sánchez, “su protector”, sin olvidarse de que “le haremos responsable de los muertos antes los tribunales”.

Vino luego Gabriel Rufián y presentó las dos caras de la moneda. “Usted es un buen político y da la cara, pero alguien tiene que hacerse cargo de esto”. Para el portavoz de ERC, el auténtico debate es “si la alta velocidad es sostenible, eficiente y segura”, con una severa crítica “a una liberalización salvaje” de la que responsabilizó “al PP y al PSOE”. Eso sí, no ahorró críticas en “haber criminalizado a un trabajador” después de los errores técnicos tras censurar la baja inversión en mantenimiento”, sin perder la ocasión de desacreditar reiteradamente a Junts “como partido de pandereta junto a la derecha”. Míriam Nogueras ni se inmutó. La portavoz independentista catalana eligió el camino de rebelarse contra la “falta de inversión en los trenes de Catalunya”, exigiendo un nuevo modelo de gestión para el servicio de Rodalies.

Lejos de la exigencia de dimisión se situó EH Bildu. Mertxe Aizpurua justificó este desmarque alegando que antes de disponer de más datos prefieren “escuchar y respetar”. La portavoz abertzale instó a “conocer la verdad” y luego “debatir sobre el modelo ferroviario”. Puente volvió a ser el protagonista.

2026-11-03T21:22:51+01:00
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