El tomavistas del Tour, abrumado y subyugado por la belleza indómita de los Alpes, donde los humanos son hormigas ante la majestuosidad y el poder implacable de las colosales catedrales de piedra y roca, cinceladas por los martillos de los dioses, moldeadas por los alfareros del viento, la lluvia, el frío y el calor, abrió la vista a un paisaje en cinemascope.
Allí, en el territorio donde los puños que emergen de la tierra para rascar el cielo, el Tour cerraba su odisea por los tejados, las cúpulas y las bóvedas de los Alpes en una etapa colgada de las alturas.
La percha alpina sostenía la ascensión de los supervivientes por los graderíos verticales del Col de la Croix de Fer (24 km al 5,2%), el Col du Télégraphe (11,9 al 7,1%), el Col del Galibier (17,7 km al 6,9), el Col de Sarenne (12,8 km al 7,3%) antes de hacer cumbre en Alpe d’Huez. Piezas de alta joyería. Piedras preciosas, en estado bruto y salvaje, que se atan al collar amarillo del Tour.
El Tour pertenece a Tadej Pogacar, campeón por quinta vez. Es su dueño. Implacable. Cinco etapas de esta edición llevan su nombre para totalizar 26 en su relación con la carrera francesa, que parece no tener fin. El Dios del ciclismo.
Dejó el esloveno a enfriar el champán en Alpe d’Huez para descorcharlo este domingo en la ceremonia de coronación de los Campos Elíseos, donde le espera su quinta corona (2020, 2021, 2024, 2025 y 2026). También le aguarda el panteón de los grandes mitos y leyendas.
Los campeones de siempre, los eternos. Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain. Pogacar será el quinto prohombre de la Grande Boucle. En el podio de la ciudad de la luz resplandecerá el sol esloveno que todo lo ilumina. A su lado posará Remco Evenepoel , a 6:26, espléndido segundo, y su compañero Isaac del Toro, excepcional tercero, a 9:42.
El mexicano sometió a Paul Seixas, fenomenal en su puesta en escena, eclipsado por el poder del dúo del UAE, un equipo demoledor incluso cuando la enfermedad debilitó al colectivo.
El abandono de Vingegaard, que se fracturó la clavícula días atrás, benefició a Evenepoel y del Toro. Ambos a un viaje espacial del esloveno, que vive en la Luna y es el Sol.
Triunfo de Carapaz
Pogacar, el rey, y su príncipe heredero, Del Toro, entraron de la mano, amigos para siempre, tras la celebración de Richard Carapaz, que fiel a su manual de estilo, conquistó, homérico, la etapa reina frente al emperador y todo su séquito con una demostración de valentía y piernas.
A Carapaz, que se ganó cada centímetro de la victoria por coraje, le sonrió la fortuna. Pudo rebasar a Sepp Kuss porque el americano sufrió dos caídas casi consecutivas. La segunda pudo acabar en tragedia.
Unas redes de seguridad protegieron al norteamericano, que podría haber caído al abismo. En ocasiones la mala fortuna se convierte en un milago de buena suerte. Ese incidente dejó sin opciones a Kuss en el segundo capítulo de Alpe d’Huez, que se pisaba desde el Col de Sarenne.
Carapaz celebra la victoria en Alpe d'Huez, la segunda en lo que va de Tour.
Hacia esa aventura sin retorno, sobre la cruz de hierro, se adentraron los expedicionarios en busca del más allá, un no lugar. Carapaz, el dueño de las cimas, marcado con los lunares rojos, Ayuso, en el canto del cisne, Kuss, Hindley y Riccitello se destacaron desde la gestación original en una etapa para los tratados de épica, una estudio de anatomía forense, una zambullida a los recovecos del ser humano.
El Tour atravesaba el espacio-tiempo para tasar el peso de las almas, los confines de la resistencia. En las montañas en las que se envejece desde que se inicia su asalto, donde pasan varias vidas, al límite el físico, en precario el equilibrio mental por la dureza implacable de los puertos, interminables rampas, infinitas, exigentes, resistir era vencer.
En Col del Galibier, el techo del Tour, Ayuso se agarró al sedal del sufrimiento para seguir cosido a una fuga en la que se distinguía Carapaz, combativo al extremo. En el Galibier, punzantes sus últimos kilómetros, afilados, muy por encima de los 2.000 metros de altura, la respiración es jadeo.
Un infierno donde ninguna rampa baja del 6% y se acumulan kilómetros al 8% y alguno al 9%, con rampas en el pico del 12%. Escasea el oxígeno, aumenta el ahogo, aprieta la fatiga. Los límites que son posibles en menor altura, se antojan utopías en la claustrofobia que se aproxima al cielo. Se bloquea el cuerpo, que entra en pérdida, apelmazado, viscoso.
Pulmones de arena ardiente, piernas con termitas. A esa altitud el hombre es un guiñapo, una marioneta a manos de la naturaleza salvaje. El Galibier demanda sacrificios. En 1934, Federico Ezquerra, se posó en él. Fue el primer hombre en cruzarlo en una bicicleta que pesaba 14 kilos por una carretera descarnada, un pedregal.
Alado Ezquerra, el vizcaino se convirtió en el Águila del Galibier. Así le llamaron. Dos años después, Ezquerra, el mejor escalador de esa era, voló por la cumbre. Las alturas eran su hogar. Desde allí, agarró la posteridad con su victoria en Cannes. Una victoria de película.
Ezquerra saboreó la gloria, masticó varios pedazos de historia del Tour, pero el hambre no solo se combatía con victorias entonces. “Se llevaban la gallina bajo el brazo cuando cogían el tren para ir a correr el Tour”.
En el ciclismo de este tiempo, la nutrición es ciencia y relato, como los materiales mágicos y la tecnología que avanzan con descaro. Pero como en la época de Ezquerra, se trata, en cualquier caso, de sobrevolar las cumbre.
Pogacar ejerció un control absoluto.
El dominio de Pogacar
Pogacar, líder intocable, emperador del Tour, tomó el cetro entre los jerarcas en la cima que le disparó en el Tour de 2024 después del tajo de Adam Yates, desvencijado a mitad de semana, floreciente en la jornada de los penitentes. El ciclismo es un asombro constante.
El esloveno es artillería pesada. Pedalea a ráfagas. Ametralla a los rivales. Junto a él se ovillaron Evenepoel, Del Toro, Seixas y Lenny Martinez. Pogacar, que es derroche, le costaba atemperarse. Subió frenándose para no dislocar a Del Toro, su compañero, al que cuidaba con esmero porque quiere tenerle cerca en la orla de París, a su izquierda, concretamente.
El esloveno quería regalarle la tercera plaza al mexicano, la que deseaba Paul Seixas, el joven e irreverente francés. El descenso del Galibier se empastaron Skjelmose, Prodhomme y Van Gils. Pogacar se puso el buzo de trabajo. Cambió el frac por el uniforme de mayordomo al servicio del mexicano. A todos les arrastraba. Entregado para mimar a del Toro.
La fuga enraizó en el Col de Sarenne con el rostro de la fatiga a cuestas y Pogacar decidido a atravesar otro límite. Nada le interpela. Para él, las cuestas son meros llanos, las rampas, badenes, las montañas, asuntos menores. No se le conoce al esloveno mágico ni un gesto de sufrimiento en el Tour desde 2024. Más de dos cursos sin una sola mueca.
Enmascarado en la condescendencia, pasó revista al grupo y lanzó una mirada inquisitiva a Prodhomme, compañero de Seixas. Le intimidó. Siempre pendiente de Del Toro el líder. Marcaba el paso para él para que no perdiera el hilo.
Por delante, Ayuso, debilitado en el Galibier, se quedó sin aire en el Col de Sarenne. Carapaz descascarilló. Al igual que Hindley. Sepp Kuss ganaba altura. Carapaz y Van Hindley no se entregaban. Juntos de nuevo. Pogacar, nanny de Del Toro, continuaba limando.
Seixas lo intenta
El Decathlon comprimió a Riccitello, que se dejó caer, y Prodhomme con Seixas. Era su abordaje para aislar a Del Toro en la carretera estrecha, añeja y picajosa de un puerto a cubierto por la foresta que elevaba el mentón en los últimos kilómetros, los más altaneros. Seixas se desenmascaró. Mostró la cresta.
Del Toro y Pogacar, que subía silbando, acudió al tic del mexicano. Hablaron entre ellos en un grupo en el que el resto apenas podía respirar. Un diálogo de café. Ambos decidieron exterminar al francés. Del Toro barrió a Seixas con otra vuelta de tuerca. Decapitado. Pogacar, Evenepoel, Del Toro y Lenny Martinez reían. El joven galo era una saeta. Recogieron a Juan Ayuso para dejarlo inmediatamente.
Un par de minutos por delante Kuss y Carapaz boxeaban cada rampa como un asalto final. Una lucha extrema. Durango Kid elevó las prestaciones. El ecuatoriano no acaba de romperse. A ritmo Kuss, a estirones Carapaz entre laderas de roca y arena.
Un calvario de aspecto agreste. A solas. Ciclistas sin eco. Sin público. Kuss alcanzó la cima con una veintena de segundos sobre Carapaz. En esa persecución frenética, Kuss, agobiado por el ecuatoriano, se cayó dos veces. Carapaz elevó su orgullo e hizo cima en Alpe d’Huez, donde Pogacar abrocha su quinto Tour.