Los últimos resultados PISA han vuelto a situar al sistema educativo en cifras preocupantes. La reacción inmediata ha sido buscar un chivo expiatorio, y la tecnología ha ocupado ese lugar con una rapidez alarmante. Se culpa a las pantallas, a las redes sociales y a los dispositivos digitales de la falta de motivación o de comprensión lectora. Sin embargo, esta narrativa es incompleta y, sobre todo, injusta. Los países que lideran el ranking PISA también tienen alumnos conectados; la diferencia no está en la ausencia de tecnología, sino en cómo se integra pedagógicamente.
Como docente, defiendo que prohibir o demonizar lo digital es rendirse ante el problema real. La tecnología en el aula no es el enemigo; la falta de estrategia sí lo es. Cuando un alumno usa una tablet para leer sin guía, sin objetivos claros ni mediación docente, el dispositivo se convierte en distracción. Pero cuando esa misma herramienta sirve para crear proyectos, investigar fuentes verificadas o colaborar en tiempo real, fomenta competencias clave que los exámenes tradicionales no miden. El problema no es el objeto, sino la pedagogía que lo acompaña.
Atribuir el fracaso escolar exclusivamente a lo digital nos impide mirar otras carencias estructurales. ¿Dónde queda la responsabilidad individual? ¿El civismo? ¿La capacidad de esfuerzo sostenido? Estos valores no se enseñan con un manual, pero tampoco se pierden por usar un ordenador. Si en casa o en clase no hay límites claros sobre el uso del móvil, difícilmente el alumno desarrollará autodisciplina solo por cambiar de asignatura.