Vida y estilo

PISA y las pantallas: el espejismo del culpable fácil

PISA señala bajos resultados y todos culpan a las pantallas. Pero los países líderes también usan tecnología en sus aulas. ¿Y si el problema no fuera el dispositivo, sino cómo lo usamos?
La tecnología en el aula puede ayudar a crear proyectos, investigar fuentes... / Magnific

Los últimos resultados PISA han vuelto a situar al sistema educativo en cifras preocupantes. La reacción inmediata ha sido buscar un chivo expiatorio, y la tecnología ha ocupado ese lugar con una rapidez alarmante. Se culpa a las pantallas, a las redes sociales y a los dispositivos digitales de la falta de motivación o de comprensión lectora. Sin embargo, esta narrativa es incompleta y, sobre todo, injusta. Los países que lideran el ranking PISA también tienen alumnos conectados; la diferencia no está en la ausencia de tecnología, sino en cómo se integra pedagógicamente.

Como docente, defiendo que prohibir o demonizar lo digital es rendirse ante el problema real. La tecnología en el aula no es el enemigo; la falta de estrategia sí lo es. Cuando un alumno usa una tablet para leer sin guía, sin objetivos claros ni mediación docente, el dispositivo se convierte en distracción. Pero cuando esa misma herramienta sirve para crear proyectos, investigar fuentes verificadas o colaborar en tiempo real, fomenta competencias clave que los exámenes tradicionales no miden. El problema no es el objeto, sino la pedagogía que lo acompaña.

Atribuir el fracaso escolar exclusivamente a lo digital nos impide mirar otras carencias estructurales. ¿Dónde queda la responsabilidad individual? ¿El civismo? ¿La capacidad de esfuerzo sostenido? Estos valores no se enseñan con un manual, pero tampoco se pierden por usar un ordenador. Si en casa o en clase no hay límites claros sobre el uso del móvil, difícilmente el alumno desarrollará autodisciplina solo por cambiar de asignatura.

La formación como solución

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La solución pasa por educar en el uso crítico y ético de la tecnología, no por eliminarla. Esto implica formar al profesorado para diseñar actividades significativas donde lo digital sea medio, no fin. Implica establecer acuerdos de convivencia digital en centros y familias. Implica aceptar que la motivación nace de sentirse útil y capaz, algo que la tecnología bien usada puede potenciar enormemente mediante aprendizaje basado en proyectos o gamificación seria.

Crucificar a la pantalla es cómodo porque evita cuestionarnos como sociedad. Si queremos mejorar resultados reales, debemos dejar de buscar culpables externos y empezar a asumir responsabilidades compartidas. La tecnología llegó para quedarse; nuestra tarea es enseñar a vivir con ella con sentido, criterio y humanidad. Solo así transformaremos la brecha en puente.

19/09/2026