Polideportivo

Pedersen brota en tierra quemada

El danés, superior, remata en un día de fuego la fuga en la que Pogacar se desentiende del liderato y se lo presta a Torstein Træen
Mads Pedersen celebra la victoria en Foix. / Efe

En Carcassonne regresaron los colores de siempre, el amarillo de Tadej Pogacar, desde el casco hasta los detalles en la bicicleta, su corcel negro decorado del pantone del líder del Tour, y el rojo del pañuelico de San Fermín que lucieron los ciclistas del Movistar y del Caja Rural además de todos los componentes de ambas estructuras.

Celebraban al santo moreno. De ese tono se tiznaron las pieles, perladas de sudor y agonía, por la serigrafía del punzante sol, que horneaba la Grande Boucle, tostada por el efecto demoledor de la canícula, enfatizada por los rescoldos del brasero de la ola de calor que fustiga muchos rincones.

La carrera era una hoguera. Ardía el asfalto. Tintineaban los 40 grados, una barbaridad, tórrido el calor, asesino, la forja de Vulcano, pero al poder del Tour nada le afecta porque al pelotón, la pose altiva, el mentón elevado, no le alcanzar ante semejante coloso.

Probablemente, por razones de salud, no tenía mucha sentido correr en ese ambiente, entre el calor denso, espeso y canicular.

Sucede que el protocolo de temperaturas extremas languidece dependiendo de la importancia de la carrera. En el Tour, que era un sofoco, la carretera en llamas, el calor es menos.

El poder del pelotón, sus rebeliones, sus tensiones y valentía tienen tendencia a expresarse con pruebas más humildes. Contra el Tour y su organización, la respuesta es la resignación la genuflexión.

Cargado el ambiente, era un asunto de supervivencia. En la trinchera de llamas que era el asfalto, costaba respirar, suplicando los organismos por la sombra, el agua fría, el alivio del hielo en la nuca.

Imperial Pedersen

Se jadeó una fuga, en realidad un tumulto. Una turba de 34 dorsales por un recorrido de media montaña ideal para las aventuras que certificó la victoria de Mads Pedersen, el más fuerte de la escapada en la llegada a diez en Foix. El chupinazo. El estruendo.

El danés, campeón del Mundo en 2019, expuso su poderío con enorme suficiencia para su 61 victoria de su palmarés. La tercera en su biografía en el Tour.

Ganó por aplastamiento. Sin medias tintas. Destacado. Quinn Simmons, su compañero, fue segundo, por delante de Raúl García Pierna, tercero en una llegada en la que se disparó Pedersen.

Torstein Traeen, nuevo líder. Efe

Además del doble festejo del Lidl, la alegría se posó como un pajarillo feliz sobre el rostro de Torstein Træen, nuevo líder del Tour por expreso deseo de Pogacar, que decidió regalarle el maillot amarillo pensando en el porvenir.

El esloveno y el resto de favoritos alcanzó la meta casi trece minutos después de la escapada, sin prisas. Con ese movimiento, el UAE se ahorrará el tajo de proteger a su líder en las jornadas venideras. Esa responsabilidad recaerá sobre el Uno-X.

Pogacar y Vingegaard, están ahora a 7:53 del noruego. Por detrás de Træen, Sean Quinn le rastrea a 28 segundos y Vacek es tercero a 3:50. Secundarios todos ellos.

El Col de Bedos, el Col du Paradis, el Col de Coudons y el Col de Montségur endurecían la penosa travesía, una ruta infernal hacia Foix.

Después de despachar condescendencia, superioridad y jerarquía a granel en la jornada anterior, Pogacar, que maneja el Tour como una marioneta, dominó la escena sin necesidad de personarse.

De eso se ocupa su aura. Situó a sus muchachos al frente y se olvidó del tema. En el pelotón, la preocupación era mitigar el calor mientras el demonio y las ascuas les abrasaban.

Ion Izagirre, en la fuga

Ion Izagirre, en su último baile en la carrera francesa, en la que bailó el claqué del triunfo en 2016 y 2023, se enganchó a la escapada. Hijo de la lluvia, de los descensos vertiginosos, moldeado en el barro del ciclocross, herencia de su aita, José Ramón, el de Ormazitegi es un una zahorí. Detecta como pocos las corrientes internas de la carrera, el río que fluye bajo tierra.

Por eso cazó la escapada, que en este Tour que apenas respira su cuarto episodio, parece en el descuente. La primera semana se asemeja a la tercera.

Filtra las fuerzas de inmediato. En medio de la ola de fuego, más que correr se trata de resistir. Gatean los ciclistas, balbucean las fuerzas.

En la escapada, numerosa, repleta de calidad se acomodaron Kirsch, Vacek, Tratnik, Pedersen, Simmons, Valgren, Vauquelin, Stuyven, Debruyne, Philipsen, Matthews, Traeen, Girmay, Castrillo, Raúl García Pierna, Grégoire, Delettre y otros muchos. Con ellos estuvieron Molenaar y Nicolau.

Los dos muchachos del Caja Rural agitaron las bandera de la dignidad. Otra vez en fuga, la espiga dorada brillando. La armonía que les aceleró, que les aisló de la diatribas del pelotón se fue desconchando como la puntura de las paredes viejas al sol.

El sol, doliente, fustigó al pelotón. Efe

Después de que Vacek, Tratnik y Kirsch buscaran su opción durante un puñado de kilómetros, en el Col de Montségur, la subida para tomar impulso hacia Foiix, las hostilidades derribaron el consenso con el ariete de la pasión.

Gran carrera del Movistar

Castrillo se alzó en armas, penduleando la cabeza. Con ese estilo que no casa con la estética. La ciencia del brutalismo. Su empeño configuró un nuevo frente con Frigo, Debruyne, Traeen, que era el líder virtual, García Pierna, Simmons, Pedersen, Vacek, Vauquelin y Quinn. Ion Izagirre perdió el hilo conductor en la ascensión. Un minuto separaba los dos focos.

Por detrás, el pelotón, despreocupado, se mecía. Træen, quien fuera líder en la Vuelta en 2025 cuando Vineggard le prestó la prenda, vestiría de amarillo en la carrera francesa por expreso deseo de Pogacar, que después de exhibir su plumaje de pavo real los días anteriores y evidencia que ni el sol le hace sombra, determinó que el noruego luciera el liderato los próximos días.

Pogacar rueda con calma. Efe

A la espera de la batalla del Tourmalet que llegará este jueves, el esloveno contaba los kilómetros para quitarse de encima la ceremonia del podio y poder así descansar antes.

Entre la decena que rodaba bien empastada, todos convencidos, el Lidl disponía de tres hombres: Pedersen, Simmons y Vacek. El Movistar contaba Castrillo y Raúl García Pierna. El resto se representaba a sí mismo.

Se trataba de tamborilear los dedos en el manillar de la paciencia y encontrar el instante exacto y definitivo. El punto de inflexión. Para ellos no había táctica de equipo ni el báculo de un compañero.

Træen y Quinn pensaban en la recompensa del amarillo. Ser líder del Tour viste mucho. Al noruego no le importaba relevar al trío del Lidl. Castrillo y Raúl García Pierna optaron por la guerra de guerrillas. Se turnaron en los ataques.

Vacek, siempre vigilante

Querían desencajar a Pedersen, que era el más rápido. Vacek, fuerte, potente, restringía el ansía de libertad del Movistar. Era el gancho que les trincaba. Marcaje al hombre.

La danza por la victoria se convirtió en una prueba de velódromo, con el suspense, los amagos, los ataques, peraltadas las miradas de desconfianza.

La mímica del resquemor. La tensión y la emoción en una ruleta que giraba. Vacek, formidable caballo de tiro, anulaba a todos.

Era el carenado perfecto para dar rienda suelta a Pedersen, que encaró la recta final con la aceleración de un cohete, misil tierra aire. El danés llegó escapado en el esprint. Sin sombra. A sola con la velocidad. La diferencia, desmesurada.

Pedersen fue primero, después paso el tiempo, la nada, tres miradas para atrás, girada la cabeza en tres actos para estallar de júbilo por delante de su compañero Quinn Simmons y de Raúl García Pierna. La alegría también se posó sobre Træen , el nuevo líder por deferencia de Pogacar. Pedersen brota en tierra quemada.

07/07/2026