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Palabras mayores

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MÁS cariño". Es la primera reivindicación que se le viene a la cabeza a Begoña Larrucea cuando se le da la oportunidad de pedir por esa boca alguna mejora para el colectivo de las personas mayores, cuyo Día Internacional se celebró ayer. Al poco añade "más respeto". De momento, todo gratis total. Y, una vez que calienta motores, esto sí con mayor presupuesto, "más centros y residencias, aunque lo ideal sería que vivieran en su casa con alguna persona que los cuidara. Estarían más arropados", dice, consciente de que "eso significa dinero y hay gente que no se lo puede permitir".

Al igual que esta bilbaina de 77 años, también Mª Paz Gutiérrez, a sus 82, reclama "ayudas del Gobierno vasco, la Diputación o quien sea" para que nadie transite el tramo final de su vida en soledad. "Hay residencias y apartamentos tutelados, pero tendrían que ser públicos o estar aliviados por alguna entidad para que las personas que no disponen de suficiente economía no se vean solas en una casa", demanda esta mujer, nacida en la localidad alavesa de Puentelarrá y afincada en Bilbao.

Aunque Mª Paz no lo sufre en sus propias carnes –"tengo tres hijos que me adoran y estoy demasiado mimada"–, no todos los mayores corren la misma suerte. "Yo no me puedo quejar. Mis hijos están pendientes de mí y vivo en un edificio tutelado privado. Son apartamentos individuales, tienen en la parte de abajo gimnasio, salones, un cine pequeñito... y cuando nos pasa cualquier cosa llamamos y nos atienden. Es muy importante para los mayores sentirse acogidos. Tendría que haber más, pero no son casas baratas", admite.

Aun solventado el tema monetario, abordar la despedida del hogar y la mudanza tampoco es fácil. "Algunas personas mayores no aceptan ir a una residencia aunque no estén bien. Se creen que por eso los hijos las quieren menos, pero yo no estoy de acuerdo", disiente. Lo que pasa, explica, es que "los mayores nos aferramos a las viviendas que hemos tenido siempre y no nos damos cuenta de que los jóvenes tienen que vivir sus vidas, como hemos hecho nosotros. Dejarnos un poquitín porque si no, no podrían hacerse cargo de los hijos, del trabajo...".

Como miembro de la Coordinadora de pensionistas de Bizkaia, Juan Enrique Elua, de 68 años, no se lo piensa dos veces a la hora de escribir una reivindicación en la pancarta. "La pensión mínima tiene que subir y acercarse al salario mínimo. Hay que moverla como sea porque es demasiado baja y son muchos millones en el Estado los que están así", denuncia con un ojo puesto en la que se avecina en invierno con la subida de la luz. "La pobreza energética se concentra, sobre todo, en la gente mayor que vive sola o está cubriendo las necesidades de un hijo que le ha venido y no le llega porque tiene una pensión de 600 euros o de viudedad. Es muy duro", lamenta.

Consciente de que muchas personas no saben a qué dedicar su tiempo libre una vez jubiladas, el presidente de la asociación Secot Bizkaia, José Luis Agirre, demanda "un acompañamiento a nivel social para dirigirlas" ante esta nueva etapa. "No nos han educado para que podamos aprovechar ese mayor tiempo que tenemos y a veces hay mucha frustración", advierte a sus 71 años. En otros países, explica, "antes de dejar de trabajar, la misma empresa participa en la salida de las personas. En España no existe eso. En cuanto empiezan a pensar que ya eres mayor y un joven va a producir más, te van arrinconando hasta que llega el momento en que te ofrecen la prejubilación o te jubilas, pero no te han enseñado a jubilarte, a qué hacer al día siguiente", censura y añade que "ese tipo de actividades tienen que venir de instituciones públicas. Lo mismo que hay una mejora en el tema sanitario, que se plantee una mejora en la socialización de las personas después de jubilarse", exige.

Las tecnologías, ¿avance o traba? 

Las nuevas tecnologías han irrumpido en la vida de las personas mayores para bien, pero a muchas les suponen grandes quebraderos de cabeza. "El tema de la digitalización ya venía apuntando, pero la pandemia lo ha acelerado de una manera brutal, de un día para otro. Todos teníamos un móvil, que usábamos lo justo, pero ahora quieres hacer una gestión presencial en el banco y de repente colas enormes, si acaso con un cajero, te quitan las oficinas... Genera una tensión enorme porque no ha habido una transición", denuncia Juan Enrique.

A Begoña no le llaman la atención "los aparatos nuevos". Tiene móvil y para de contar. "Hay veces que vas a un sitio y están con el ordenador y tardan tantísimo...", se queja, mientras Mª Paz, que prefiere el teléfono fijo, se despide con una lección de vida. "Estamos los unos para ayudarnos a los otros. Eso es lo que he sacado en consecuencia". Mal se le tendría que haber dado para estar equivocada durante 82 años.

"Los mayores nos aferramos a las viviendas que siempre hemos tenido y no nos damos cuenta de que los jóvenes tienen que vivir sus vidas"

Juan Enrique Elua 68 años, trabajó de celador y se moviliza por las pensiones

"Me parece fundamental que los jóvenes nos vean reivindicando"

A las nuevas generaciones, dice Juan Enrique Elua, "no hay que dejarles paso porque ya vienen ellos, abren la puerta y tiran". Partidario de darles "raíces y alas, tras haberles transmitido unos conocimientos y valores", reniega del "paternalismo puro y duro". "Si nos preguntan, tenemos que contestar y si no, no hay que insistir porque eso de Ay, si vierais lo que vivimos nosotros... no creo que sea aconsejable", explica este bilbaino de 68 años, que trabajó de celador y técnico de rayos en el hospital de Basurto y es miembro de la Coordinadora de pensionistas de Bizkaia.

Con "la mochila del activismo" a sus espaldas, tras haber vivido en primera línea las reconversiones industriales, las personas mayores que se vienen manifestando los últimos años en defensa de "unas pensiones dignas" tienen mucho que enseñar. "Me parece fundamental que los jóvenes nos vean reivindicando algo que nos parece justo", destaca y recuerda que el estado de bienestar no surgió de la nada. "Los que vienen por detrás se creen que esto ya estaba hecho de siempre y no. De hecho, se están perdiendo derechos. Por lo tanto, hay que estar muy encima para defenderlos, sobre todo, los colectivos. Lo público es el paraguas que tiene que cubrir a toda la sociedad: ámbito sanitario, educativo, servicios sociales, dependencia... Eso no se lo puedes dejar al mercado porque te pone precio y apaga y vámonos", advierte enérgico. Además de este afán combativo en defensa del bien común, también le diría a la juventud que "la libertad y la responsabilidad" deben ir de la mano. "Está bien reclamar los derechos, pero también hay deberes".

Entre montañas de libros, revistas, periódicos y papeles, Juan Enrique asegura que los de su generación no solo reclaman "que vuelva el Imserso y nos lleve de viaje", sino que también se preocupan por "las políticas de empleo dirigidas a los jóvenes o el problema de la vivienda. La situación es compleja, pero son ellos lo que tienen que tirar", insiste. Por lo que a él respecta, echa de menos "la vida social en los barrios y la relación de vecindad. Antes nos conocíamos, pedías sal a la vecina... Ahora eso no existe. Es un trajín, un hola escaso y punto. No hay más".

Begoña Larrucea 77 años, milita en un partido, va al gimnasio y le encanta leer

"Hay gente mayor que tiene mucho cariño y otros están abandonados"

Ya se lo dice Begoña Larrucea a sus nietas veinteañeras, que "hay que cumplir las normas" y que "no puede hacer uno lo que le dé la gana". Pero se refiere a las restricciones por la pandemia porque ella, a sus 77 años, hace lo que le place. "Voy al gimnasio, a la biblioteca a por libros porque me encanta la lectura, soy miembro del partido nacionalista y trabajo mucho en el batzoki... Sigo haciendo todo lo que puedo. A veces me duelen un poco las piernas, pero sigo para adelante", asegura esta vecina de Bilbao, que de soltera trabajó en una farmacia. "Me casé y no seguí porque entonces no era lo que se llevaba".

Viuda y madre de tres hijas, Begoña echa la vista atrás y no se ve reflejada en el espejo de su madre. "Me acuerdo de mi ama a mi edad y yo la veía más vieja. Ahora la gente vive más y está bastante más cuidada", destaca. Y no solo eso, sino que las mujeres mayores interpretan el papel protagonista de sus vidas. "Hoy una mujer con 80 años va a un sitio, a otro, a una excursión, a un centro, a hacer cosas... Se las ve más jóvenes y con más actividad", dice. Eso si la salud lo permite, porque "habrá gente que esté enferma y no pueda". Si no hay historial médico que lo impida, el cambio, apunta, se nota hasta en el ropero. "Es una cosa más frívola, pero una mujer de 80 años es una persona joven incluso a la hora de vestir", señala enfundada en una chaqueta vaquera y un pañuelo de vivos colores.

Como no todo iba a ser de color de rosa, Begoña reconoce que en las últimas décadas "ha empeorado el tú a tú, el contacto con la gente mayor", que antes vivía con la familia. "Las madres estaban en las casas y los podían cuidar. En todas había un aitite o una amama. Ahora la gente joven igual tampoco puede y se las lleva a residencias. Se vive mucho más, pero hay más gente sola", reflexiona y añade que "hay gente mayor que tiene mucho cariño y otros que están abandonados".

Además de "experiencia" y "un modo de ver las cosas" fraguado durante toda una vida, las personas mayores también pueden ofrecer a las jóvenes, con quienes "se complementan", algún consejo, como "ser buena persona y ser tú misma de joven y de mayor. Y si puedes, estar presente y ayudar a los demás".

José Luis Agirre 71 años, asesora a emprendedores y reorienta a jubilados

"No debemos ser un tapón, pero podemos aportar muchas cosas"

 Muchos cuentan los días que les quedan de trabajar, pero, una vez finiquitado el calendario, advierte José Luis Agirre, no todo es idílico. "A mí me han llegado a decir: Mi aita cuando se jubiló se encontraba hundido. Pensábamos que ya no iba a salir de la depresión hasta que encontró a unos amigos a los que les gustaba ir al monte, se enganchó y hoy está feliz", cuenta este vecino de Bilbao, nacido en Bedia, que trabajó en un banco y como profesor universitario y ahora preside la asociación Secot Bizkaia, donde enseñan lo mismo a emprender un negocio que a reorientar la vida cuando termina la laboral. "La incertidumbre es tal que algunos hasta te plantean: Casi quiero continuar trabajando".

Lejos de lo que pudiera parecer, la lista de todo lo que uno desea hacer cuando ya no tenga que fichar se agota antes de lo esperado. "Si has querido hacer viajes y no has podido por tiempo, los harás, pero llegará un momento en que digas: ¿Y ahora qué hago?". La respuesta, apunta José Luis, no es "quedarse de brazos cruzados", ni "en casa viendo la tele", ni "salir a la calle a ver obras". "Tienes que buscar un camino, hacer algo que te remunere de otra forma, con satisfacción", aconseja. La oferta que proponen es de lo más variada: actividades de ocio, culturales, deportivas, de voluntariado... Y redundará no solo en su estado de ánimo, también en el de su entorno. "Nos verán más contentos, más colaboradores. Si no, se van a encontrar con planteamientos de: Yo no valgo, yo aquí no sé qué hacer. Lo único que hago es hacer unas compras, dar una vuelta o tomar unos chiquitos".

Dispuesto a poner su conocimiento al servicio de los emprendedores, José Luis no quiere obstaculizar el paso de la savia nueva. "No debemos ser un tapón para las nuevas generaciones en ningún aspecto, pero les podemos aportar muchas cosas", defiende. Por ejemplo, "la experiencia y el sentido común que se adquiere con los años, después de haberse dado alguna galleta en la actividad profesional". Un bagaje que comparten para que otros no se den un batacazo abriendo un negocio. "Muchos vienen muy animosos e igual hay que decirles: No gastes recursos ni dinero allí porque te vas a arrepentir".

Mª Paz Gutiérrez 82 años, trabajó en diferentes oficios y vive en un piso tutelado

"Siempre he sido muy lanzada, pero me he encogido por la salud"

No está en la flor de la vida, pero lo parece, porque los pétalos estampan su mono verde, los cojines del sofá y amortiguan los caminos de espinas. "He tenido un carácter abierto y he hecho de todo. He trabajado en una tienda de electricidad, en la centralita de unos grandes almacenes, de comercial, cuidando a personas mayores... Un sinfín de cosas por agregar algo a la economía familiar", relata Mª Paz Gutiérrez, que, a sus 82 años, ha perdido autonomía por culpa de la artrosis y de una caída. "El último trompazo que me di antes del confinamiento me terminó de rematar y he cogido un poquito de miedo. Ni sé el tiempo que llevo sin montar en el metro o en el autobús. Siempre he sido muy lanzada y he podido con todo, pero me he encogido por la salud", reconoce sin perder la sonrisa esta alavesa afincada en Bilbao.

En el salón de su apartamento tutelado, en el barrio de San Ignacio, por donde Pepe pasea como gato por su casa, Mª Paz invita a las nuevas generaciones a "aprender de la experiencia" de los mayores y a empatizar porque algún día ocuparán su sillón. "De jóvenes nos creemos que vamos a ser diferentes, el no va más, pero todo el mundo pasamos por los mismos procesos. Aquí no se queda nadie, ni nadie es más que nadie. Se irán encontrando con muchos tropiezos", les advierte desde su atalaya de octogenaria.

Como en todos los estratos de edad, las mujeres mayores también han ganado terreno en los últimos años "en todos los aspectos". "Yo veo que la mujer ahora es muy independiente. Antes no se atrevía a salir a la calle ni a entrar a un bar sola. Yo siempre he sido bastante autónoma, no he tenido problemas y, prueba de ello, es que me puse a trabajar inmediatamente cuando hizo falta", destaca.

Los dolores, dice, le han pegado un bocado a "la valentía que tenía". También el temor a sufrir un traspié. "Me atrevía a hacer de todo y ahora pensar que me va a pasar algo me lo impide. Mi hermana está fastidiada. Solo quedamos las dos de los seis que éramos. Todas esas cosas se van acumulando y o pierdes la cabeza y no te acuerdas de nada, que es lo peor, o las estás dando vueltas. Lo malo es que tienes muchas horas para pensar".

03/10/2021
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