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Ni todas son medusas ni todos los remedios valen: verdades, mitos y ciencia en la orilla

¿Sabías que hay carabelas zurdas y diestras? Los expertos descartan una tendencia a largo plazo, pero constatan indicios de reproducción en el Golfo de Bizkaia
Las carabelas pueden ser zurdas o diestras en función de la orientación de su bella vela de tonos violetas. / Jose Mari Martinez Bubu

Este verano está dejando un reguero de picaduras y banderas blancas en las playas. Los puestos de socorrismo de la costa vasca han atendido a más de un centenar de personas por picaduras de carabela portuguesa. La llegada masiva de estos ejemplares ha reavivado la alarma entre los bañistas, refrescando viejos temores y, sobre todo, resucitando una ristra de remedios caseros que pueden empeorar sustancialmente las lesiones. Pero, ¿a qué responde este fenómeno? ¿Estamos ante una nueva normalidad en nuestros veranos o ante un episodio coyuntural? Para separar la psicosis de la realidad, la ciencia y la experiencia directa desde la orilla ofrecen las claves de un mapa marino fascinante.

Lo primero que conviene aclarar es que no todo lo que flota y parece una masa gelatinosa es una medusa. Biológicamente hablando, las diferencias son abismales. La gran protagonista de este verano, la carabela portuguesa (Physalia physalis), no es siquiera una medusa en sentido estricto, sino una colonia de organismos especializados (sifonóforo). Flota en la superficie impulsada por una vistosa vela de tonos violetas, pero su peligro viaja sumergido ya que tiene unos tentáculos casi invisibles que pueden extenderse durante varios metros bajo la superficie del mar que albergan una potente neurotoxina.

Junto a ella conviven las medusas verdaderas más habituales del Cantábrico, como la Pelagia noctiluca –que se desplaza por la columna de agua y cuya picadura, aunque dolorosa, resulta menos grave– o la Aurelia aurita. En el extremo opuesto de peligrosidad, se sitúan las salpas, tunicados transparentes y completamente inofensivos que actúan como limpieza naturales del agua al filtrar plancton. Verlas en la orilla no es motivo de alarma, sino un indicador de buena salud del ecosistema.

“No hay datos para hablar de aumento constante”

En el centro tecnológico AZTI conocen bien la dinámica de nuestras aguas. Javier Franco, doctor en Biología e investigador principal de este centro, es el responsable de la gestión ambiental de mares y costas. Ante la pregunta de si la presencia de estos organismos ha experimentado un crecimiento sostenido en nuestras latitudes, este especialista invita a la cautela. “Realmente no tenemos registros históricos lo suficientemente largos en el tiempo ni sistematizados como para saber si han aumentado o no. Podemos tener percepciones. En medusas no vemos una pauta clara. En carabelas sí que en los últimos tres o cuatro años se están viendo más. Pero también es verdad que hubo bastantes en los años 2008, 2009 y 2010, y luego hubo un periodo de casi diez años en los que apenas se registraron. Estos últimos años parece que hay más otra vez. Por tanto, una tendencia consistente de aumento no vemos; no tenemos datos suficientes como para ver tendencias temporales claras a largo plazo”, afirma a este periódico.

Los puestos de socorrismo de la costa vasca han atendido a más de un centenar de personas por picaduras de carabela portuguesa. Borja Guerrero

Sin embargo, hay un dato que preocupa e interesa a la comunidad científica a partes iguales, la posibilidad de que la carabela esté asentándose en el Golfo de Bizkaia. En este sentido Franco asegura que “no se trata de un bulo. Tenemos sospechas con bastantes indicios de que se pueden estar reproduciendo cerca. Últimamente, desde hace unos poquitos años, estamos encontrando carabelas de un tamaño muy pequeño que no pueden tener más de semanas o incluso días desde que nacieron. No parece que les haya dado tiempo a entrar al Golfo de Bizkaia desde el Atlántico abierto, por lo que sospechamos que tienen que estar reproduciéndose dentro del Golfo de Bizkaia”.

Las razones que explican estos desembarcos masivos combinan factores térmicos y meteorológicos. Por un lado, las carabelas son propias de mares cálidos, por lo que el progresivo calentamiento de las aguas del Cantábrico y el declive de sus depredadores naturales (como las tortugas marinas o el pez luna) favorecen su supervivencia. Por otro lado, la llegada física a las orillas depende del viento. “Para que lleguen a las playas tiene que haber vientos con cierta componente norte (norte puro, noroeste, nordeste), que desplazan a estos organismos flotantes hacia la costa”, detalla el biólogo.

Para anticiparse a estas incursiones, AZTI trabaja con herramientas tecnológicas de precisión, como los modelos lagrangianos, capaces de trazar la trayectoria de esta especie flotante. Para ello, los investigadores contemplan la flotabilidad, el viento e incluso un curioso detalle anatómico: la orientación de la vela de la carabela. Existen ejemplares “diestros” y “zurdos” que se desplazan en direcciones opuestas ante el mismo empuje del viento.

Neopreno, atención y la “tarjeta rascadora”

Mientras los modelos informáticos trazan trayectorias en los laboratorios, en el mar la realidad se mide a brazadas. Para las personas nadadoras que viven de cara al Cantábrico durante los doce meses del año, la presencia de la carabela supone adaptar la rutina sin renunciar al mar. Es el caso de Orcamaris, un grupo libre de mujeres que se juntan en la mar “por puro placer, sin jerarquías ni competición, donde prima el cuidado mutuo en un ecosistema femenino diverso y espontáneo”.

Mar López, técnica en relaciones laborales de 60 años, es una de sus integrantes. Para ella, el nado diario supone “un chute de energía y buen rollo para el alma, que me tiene bien enganchada. Además, de la práctica habitual de un deporte durante todo el año, saludable para mi cuerpo con el que convivo con ciertas lesiones ya crónicas”. Este verano, sin embargo, el disfrute de sus nadadas exige un extra de alerta y equipamiento.

Mar cuenta cómo convive la presencia de medusas y carabelas en el agua. “Este verano lo vivo con cautela, echando mano de la tarjeta rascadora cuando es necesario y muy a mi pesar llevando neopreno”. Afirma que “no es un nado cómodo, la cervical se tensa de ir pendiente de lo que hay alrededor. Vamos especialmente atentas, si vemos palitos, plásticos, trozos de redes etc, porque las medusas suelen venir en compañía de esos residuos con las corrientes”. Esa tarjeta rascadora a la que alude Mar es, precisamente, una de las herramientas manuales más eficaces para retirar los filamentos adheridos a la piel sin activar la carga de veneno que aún no ha explosionado tras una picadura.

Ni orina ni agua dulce: la evidencia contra el mito

El aumento de atenciones en los puestos de socorrismo deja al descubierto que los falsos mitos urbanos siguen muy arraigados entre la población. El biólogo de AZTI asegura que uno de los errores más extendidos y peligrosos es lavar la picadura con agua dulce o frotar la zona con arena o toallas. El agua dulce altera la presión de las células urticantes (nematocistos), provocando que se rompan y liberen el veneno restante de golpe.

El protocolo avalado por la ciencia es radicalmente distinto. La zona afectada debe aclararse única y exclusivamente con agua de mar. Posteriormente, los restos de tentáculos deben retirarse con pinzas o raspando suavemente con el borde rígido de una tarjeta plástica. Para calmar el dolor, se puede aplicar frío local, pero siempre mediante bolsas de hielo envueltas en un paño o compresas secas para evitar que el agua dulce del deshielo entre en contacto con la piel.

Y ante el clásico mito veraniego sobre la efectividad de aplicar orina, vinagre o alcohol sobre la herida, Javier Franco no deja lugar a la duda: “No, eso es un mito. Siempre agua de mar”. La recomendación final pasa siempre por acudir de inmediato a los puestos de socorrismo para verificar la evolución de la picadura y descartar reacciones alérgicas o complicaciones sistémicas.

Sin financiación específica, pero en red con las instituciones

Los sofisticados modelos de predicción que posee AZTI contaron en su día con dispositivos operativos sobre el terreno para dar avisos tempranos a los bañistas cuando barcos pesqueros o recreativos avistaban carabelas mar adentro. Sin embargo, la continuidad de este tipo de herramientas choca a menudo con la realidad presupuestaria. El propio Franco reconoce la falta de proyectos específicos para mantener en marcha este sistema preventivo. “Hoy en día no tenemos proyectos financiados para esto, pero mantenemos contacto con los servicios de playas y el Gobierno Vasco”, señala.

Pese a la ausencia de partidas dedicadas en exclusiva a esta monitorización, la transmisión de información no se ha interrumpido. Los canales de colaboración entre el centro tecnológico y las instituciones siguen abiertos y nutren una base de datos fundamental para diagnosticar el comportamiento del litoral vasco. “Nos comparten registros muy interesantes de avistamientos, picaduras e ingresos en cada playa, lo que nos da una idea clara de la situación”, concluye el investigador, quien subraya la importancia de mantener esta alianza estratégica para seguirle la pista a un fenómeno que, con el calentamiento global, promete seguir marcando la agenda de los veranos en Euskadi.

02/08/2026